Restaurando a Arturo Barea

En la víspera del día de Todos los Santos, cuando es costumbre realizar una visita a donde yacen los seres queridos, estoy pensando en Arturo Barea (1897-1957), el gran y olvidado autor de La forja de un rebelde, una magnifica trilogía que narra la infancia del autor en el Madrid de principios del siglo XX, sus primeros pinitos literarios y experiencias en la Guerra de Marruecos, y la Guerra Civil española. No es que Barea sea pariente mío, pero se acaba de limpiar y restaurar su muy deteriorada lápida en Faringdon, un pueblo del condado de Oxford, donde murió después de vivir 18 años exiliado en Inglaterra. Nadie, sin embargo, la visitará este lunes.

En mi columna del 28 del agosto escribí que había encontrado su lápida en mi cuarto intento, y terminé diciendo que “la embajada de España en Londres no ha mostrado ningún interés en restaurar la lápida.” Estas palabras molestaron a Carles Casajuana, el embajador, que se puso en contacto conmigo. La palabra “desinteresado” fue interpretada como si la embajada hubiera rechazado una petición para restaurar la lápida, cosa que no ocurrió y que no era mi intención decir. Yo suponía que la embajada conocía la existencia de la lápida, pero tampoco esto era cierto. Así que es el momento de pedir disculpas públicamente.

Al comentar el lamentable estado de la lápida con Antonio Muñoz Molina, amigo y también admirador de Barea (Ignacio Abel, el protagonista, de su última novela La noche de los tiempos es un prototipo de aquella generación de ilustrados y reformistas con un toque de Arturo Barea y de otras), nos pusimos de acuerdo para escribir sobre Barea el mismo día (él en su artículo de cada sábado en El País) y sufragar el coste de la restauración. Luego, decidimos que seria bonito involucrar a más gente en una modesta iniciativa cívica, algo que Antonio, en particular, ha aprendido a admirar en Estados Unidos. Yo me puse en contacto con alguien en Oxford parta pedir un presupuesto y el coste de 352 libras esterlinas (397 euros) de la restauración fue dividido entre varias personas británicas, americanas y españolas, incluyendo, y no sigo un orden en particular, Paul Preston; Gabriel Jackson; Javier Marías; Elvira Lindo; Santos Juliá; Michael Eaude (biógrafo de Barea); Nigel Townson (editor de la edición en tres volúmenes de las obras de Barea, publicadas por Debate); Edwin Williamson (titular de la Cátedra Alfonso XIII de Estudios Hispánicos en la Universidad de Oxford, cuyo primer titular fue Salvador de Madariaga, otro exiliado) y Jeremy Treglown (ex editor del Times Literary Supplement).

Los padres austriacos de Ilse, la mujer de Barea, refugiados judíos que escaparon de la persecución nazi, están enterrados al lado de la lápida. La cenizas de Barea fueron esparcidas en el jardín de su casa en una aldea a las afueras de Faringdon en la finca del aristócrata Lord Faringdon quien apoyo activamente la causa de la República española y en 1936 trabajó en un hospital de campaña en el frente de Aragón durante la Guerra Civil.

La lápida fue puesta por Olive Renier tras la muerte de Ilse en Viena en 1972. Renier conoció a Barea e Ilse cuando trabajaron los tres para la BBC en 1940. “Yo erigí la lápida, pero fui incapaz de encontrar palabras que expresaran mis sentimientos por aquellas cuatro personas, cuya causa (aunque ellos decían encontrarse entre los afortunados), era el símbolo de las enormes causas perdidas de nuestra generación —la causa de España, la de los judíos, la de la social democracia en Alemania, en Italia, en fin, en toda Europa”, escribió Renier.

Nuestro proyecto ha tenido cierto eco, y no solo en la embajada. Una inglesa, Alison Lever, profesora en el pueblo de Lagartera, se puso en contacto con Antonio para ofrecerle la máquina de escribir de Barea que ella recibió de una de las hijas de un amigo ingles de Barea, junto con una necrología sobre Barea que fue publicado en The Times. Alison trajo la maquina a España en los años 90 y ahora la magnífica Underwood está en un sitio de honor en la casa de Antonio. Las maquinas inglesas no tienen acentos, así que Barea tenía que ponerlos a mano.

