El enigma del desempleo español

¿Como se explica que España, con la tercera parte del total de desempleados existentes en la zona euro (5,6 millones de los 17,3 millones de parados), no esté en pie de guerra contra su Gobierno? España genera el 11% del producto interior bruto (PIB) de los 17 países de la zona euro y su tasa de desempleo es del 24%. La situación es aún peor para los jóvenes, cuya tasa de desempleo (para los que tienen entre 15 y 24 años) ha sobrepasado el 50%.

Hace más de una década mi amigo el gran sociólogo Víctor Pérez-Díaz explicó en su libro “España puesta prueba” la capacidad de España de (sobre) vivir en este tipo de condiciones (la tasa de desempleo rondaba el 20%) de la siguiente manera, llamándolo “la sociedad de las cuatro esquinas” en referencia a un juego infantil.

“Se trata de la curiosa alternancia de muchas gentes, sobre todo jóvenes, entre cuatro estaciones: la ocupación en un puesto de trabajo en precario; la ocupación en la economía sumergida; el paro de condición de recibir subsidio de un tipo u otro, en circunstancias que permiten a la gente formular su experiencia como la de ’trabajar en paro’; y el aterrizaje en un puesto estable; a falta de todo lo cual, queda el individuo en el centro de la escena, en condición de paro propiamente dicho, puro y duro, viendo a los otros correr de una esquina a la otra.”

Hoy, el desempleo es mucho peor en términos relativos y absolutos, y no hay luz en el túnel. Según un ejercicio de previsión a largo plazo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) hecho en 2011, habrá que esperar 15 años para que la tasa de desempleo en España vuelva al nivel “bajo” previo a la crisis, de alrededor del 8%. Para la mayoría de los países desarrollados, sin embargo, tal nivel es alto.

Los primeros en perder sus puestos de trabajo han sido los contratados temporales (sobre todo en el sector de la construcción), los subsidios se están recortando y los puestos estables son un sueño. Lo que queda es la economía sumergida que, a diferencia de la economía oficial, está creciendo pero no tanto como para poder absorber todos los desempleados.

Se estima que la economía “negra” podría representar hasta la cuarta parte del PIB español, en cuyo caso el número de parados, en un ejercicio muy simplista, sería de unos 4,2 millones (19%) y no 5,6 millones. Aún así la tasa es el doble del promedio de la zona euro.

Además, a diferencia de los años 80 y 90, cuando no existía la locura del ladrillo, los jóvenes que han perdido sus puesto de trabajo en el sector de la construcción están poco capacitados para otros empleos, por haber abandonado sus estudios sin haber conseguido, al menos, un título de bachillerato o de formación profesional. Aún en 2011, la tasa de abandono escolar temprano era del 26,3% para las personas entre 18 y 24 años (alcanzó el 32% en 2004 en pleno auge de la economía).

Hay una quinta y nueva “esquina” — la emigración. En 2011, 62.611 españoles emigraron en comparación con 36.967 en 2010, y en el primer trimestre de este año el número era de 27.004, más del doble del mismo periodo de 2011, según los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). El número total de emigrantes en 2011, incluyendo el retorno de inmigrantes a sus países de origen, era 507.740 104.727 más que en 2010.

Lo que no ha cambiado, o poco, es la familia, la piedra angular del sistema de bienestar en España, y mientras esto sea así el país sobrevivirá.
http://www.elimparcial.es/nacional/el-enigma-del-desempleo-espanol-104889.html

El aprendizaje de Javier Marías

Los artistas, ya sean pintores, escultores, compositores o novelistas, nacen y no se hacen, aunque todos tienen un proceso de aprendizaje. En el caso de Javier Marías, su primera carera de traductor literario jugó un papel fundamental en el desarrollo de su propio estilo y de su marco de referencia literaria.

