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Arturo Barea: del Madrid de la Guerra Civil al exilio en la campiña inglesa
Arturo Barea nació el 20 de septiembre de 1897 en Badajoz. Su padre, un agente del servicio de reclutamiento del Ejército, murió pocas semanas después de su nacimiento. Su madre, Leonor, y sus otros tres hijos se trasladaron a Madrid donde residía su acomodado hermano José. En palabras de Inés, la abuela paterna de Barea, «cuando tu madre se quedó viuda, lo único que Dios hizo por ella fue dejarla en un hotel con dos duros en el bolsillo y tu padre fiambre en la cama». En Madrid, su adorada madre tuvo que emplearse como lavandera en el río Manzanares, una experiencia que proporcionaría el evocativo comienzo de La forja (The Forge): «Los doscientos pantalones se llenan de viento y se inflan. Me parecen hombres gordos sin cabeza, que se balancean colgados de las cuerdas del tendedero. Los chicos corremos entre los traseros hinchados». La forja es el primer volumen de la trilogía autobiográfica titulada de forma genérica La forja de un rebelde (The Forging of a Rebel) y el libro por el que Barea es conocido principalmente; como casi toda su obra, apareció primero en inglés (traducido por su segunda mujer, Ilsa) durante su largo exilio en Inglaterra y muchos años después salió la edición en España.
Entre semana, Barea se criaba con sus tíos José y Baldomera, que no tenían hijos, y los fines de semana se reunía con su familia en el barrio obrero de Avapiés (Lavapiés). Gracias a ellos, pudo asistir a las Escuelas Pías en la calle Tribulete, una escuela religiosa con buenos laboratorios y una biblioteca bien dotada (desde muy joven Barea fue un lector voraz). Esta experiencia le aportó una educación primaria de gran calidad y también un cierto contacto social con familias de la clase media. Publicó sus primeros cuentos y poemas en la revista del colegio. Barea, un niño hipersensible y precoz observador, vivía entre dos mundos sociales muy distintos, en un equilibrio precario entre una tremenda pobreza y una próspera tranquilidad. Por ello había una tensión constante en él, sentía que no pertenecía a ningún grupo y esto lo marcó profundamente en su trabajo como escritor.
Muy inteligente y de mente inquisitiva, de niño, Barea quería ser ingeniero, pero con la muerte prematura de su tío José tuvo que empezar a trabajar a los 13 años, y lo hizo como aprendiz en un taller de bisutería. Perdió este trabajo después de un enfrentamiento con el propietario y se puso a estudiar contabilidad. Entró en el banco Crédit Lyonnais en 1911 y llegó pronto al puesto de oficinista. Ingresó en el sindicato de la UGT. Poco antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial en 1914, abandonó el banco, pasó por una agencia de patentes, y trabajó y viajó por España y Francia como agente comercial para un vendedor alemán de diamantes, que le pagaba un sueldo alto para su edad. Con 18 años y una herencia de su tío José montó una fábrica de juguetes. Quería liberar a su madre (tanto La forja de un rebelde como su única novela, La raíz rota, están dedicadas a ella) de las privaciones económicas. El negocio fracasó y Barea optó por ser secretario del administrador de Hispano-Suiza, una empresa que fabricaba aviones.
En 1920, fue llamado a filas para la guerra de Marruecos —la parte norte del país era, en aquel tiempo, una colonia española—. La experiencia fue brutal, como cuenta en La ruta (The Track), el segundo libro de la trilogía; allí pudo ser testigo de la corrupción e incompetencia de los militares y de la carnicería que siguió a la derrota de Annual en 1921. Participó en un total de ochenta y una operaciones y recibió dos condecoraciones, licenciándose en 1924 como oficial de reserva. El 9 de enero de ese mismo año contrajo matrimonio con Aurelia Grimaldos, con quien tuvo cuatro hijos. Volvió a trabajar en el sector de patentes. El matrimonio fue «un fracaso deprimente» en palabras de Barea; en 1931 empezó un affaire con María, una secretaria de su empresa.
La Guerra Civil, que estalló el 18 de julio de 1936, cambiará profundamente la vida de Barea y lo convertirá en escritor. Tomó parte en el asalto al Cuartel de la Montaña y vio arder las Escuelas Pías, todo ello está narrado en La llama (The Clash), el tercer libro de la trilogía. Con el apoyo de un amigo del Partido Comunista Español (PCE), del que nunca fue miembro, Barea ingresó en agosto de ese año en la Oficina de Censura de Prensa Extranjera del Ministerio de Estado en el emblemático edificio de trece plantas de Telefónica, en la Gran Vía de Madrid. Al ser el edificio más alto de la ciudad, fue con frecuencia blanco del fuego de la artillería y era alcanzado con regularidad por los obuses. Sus instrucciones eran no filtrar nada que no fuera una victoria del Gobierno: «Había caído de lleno sobre mí la responsabilidad de censurar todos los periódicos del mundo y cuidar de los corresponsales de guerra en Madrid. Me encontraba en un conflicto constante con órdenes dispares del Ministerio en Valencia, de la Junta de Defensa o del Comisariado de Guerra». La primera víctima de una guerra es siempre la verdad. Entre los corresponsales estaban Ernest Hemingway, Martha Gellhorn y John Dos Passos. Este último describió a Barea como un «español cadavérico, malnutrido».