Otro resultado de esta empresa ha sido el ciclo de conferencias que se celebrará el próximo enero en el Instituto Cervantes de Londres sobre el exilio español en Inglaterra y que yo voy a inaugurar con una conferencia sobre Barea, aunque me considero más un entusiasta que un experto sobre sus obras.

Otro gran escritor español y exiliado en Inglaterra fue Manuel Chaves Nogales, quien murió en Londres en 1944, con solo 46 años de edad. Elena Soto, cuyo abuelo Antonio Soto Angulo era un amigo íntimo de Chaves y que estuvo con él cuando murió, me informo de las circunstancias de su entierro, citando una emotiva carta de su abuelo al hermano de Chaves. “Luego se nos presentó la duda de lo que debíamos hacer respecto al entierro. Como usted sabe, él no era nada religioso, pero nosotros sabíamos que tanto usted como su madre son católicos y como estas cosas se hacen mas por los familiares, Miss Kaye, la secretaria de Manuel, y yo decidimos hacer el funeral en la Spanish Church de Londres y fue enterrado en el cementerio de Fulham, sección católica. Asistieron al funeral todos los republicanos, sin ninguna distinción de ideas. También estuvieron los Embajadores de todas las repúblicas iberoamericanas. La misa la dijo el Canónigo de la catedral de Valladolid D. Alberto de Onaindia exiliado también como nosotros.” Chaves está enterrado en el cementerio de East Sheen (en el número 19 en la sección CR) y, a diferencia de Barea, no hay nada que indique que allí reposan sus restos.

El 4 de diciembre un pequeño grupo de admiradores de Barea visitaremos la lápida en Faringdon donde tendremos la oportunidad de honrar su memoria como si fuera el día de Todos los Santos.
http://www.elimparcial.es/sociedad/restaurando-a-arturo-barea-73191.html

Armenia y Turquía: vecinos lejanos

Muchos armenios se levantaron por la mañana y la primera cosa que hacen es ver con melancolía el monte Ararat, localizado en territorio histórico de Armenia en Turquía, a unos 30 Km. al sur de su país. En un día claro y desde Yerevan, el capital del hoy pequeño Armenia (población de 3,3 millones), Ararat, identificado en el Libro de Génesis como el lugar en el que se posó el Arca de Noé, emerge magníficamente con su pico cubierto de nieve. Los armenios están acostumbrados a ver el monte desde lejos porque la frontera con Turquía esta cerrada desde 1993.

Turquía y Armenia, con el apoyo de los Estados Unidos y Rusia, firmaron hace un año en Zurich protocolos para normalizar sus relaciones y poner fin a uno de los más espinosos disputas no resueltas desde el colapso de la Unión Soviética. Turquía, un gigante país musulmán con una población de más de 75 millones y candidato a ser miembro de la Unión Europea, cerro su frontera con Armenia, un país cristiano, en apoyo a su aliado Azerbaijan que estaba enfrentado con Armenia sobre el enclave de Nagorno-Karabaj (unos 30.000 murieron en la guerra). Desde entonces, los parlamentos de dos países no han logrado ningún avance en ratificar los protocolos, paso esencial para establecer relaciones diplomáticos. Serzh Sarkisian, el Presidente de Armenia, congelo en abril el proceso de ratificación de los protocolos.

Por un lado, Ankara insiste en la retirada de tropas armenios de áreas de Azerbaijan cercanas a Nagorno-Karabaj y una resolución del conflicto, mientras la diáspora armenio (armenios que viven fuera de Armenia y Nagorno-Karabaj y influyentes en países como Estados Unidos y Francia) estimado en unos 8 millones de personas (más del doble de la población de Armenia) exige una disculpa por Ankara de la masacre entre 1915 y 1917 de 1,5 millón de armenios, cometido durante la Primera Guerra Mundial y en plena desintegración del Imperio Otomano. La diáspora es más exigente sobre el tema de la matanza que la población en Armenia.