El libro del profesor británico, Gareth J. Wood, “Javier Marías’s Debt to Translation: Sterne, Browne, Nabokov”, publicado este mes por Oxford University Press, es el primer estudio en profundidad sobre este aspecto de Marías, uno de los novelistas españoles más exitosos. Wood, ciudadano honorario de Redonda, la nación ficticia creada alrededor de la isla deshabitada del mismo nombre, una dependencia de Antigua y Barbuda, cuyo rey actual es Marías, examina algunas de las obras traducidas por Marías de una forma minuciosa y traza paralelismos con sus novelas.

“A aquel que quiera escribir … yo le recomendaría que tradujera … yo he notado en mi propia prosa flexibilidad y soltura después de traducir”, dijo Marías. “Noté mi ’instrumento’ más afinado que antes, gracias al extraordinario ejercicio literario que supone la traducción.” Marías usa palabras con la habilidad de un cirujano con un escalpelo.

Además de traducir a Laurence Sterne (1713-1768), Thomas Browne (1605-1682) y Vladimir Nabokov (1899-1977), Marías ha traducido a novelistas tan diferentes como el ingles Thomas Hardy (1840-1928), cuyo vocabulario es muy rebuscado, y el americano John Updike (1932-2009) que escribió en una prosa moderna y tan clara como el agua, y poetas como WH Auden (1907-1973). En 1979, Marías ganó el Premio Nacional de Traducción por su versión de “The Life and Opinions of Tristram Shandy” (La vida y opiniones del caballero Tristram Shandy).

Pero llegó un momento en el que traducir y escribir a la vez suponía el riesgo de contaminar su escritura porque, en palabras de Marías, “escribir y traducir son actividades, desde mi punto de vista, demasiado similares como para mantener las dos de una manera continuada.” Marías alcanzó este punto en 1978 cuando sintió que “había cruzado por fin la línea de sombra y alcanzado la madurez y la osadía necesarias para ser intérprete de mí mismo” y dejó de traducir tanto como antes.

El gran crítico George Steiner avisó que “los escritores han dejado de traducir, a veces demasiado tarde, porque la voz inhalada del texto extranjero llega a asfixiar la suya propia.” Éste no ha sido el caso de Marías que ha desarrollado su propia voz.

Pero aún en 1995 (después de enseñar en la Universidad de Oxford dos años durante los 80) continuaba siendo considerado por las altas esferas del mundo literario español un escritor británico que escribía en español.

Marías empezó su vida literaria traduciendo (aunque escribió su primer cuento, cuando tenía solo 14 años) no solo para forjar y madurar su propio estilo sino también como una manera de rechazar su herencia cultural. “Era la nuestra la primera generación que en verdad no había conocido otra España que la franquista, y se nos había tratado de educar en el amor a España desde una perspectiva grotescamente triunfalista. A la hora de la rebeldía contra esa educación, la consecuencia no podía ser otra que un virulento desprecio no ya hacia esta España cotidiana y mediocre, sino hacia todo lo español, pasado, presente y casi futuro.”

Algo similar ocurrió con Antonio Muñoz Molina. “Para nosotros la palabra tradición sólo podía significar oscurantismo e ignorancia, del mismo modo que las palabras patria o patriotismo significaban exclusivamente dictadura,” dijo en una conferencia en 1993.

A diferencia de Muñoz Molina, Marías venía de una familia intelectual y algo cosmopolita, siendo su padre el filósofo Julián Marías (1914-2005) quien llevó su familia a EE UU en 1951 por razones políticas donde fue expuesto desde una tempranísima edad al inglés, y luego recibió una educación de élite en Madrid (en el Colegio Estudio).

Los ideas de Browne sobre la circularidad en asuntos humanos, la posteridad, el tiempo y la memoria, algunos de los temas recurrentes en las novelas de Marías, fueron incorporados a su vocabulario imaginativo. Sterne le dio la confianza de, en palabras de Wood “permitir a sus narradores divagar en el tiempo, ralentizar o incluso suspender en el tiempo el ritmo narrativo en aras de llegar a reflexiones de esencia personal o filosófica.”