Turquía niega tajantemente que aquello haya sido un genocidio, a diferencia del Parlamento Europeo, los parlamentos de 14 países y el Vaticano, que han condenado la masacre, y Barack Obama cuando era un senador. En abril Obama evitó mencionar la palabra “genocidio” en el aniversario del masacre para no herir sensibilidades en Turquía. Ankara mantiene que entre 300.000 y 500.000 armenios, y al menos otros tantos turcos, murieron en un conflicto civil cuando los armenios tomaron las armas en el este de Anatolia para apoyar a las tropas invasoras rusas, durante la Primera Guerra Mundial.

Armenia es un tema vivo en mi casa porque mi mujer es un cuarta parte armenia (por el lado de su abuela cuya familia emigro desde Tokat, en Turquía, a Egipto al finales del siglo X1X cuando empezo la matanza de armenios). Hace poco realizamos un sueño de irnos a Armenia, siendo Sonia la primera miembro de su familia de visitar el país en muchas generaciones.

Armenia fue el primer país del ex Unión Soviética de independizarse (en 1991) y, menos conocido, se destacó como la primera nación en adoptar el cristianismo como religión oficial en los primeros años del siglo IV. Nunca hemos visto tantas iglesias y monasterios, muchos de los cuales han sido o esta siendo restauradas como Tatev, encima del valle profundo del río Vorotan. Llama la atención que el cristianismo en Armenia sobrevivió 70 años de comunismo y hoy es muy fuerte. Yerevan tiene una nueva y enorme catedral desde 2001.

Una visita al monumento al genocidio y al museo al lado es obligatoria para los armenios, sean armenios puros o no. Dado que no me considero en lo más mínimo un experto sobre el tema del genocidio, aunque escribo de vez en cuando sobre Turquía (y apoyo activamente su ingreso en la Unión Europea si cumple con todas las condiciones, cosa aún muy lejos hoy), siempre he sido muy cuidadoso en este asunto. Pero después de ver la documentación en el museo y los fotos de muertos y de niños y mujeres hambrientos, me inclino más en usar la palabra genocidio en vez de masacre o matanza.

La provincia de Sivas, colindante con Tokat, fue uno de los más castigados. Según las cifras en el museo, el número de armenios viviendo en Sivas bajo de 225.000 en 1914 a 16.800 en 1922 — 208.200 personas murieron o fueron deportados. Otro panel cuenta que en 1914 había 2.549 iglesias en Armenia Oriente (en el Imperio Otomano, hoy en Turquía) y en 1974, según cifras del UNESCO, de los 913 aún intactas después de 1923 (cuando la República de Turquía fue fundado) 464 habían sido destruidos por completo, 252 quedaron en ruinas y 197 necesitaban reparación.

Turquía permitió el mes pasado la celebración en su territorio de la primera misa armenia en 95 años en la iglesia de la Santa Cruz, santuario que durante siete siglos fue una de las cuatro sedes de la Iglesia Apostólica Armenia. Pero la prohibición del Gobierno turco de colocar para la ocasión una cruz en el techo de la iglesia, alegando razones técnicas aunque la iglesia lleva tres años de restauración, causó indignación entre fieles, muchos de los cuales boicotearon el acto. Solo asistieron al acto alrededor de un millar de fieles. Encima Ankara negó abrir la frontera para dejar pasar más personas.

La misa fue presentada por el Gobierno como un signo de la creciente apertura religiosa, pero la apertura a la oración en la iglesia solo podrá realizarse una vez al año, algo que sueña más de un truco publicitario que la sostenida tolerancia de otros fes pedido por la Unión Europea.

A diferencia del Holocausto, el “genocidio” de armenios no ha tenido su juicio de Nuremberg. Han pasado ya casi un siglo y no parece que Turquía esta dispuesto disculparse o reconocer culpabilidad, a diferencia de Alemania por el Holocausto. Un factor importante es el temor de Ankara que una disculpa abrió la puerta a masivas reparaciones para armenios que perdieron sus propiedades y bienes.

Para los armenios el “genocidio” no es historia. Es algo aún muy presente. ¡Que una comisión de historiadores de los dos países estudian el tema del “genocidio” y se ponen en acuerdo!

http://www.elimparcial.es/mundo/armenia-y-turquia-vecinos-lejanos-72787.html

¿Es España diferente?

El eslogan turístico de los años 60 Spain is different tuvo mucho éxito en atraer extranjeros a España pero al coste de imprimir en la mente de muchas personas, dentro y fuera del país, la idea extendida de la excepcionalidad española basada en una inestabilidad política crónica, un retraso económico y tecnológico y la pérdida del Imperio (el Desastre de 1898), en otras palabras, de un sentimiento de inferioridad.

La larga dictadura de Franco (1939-75) confirmó el estigma de la excepcionalidad. Como bien escribe Nigel Townson en la entradilla al muy reciente libro que ha dirigido “¿Es España diferente? Una mirada comparativa (siglos XIX y XX)”, publicado por Taurus, “el contraste entre la Europa occidental de posguerra, con su libertad política y prosperidad económica sin precedentes, y la sombría y miserable España de Franco no podía ser mayor.”

El libro de Townson y otros cuatro distinguidos historiadores — José Álvarez Junco, María Cruz Romeo Mateo, Edward Malefakis y Pamela Radcliff — tiene la gran virtud en destacar rigurosamente, con un enfoque comparado, las diferencias y similitudes entre España y los países de su entorno en varios campos — la construcción nacional, las guerras civiles del siglo XIX (¿una ruta excepcional hacia la modernización?), anticlericalismo y secularización, la II República española (¿un régimen diferente?), la dictadura de Franco y termina con la transición española. Un largo informe de la revista The Economist sobre el país en 1999 afirmaba que España podía considerarse finalmente un país europeo bastante normal (a fairly normal European country) y por ende aburrido.

En otras palabras, España había dejado de ser “diferente” si es que realmente lo era (algo particularmente fomentado por los llamados “curiosos impertinentes” como George Borrow y Ernest Hemingway). Como dijo Alfonso Guerra, “a España no la va a conocer ni la madre que la parió”, algo que yo puedo comprobar (llegué a España por primera vez en 1974).

No hay una única ruta para modernizar un país, como tampoco hay un acuerdo común sobre en qué consiste el tipo ideal de la modernización. El desarrollo de las sociedades es un proceso enormemente complejo, producto de muchos factores, y el camino de España hacia la modernización no ha sido tan excepcional como muchos piensan, particularmente en el campo económico. Uno de los factores detrás de la llamada excepcionalidad española es que las comparaciones con otros países están muchas veces basadas en una idea errónea o en la ignorancia de estos países.

Para Álvarez Junco el país en el que parecen encontrase rasgos comparables a los españoles en el proceso de formar una nación es el Reino Unido donde también hubo una unidad política que fue producto de una previa unión de reinos y que se mantuvo, en buena medida, alrededor de un imperio, mientras la actual España de las autonomías no se distancia mucho de la Alemania de los Länder, aunque el término “federalismo” siga siendo tabú en España, y también se podrían hallar similitudes con la organización regional italiana.

El anticlericalismo, en cambio, ha sido mucho más radical en la España en el siglo XX que en otros países europeos, en parte debido a lo limitado de la secularización lograda durante el siglo anterior. Se tiende a olvidar que más que promover la tolerancia religiosa y la igualdad entre confesiones, la Constitución “liberal” de 1812 no reconocía la libertad de culto. Las Cortes de Cádiz establecieron que la única religión en España “es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera.” En mi país, Inglaterra, por ejemplo, los disidentes protestantes habían obtenido la libertad de culto en la Gloriosa Revolución de 1688-1689.

Esto explica, en parte, porqué se pusieron en marcha reformas anticlericales en la II República (1931-39) de forma mucho más urgente que en la III República de Francia (1870-1940). Otra razón fue la identificación tradicional entre catolicismo y Antiguo Régimen. La “justicia revolucionaria”, cuenta Townson, perpetró la más dura violencia anticlerical registrada en la Europa contemporánea: 6.832 miembros del clero murieron a manos de los revolucionarios (un número que significaba el 13 por ciento de los sacerdotes diocesanos y el 23 por ciento de los varones religiosos).