Debo confesar que yo leo las novelas de Marías en inglés porque las versiones de su traductora, Margaret Jull Costa, son tan brillantes que parece que ella es la autora, y hasta cierto punto lo es, una experiencia que seguramente Marías sintió cuando el estaba traduciendo.
http://www.elimparcial.es/cultura/el-aprendizaje-de-javier-marias-104501.html

Los niños vascos

Hace 75 años, en la mañana del 21 de mayo de 1937, apenas un mes después del bombardeo de Guernica por parte la Legión Condor y la Aviación Legionaria italiana durante el transcurso de la Guerra Civil, 3.862 niños junto con 96 maestras, 118 señoritas (mujeres jóvenes que acompañaban a los niños) y 15 sacerdotes dejaron el País Vasco camino de Inglaterra a bordo de un viejo barco lleno a rebosar llamado Habana. Escoltado por dos barcos de Guerra de la Marina Real británica y azotados por una tormenta en la bahía de Vizcaya, llegaron al Puerto de Southampton. Era la llegada más grande de refugiados que había recibido Inglaterra y la única formada casi exclusivamente por niños.

Los niños vivieron en colonias en varias partes de Gran Bretaña (una duró hasta 1945). Este fin de semana, en la Universidad de Southampton, veintiocho de estos “niños”, sus familias y amigos, entre otros, conmemoran el aniversario de este triste acontecimiento, incluyendo una amiga mía, Natalia Benjamín, cuya madre española, Cecilia Gurich, escapó de Madrid en 1937 con su padre y hermano y fue maestra en una de las colonias. Natalia y Manuel Moreno, hijo de una niña vasca, fundaron la Asociación de Niños Vascos del ’37 Reino Unido.

Ningún suceso relacionado con la política exterior de Gran Bretaña durante el siglo XX había causado una división tan profunda ni había encendido un debate tan enconado en la opinión pública británica como la Guerra Civil española. Por suerte, esos niños no leían los periódicos que convertían su presencia en Inglaterra en objeto de fieras batallas ideológicas.

En el transcurso del verano al otoño de 1937, todo el norte republicano había caído y Franco seguía insistiendo en repatriar a los niños, mientras sus seguidores en Gran Bretaña se encargaron de repetir su discurso machaconamente y acusaron al Comité de Niños Vascos de explotar a éstos y a sus familias con el único objetivo de hacer propaganda política.

Esta trágica historia está contada de forma amena en “Solo Serán Tres Meses: Los Niños Vascos Refugiados en el Exilio” (Plataforma Historia) de Adrian Bell publicado el año pasado. “No te preocupes. Nos veremos dentro de tres meses” era el pronóstico tranquilizador de los padres en el oscuro y bullicioso andén de la estación de Portugalete mientras se despedían de sus hijos antes de ser trasladados al puerto de Santurce. Bastantes de los niños se quedaron para siempre en Inglaterra después del fin de la Guerra Civil.

Una valiente mujer inglesa, Poppy Vulliamy, escribió a Lord Faringdon, que era socialista y pacifista y había trabajado como celador en el hospital de campaña británico que había en el frente de Aragón (donde ofreció uno de sus Rolls Royce como ambulancia) pidiéndole alojamiento para unos niños en su enorme finca en el condado de Oxford. Ella le dijo que “no era apropiado que un socialista como él viviera solo en una casa tan grande.” Faringdon no estaba de acuerdo con la idea de Miss Vulliamy; sin embargo, le ofreció dos refugios vacíos en los límites de la finca que tenía en Eaton Hastings si ella se ocupaba de construir dos casas de madera que se utilizarían como dormitorios extras. El gran escritor Arturo Barea vivió sus últimos años (murió en 1957) en otra casa de la finca. Su lápida está en el cementerio del pueblo de Faringdon.

¿Hicieron bien los padres en mandar a sus hijos al extranjero, a costa de perderlos para siempre o, al menos, durante los años formativos de sus vidas? Algunos padres se arrepintieron de lo que habían hecho, porque después de sobrevivir a la guerra pensaron que pudieron haber estado todos juntos durante el conflicto, pero no había ninguna certeza de que no hubieran muerto todos. Otros creyeron que fue la mejor decisión que podían tomar dadas las circunstancias. ¿Cómo podría un padre no poner a salvo a sus hijos si tenía la oportunidad?