Para Malefakis la República, al abordar de forma simultánea casi todos los problemas importantes, “suscitó expectativas que luego no pudo satisfacer, aumentado así, de forma innecesaria, las filas de sus desafectos”. La República española fracasó, pero no fue la única —también lo hicieron trece de las catorce repúblicas establecidas en Europa entre 1910 y 1931.

Hace bien Malefakis en llamar “profundamente equivocados” quienes hoy abogan por el establecimiento de una III República porque creen ingenuamente que la II República “rozó la perfección en casi todos los aspectos, y que su caída se debió exclusivamente al levantamiento de la fuerzas militares.” Tuvo, sin embargo, muchos aspectos diferenciales positivos. Por ejemplo, de entre todas las nuevas repúblicas de Europa — a excepción de la de Weimar —, solo la española incluyó el sufragio femenino dentro de su concepción democrática.

Por último, el régimen de Franco estaba lejos de ser excepcional en el contexto de la Europa meridional, y mientras su convergencia política con Europa occidental fue considerablemente menor que la económica, social o cultural, en determinados aspectos la distancia disminuyó de forma perceptible.

Queda comprobado que España no ha sido tan diferente como se piensa, y me alegro que Sussex Academic Press va a publicar una edición ampliada en ingles del libro en 2011, y, así, contribuir, a desinflar el mito de la España “diferente.”

Hoy, sin embargo, el país tiene algunos aspectos que sí lo hace distinto al resto. No hay lugar para mencionar todos. Me quedo con dos. ¿Hay algún otro país europeo que haya generado tanta riqueza en 30 años y cuyo sistema de educación se haya deteriorado tanto, con casi uno de cada tres individuos de entre 18 y 24 años que tienen como máximo la educación obligatoria y no siguen en formación? Y España es el único país europeo que conozco donde, según las encuestas, tanto el Presidente del Gobierno y el líder del principal partido de la oposición inspiran tan poca confianza.
http://www.elimparcial.es/sociedad/es-espana-diferente-72393.html

¿Qué es la felicidad?

La felicidad de uno podría ser la miseria del otro. Un caso sumamente extremo es el de los pilotos de al-Qaeda que estrellaron los aviones contra las torres del World Trade Centre de Nueva York. Es posible, según la filósofa Sissela Bok, que estos terroristas, convencidos de que iban a lograr la felicidad eterna en el paraíso, sintieron poco antes del impacto “una mezcla de dicha, exultación, gloria y poder cegador”. Nunca vamos a saberlo. Lo que sí sabemos es que mataron a unas 3.000 personas y destruyeron las vidas de muchas familias.

En su nuevo libro, The Scope of Happiness (“El Ambito de la Felicidad”), publicado por Yale University Press, Bok explora la naturaleza y el papel de la felicidad, citando a una amplia gama de personas, desde Aristóteles y Séneca hasta Bertrand Russel, Sigmund Freud y Desmond Tutu y las últimas teorías desarrolladas por psicólogos, economistas, genetistas y neurocientíficos. No pretende ser ni mucho menos uno de estos libros simplistas de autoayuda (Self-Help books). De hecho, Bok reconoce que en el terreno muy complejo de la felicidad hay muchas y muy diferentes rutas.

No hay una receta única para alcanzar la felicidad y este estado suele durar poco tiempo y no toda una vida. Gente muy religiosa, y no me refiero aquí a los fanáticos fundamentalistas de todo tipo, creen que la felicidad sólo se alcanza en la vida de ultratumba y no durante la vida terrenal. Y declaro aquí mi propia posición, haciendo mías las palabras de Isaiah Berlin: “En lo que respecta al significado de la vida, no creo que ésta tenga ninguno. No pregunto en absoluto cuál es, pero sospecho que no existe y eso es precisamente una gran fuente de alivio para mi. Hacemos de la vida lo que podemos y eso es todo lo que hay. Aquellos que buscan una respuesta que lo abarque todo o a Dios, están, creedme, patéticamente equivocados”. No hace falta ser religioso para ser feliz.