Uno de los niños, muchos años después, resumió la situación así. “Nuestra juventud, nuestra formación educativa, la manera en que nuestros padres nos educaron, todo lo que sabíamos, todo eso nos quitaron. No les echo la culpa a los padres. Hicieron lo que creyeron que era mejor para nosotros, lo que sabían que era mejor para nosotros. La decisión fue equivocada, pero ellos hicieron lo correcto.”

Estos 3.861 niños vascos forman parte de los olvidados de la Guerra Civil; en total unos 33.000 niños fueron evacuados de España incluyendo 2.985 que fueron a la Unión Soviética. Mi amiga Natalia a la edad de 67 años es una de los 241.763 descendientes de españoles que han obtenido la nacionalidad española gracias a la Ley para la Recuperación de la Memoria Histórica. Aunque tarde, la justicia llegó para ella.
http://www.elimparcial.es/sociedad/los-ninos-vascos-104127.html

El declive de la Marca España

Una manera de combatir el declive de la marca España (La marca España cotiza a la baja, EL PAÍS, 2 de mayo) y ser mucho más activo en este campo sería establecer la Comisión de Diplomacia Pública que José Luis Rodríguez Zapatero prometió lanzar, a partir del 2009, en una conferencia en el Museo del Prado en junio de 2008 flanqueado por Kofi Annan, el entonces secretario general de las Naciones Unidas.

“Resulta sorprendente que un país con una lengua tan extendida y una cultura tan atractiva no haya contado hasta el presente con una estrategia e instrumentos de lo que se viene en denominar diplomacia pública”, dijo Zapatero.

Nada pasó. Países como Reino Unido, Finlandia, Alemania y Estados Unidos tienen o han tenido instituciones de esta naturaleza. Sirven para cambiar o promocionar la imagen de un país, fomentar y sostener exportaciones, ayudar a conocer la marca país y, en general, alcanzar prioridades estratégicas internacionales. Todos son elementos de mucha importancia para cualquier país. Y en particular para uno como España inmerso en una profunda crisis y donde sigue habiendo un desfase grande entre la percepción que se tiene del país y de sus empresas, y su propia realidad empresarial y socioeconómica.—
http://elpais.com/elpais/2012/05/04/opinion/1336151389_072846.html

Ya es hora de que Turquía reconozca el genocidio armenio

Hace menos de dos semanas (el 24 de abril) armenios de todo el mundo conmemoraban, como todos los años, el genocidio entre 1915 y 1917 de hasta un millón y medio de sus compatriotas, cometido durante la Primera Guerra Mundial y en plena desintegración del Imperio Otomano.

El Gobierno turco niega tajantemente que aquello – la primera masacre a gran escala del siglo XX – haya sido un genocidio, a diferencia del Parlamento Europeo, los parlamentos de una docena de países y el Vaticano, que han condenado la masacre, y Barack Obama cuando era senador pero no como Presidente. Y sigue siendo un delito en Turquía afirmarlo en público porque está considerado un insulto a la nación, aunque en la práctica rara vez se sanciona, gracias a una mayor libertad de expresión en los últimos años sobre este tema que ha sido tabú durante décadas.

Mientras que la palabra holocausto se refiere exclusivamente a la persecución y el asesinato sistemático, burocráticamente organizado y auspiciado por el Estado de aproximadamente seis millones de judíos por parte del régimen nazi y sus colaboradores, el término genocidio se aplica a lo que pasó en Camboya (1975-79) y Ruanda (1994) y en otros países.

Sin embargo, el último libro del historiador británico, Paul Preston, lleva el título, “El Holocausto español: odio y exterminio en la guerra civil y después” (Debate). Preston justifica el título — exagerado desde mi punto de vista – porque no encuentra otro adecuado para definir la tragedia española en todas sus dimensiones durante la Guerra Civil y en los años 40.

El libro de Taner Akçam, The Young Turks’ Crime against Humanity: The Armenian Genocide and Ethnic Cleansing in the Ottoman Empire, publicado por Princeton University Press, no deja lugar a dudas de que lo que pasó con los armenios fue mucho más que un masacre.

Akçam, fue uno de los primeros historiadores turcos en hablar abiertamente sobre el genocidio y cuestionar la postura moral y política del Gobierno turco al negar la responsabilidad otomana. Ostenta la única cátedra en el mundo (en la Universidad de Clark en Estado Unidos) dedicada a la investigación y enseñanza del tema. Es odiado por los ultra nacionalistas turcos: su nombre figura en una lista de supuestos “traidores a la seguridad nacional” encontrada en 2009 durante la investigación del caso Ergenekon, la red sospechosa de querer hacer caer el gobierno islámico en Turquía. Otras personas en la lista eran Hrant Dink, el periodista armenio afincado en Estambul asesinado en 2007, y Orhan Pamuk, ganador del Premio Nobel de literatura en 2006. Pamuk fue condenado a pagar 3.850 dólares en 2011 por el delito de “insultar el carácter turco” por los comentarios que hizo en 2005 en un diario suizo sobre Armenia.

Armenia es un tema vivo en mi casa porque mi mujer tiene un cuarta parte armenia (del lado de su abuela, cuya familia emigró desde Tokat, en Turquía, a Egipto a finales del siglo X1X , antes del comienzo de la matanza de los armenios). En 2010 realizamos el sueño de viajar a Armenia, siendo Sonia, mi mujer, el primer miembro de su familia en visitar el país en muchas generaciones. Siempre he sido algo reacio a usar el término genocidio, por no conocer el tema suficiente, pero después de ver la documentación en el Museo del Holocausto en Yerevan, con los fotos de muertos y de niños y mujeres famélicos, y leer el libro de Akçam, acepto el término.

Ankara mantiene que entre 300.000 y 500.000 armenios, y al menos otros tantos turcos, murieron en un conflicto civil cuando los primeros tomaron las armas en el este de Anatolia para apoyar a las tropas invasoras rusas, durante la Primera Guerra Mundial.

Una de las grandes virtudes del profundo estudio de Akçam es que está basado en unos 600 documentos otomanos de los archivos turcos y no en documentos extranjeros (parciales/sesgados según las autoridades turcas). Aunque muchos documentos han desaparecido o han sido “limpiados”, hay más que suficiente evidencia para desmontar la versión oficial, enseñada durante generaciones a los turcos.

Con el imperio otomano en ruinas, los líderes creyeron que sólo podían mantener el control de los restantes territorios si sus habitantes eran únicamente musulmanes (la gran mayoría de armenios, como los griegos, son cristianos). Sin embargo, bastante armenios que se habían convertido a la religión musulmana para salvar sus vidas fueron también asesinados. Fueron eliminados en nombre de la seguridad nacional y la creación de un estado-nación bajo una política demográfica. La negación de los hechos en Turquía esta considerado también como un asunto de seguridad nacional.

“El principio de que los Armenios que quedasen no excedieran del 5% de la población musulmana en las provincias de Anatolia Occidental, mientras que los que fueran deportados no superara el 10% de los musulmanes en sus lugares de destino, viene a ser lo mismo que estar ordenando casi su total aniquilación“ dice Akçam.

Ha pasado ya casi un siglo y no parece que Turquía esté dispuesta a disculparse o a reconocer culpabilidad. La sensibilidad del Gobierno turco por el tema fue ampliamente demostrado el año pasado cuando la aprobación por la Asamblea francesa del proyecto de ley que sancionará a quienes nieguen la existencia de los genocidios, despertó la ira de Ankara, que suspendió relaciones políticas y militares con Francia. Ha llegado la hora por parte del Gobierno turco de reconocer el genocidio y así pasar página.
http://www.elimparcial.es/contenido/103731.html