En el preámbulo de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de 1776, se reconocen el derecho a “la Vida, la Libertad y a la Felicidad” (los elementos centrales del sueño americano que hoy se parece más a una pesadilla), mientras que la Revolución Francesa proclamó “la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad.”

Pero, ¿en qué consiste la felicidad? La única certeza es que el dinero no la compra. Un pobre en una sociedad terrible podría ser tan feliz como un rico en una democracia. Dicho esto, no hay duda de que los que vivimos en una democracia con ingresos y estándares de bienestar más altos tenemos más posibilidades de alcanzar la felicidad que el resto.

Aristóteles sostenía que sólo se puede evaluar la felicidad de una persona cuando su vida ha terminado, dado que muchas personas aparentemente felices pueden sufrir desgracias en la última parte de su vida. Tomamos el caso de Bernard Madoff de 72 años, sentenciado en 2009 a 150 años en prisión por un fraude que alcanzó los 50.000 millones de dólares. Como escribe Bok, Madoff “más anciano que Príamo, más rico que Craso, ampliamente admirado por su sagacidad y filantropía, había dado siempre la impresión, hasta entonces, de llevar la más feliz de las vidas”

Los ateos Freud y Russell tenían ideas diametralmente opuestas sobre la felicidad. Mientras para el primero “ser feliz no estaba incluido en los planes de la “Creación”, Russell creía que “mucha gente infeliz podría llegar a ser feliz por el esfuerzo bien dirigido.” El pesimista Freud escribió esta línea en su celebre libro “La civilización y sus descontentos” (1930) durante el auge del Nazismo. Russell, autor de “La conquista de la felicidad” (también publicada en 1930) creía en el amor libre y el matrimonio abierto, pero las relaciones extramaritales tanto de él como de su esposa terminaron en un divorcio, cosa no muy feliz.

Para el médico y filósofo francés Julien Offray de La Mettrie (1709-1751) la felicidad venía del placer: “la obscenidad y la infamia están ahí como una gloriosa asignación —cayendo en ella, como hacen los cerdos y uno será feliz por sus maneras”. Un embajador estaba tan agradecido a La Mettrie por haberle curado de una enfermedad que dio un banquete para celebrar su recuperación. Aparentemente La Mettrie quiso hacer gala de su resistente salud devorando una gran cantidad de paté de trufas. Como resultado, desarrolló una fiebre que intentó curar con una sangría prescrita por el mismo, que terminó con su vida.

Hay una tendencia creciente entre científicos sociales de medir la felicidad, incorporando elementos no monetarios. América Latina es uno de las zonas más pobres del mundo, pero ocho de sus países figuran entre los primeros diez en el Happy Planet Index (Indice del Planeta Feliz), desarrollado por la organización británica New Economics Foundation. Mi país, el Reino Unido, está en el puesto 74, España en el 76 y en el último renglón Zimbabwe. El primer país desarrollado en el Índice es Holanda en el puesto 43. En suma, la felicidad esta llena de sorpresas.
http://www.elimparcial.es/sociedad/que-es-la-felicidad-72050.html

Simon Wiesenthal: cazador de Nazis

Hay personas que dedicaron toda su vida a una causa, pero pocos con tanta determinación como que Simon Wiesenthal quien, con 37 años y poco después de ser liberado de Mauthausen, el campo de concentración en Austria, en mayo de 1945 y pesando menos de 45kg, abrió su primer archivo en contra de criminales de guerra Nazis. Cuando murió en 2005 sus investigaciones habían conducido a la detención de centenares de personas, el más conocido de los cuales, Adolf Eichmann, fue responsable directo de la solución final, principalmente en Polonia, y de los transportes de deportados a los campos de concentración.

Wiesenthal participo en un intento sin éxito de detener a Eichmann en Austria en 1949. Luego descubrió en 1953 que Eichmann estaba viviendo en Buenos Aires, pero no fue detenido hasta 1960 cuando agentes del Mossad, el servicio secreto de Israel, lo llevaron secretamente a Jerusalén donde fue enjuiciado y ahorcado.

Entre los 85.000 prisioneros de Mauthausen había unos 7.000 españoles, perdedores derrotados en la Guerra Civil que luego lucharon contra el régimen de Hitler, de los que dos tercios de los cuales murieron en el campo. Una de los fotos en el meticulosamente investigado libro de Tom Segev, Simon Wiesenthal: The Life and Legends (Simón Wiesenthal: La Vida y Leyendas), publicado por Jonathan Cape, muestra a los prisioneros de Mauthausen saludando a la 11ª División Acorazada de los EE UU por en su liberación bajo una enorme pancarta escrita en español (“Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas liberadoras”)

El libro de Segev, un historiador y periodista israelí, está basado en el archivo privado de Wiesenthal y los archivos desclasificados de los servicios secretos de Israel, Polonia y Alemania. Revela, por ejemplo, que Wiesenthal trabajaba para el Mossad y que, aparte de localizar a criminales Nazis, suministró información sobre las actividades de antiguos Nazis en países árabes, en particular Egipto donde algunos científicos ayudaron a fabricar misiles y armas químicas. El coronel austríaco Otto Skorzeny de la Waffen-SS, famoso por haber rescatado al dictador italiano Benito Mussolini y que escapó de un campo de desnazificación a España en julio de 1948 (murió en Madrid en 1975), también trabajaba para el Mossad en lo relevante a Egipto. Skorzeny puso una condición para colaborar con el Mossad — que Wiesenthal quitase su nombre de su lista de criminales nazis, pero éste se negó hacerlo. Fue una de las decisiones más difíciles de su vida — o cooperar con las necesidades de seguridad de Israel, con las que se identificó profundamente, o seguir su compromiso con la justicia. A pesar de la decisión de Wiesenthal, Skorzeny decidió trabajar para el Mossad.

Durante la Guerra Fría el servicio secreto polaco intento sin éxito captar a Wiesenthal como agente comunista, pero él odiaba todo tipo de ideología totalitaria.

Tal vez por su experiencia en Mauthausen y el sentido de culpabilidad que tenia por haber sobrevivido (algo que le pasó a muchos supervivientes del Holocausto), Wiesenthal fue una persona muy compleja y egocéntrica. Le gustaba acaparar la atención de todo el mundo. Era tan conocido, y odiado por algunos, que un día una carta del extranjero fue entregada a su casa en Viena dirigida sin más a “The Jew Pig, Austria” (El Cerdo Judío, Austria). Su defensa de Kurt Waldheim, antiguo Secretario General de las Naciones Unidas y presidente de Austria, acusado de complicidad en crímenes de guerra, le costó (costó aquí significa que lo perdió por culpa de ayudar a Waldheim. Si, en cambio, lo obtuvo por ello, entonces sería valió) el premio Nobel de la Paz. Un comité internacional de historiadores examinó la vida de Waldheim entre 1938 y 1945, cuando sirvió como oficial del ejército alemán, y no encontró evidencia que permitiese involucrarlo con crímenes de guerra, pero su informe final advertía que Waldheim debía conocer más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Wiesenthal pudo haber vivido en Estados Unidos o en Israel, pero preferió pasar su vida en Austria sumido en recuerdos que la mayoría de los supervivientes del Holocausto intentaron olvidar. Entre los 300.000 papeles que Segev examinó hay una de un superviviente explicando por qué había dejado de creer en Dios. Según lo describe Segev: “Dios permitió a las tropas de las SS arrancarle un bebé a su madre y usarlo como balón de fútbol. Cuando se convirtió en un girón de carne, se lo echaron a los perros. La madre fue obligada a verlo. Entonces le arrancaron la blusa y le obligaron a que la usara para limpiarles la sangre de sus botas.”
http://www.elimparcial.es/mundo/simon-wiesenthal-cazador-de-nazis-71653.html