Barea se quedó en Madrid como jefe de la Oficina, cuando el Gobierno republicano se trasladó a Valencia en noviembre de ese año. Su ayudante era la socialista e intelectual austriaca Ilsa Kulcsar, casada con Leopold Kulcsar, un agente del Comintern. Ilsa, a diferencia de Barea cuyo conocimiento de idiomas era rudimentario, dominaba cinco lenguas. Ella creía que la estrategia hacia los corresponsales era «una equivocación catastrófica» y que lo que había que hacer era dar más información para que el mundo comprendiese lo que de verdad estaba pasando en España. Sin mucha dificultad convenció a Barea de que transmitir la verdad sería beneficioso a la larga para la causa republicana. Por ejemplo, Ilsa y Barea permitieron a los corresponsales informar sobre la redada policial en la abandonada embajada alemana, que puso en evidencia la connivencia de Alemania con la quinta columna franquista.
Ilsa y Arturo se convirtieron pronto en amantes. Un día, un fragmento de proyectil destruyó la ventana de su habitación e incendió las cortinas; los zapatos favoritos de Ilsa y la mesa con los platos para la comida que Barea e Ilsa tenían preparada quedaron destruidos. El azar quiso que no estuvieran comiendo en aquel momento.
En mayo de 1937 el general Miaja, jefe del Ejército del Centro y delegado de Orden Público en Madrid, ordenó a Barea reorganizar las emisoras de la capital. Empezó a hablar todas las noches como «La voz incógnita de Madrid», contando «historias de un pueblo, que viviendo en aquella mezcla de miedo y valor, llenaba las calles y las trincheras de Madrid. Compartía todos sus miedos, y su valor me servía de alivio. Tenía que vocearlo».
Ese mismo mes, a la edad de 40 años, El Sol publicó su primer escrito, un breve texto, en portada, con el título de Madre, parcialmente inspirado en las condiciones de vida de su propia madre: «Desde 1907 vivía en aquella buhardilla. Treinta años de vida en aquel camaranchón de techos inclinados, que constituía una habitación única. Comedor, cocina y dormitorio con dos camas». En agosto de este año, el Daily Express de Londres le publicó un cuento sobre una mosca y un soldado republicano, titulado This story was written under shell fire (Este cuento se escribió bajo un bombardeo), traducido por Ilsa. Barea conoció a Sefton Delmer, el corresponsal del periódico, quien dijo que Barea «descubrió su talento literario revisando los textos presentados para su publicación por periodistas, lo cual le curó el complejo de inferioridad a la hora de escribir».
Los bombardeos constantes y los días de dieciséis horas de trabajo como censor y en la radio le ocasionaron una crisis nerviosa. Un día se oyeron algunas explosiones cuando Barea estaba en la Gran Vía, así lo recreará en La llama: «Con el rabillo del ojo vi algo extraño y viscoso pegado en el cristal del escaparate de la Compañía del Gramófono. Se estaba moviendo. Me acerqué a ver lo que era. Contra la luna estaba aplastado y aún contrayéndose convulsivamente un trozo de materia gris, del tamaño del puño de un niño. A su alrededor, pequeñas gotas temblonas de la misma sustancia habían salpicado el cristal. Un hilillo de sangre acuosa se deslizaba por el cristal abajo, surgiendo de la pella de sesos, con sus venillas rojas y azules, en la que los nervios rotos seguían agitándose como finos látigos». Era una piltrafa de un cerebro humano.
Ilsa fue detenida por milicias comunistas bajo la acusación de ser trotskista y liberada poco después. Arturo también era visto como sospechoso por los comunistas. Tenían motivos para temer por sus vidas. El lado republicano se había convertido en un cruento campo de batalla —otro más en plena guerra civil— entre los milicianos del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) y los militantes del PCE que apoyaban entonces al Gobierno Republicano, fuertemente influidos por las directrices de la III Internacional Comunista. Estos últimos acusaban al POUM de trotskistas y quintacolumnistas, enemigos de la República.
En septiembre de 1937 Barea fue despedido como jefe de la censura y en noviembre dejó la radio para marcharse con Ilsa, primero a Alicante y luego a Barcelona, donde terminó Valor y miedo, un libro de cuentos basados en sus charlas por la radio. Estando en Barcelona, Ilsa buscaba el apoyo de su marido Leopold para obtener un permiso de salida de España. La muerte repentina de Leopold en enero de 1938 y el divorcio de Barea y Aurelia, obtenido el 14 de octubre de 1937 gracias a la Ley de Divorcio de 1932, que lo reguló por primera vez en España, permitieron a Arturo e Ilsa casarse en febrero, una semana antes de salir de España por La Junquera en un coche con placas diplomáticas británicas y un banderín en el capó.
Se fueron a París donde estuvieron «hambrientos por meses» durante casi un año en una habitación maloliente del Hotel Delambre (el «hotel del Hambre», según ellos, en un juego de palabras): «En nuestro agobiante y maloliente cuartucho de hotel, en el que diminutas hormigas invadían cada mendrugo de pan que quedaba durante la noche, empecé a lidiar con las visiones de terror, destrucción, pérdida inútil y valentía condenada al fracaso que llenaban mi mente y parecían abarrotar las calles de París, las calles del mundo». A pesar de su penuria económica, llegaron a prestar dinero a una pintora rusa, Galina Yurkevich, que vivía en circunstancias aún peores que ellos. La pintora no pudo pagar su deuda y, a cambio, les ofreció un retrato de Barea.
Barea e Ilsa desembarcaron en Inglaterra en marzo de 1939, el mismo mes en que se produjo la derrota de la República. Barea estaba, según sus palabras, «desposeído de todo, con la vida truncada y sin una perspectiva futura, ni de patria, ni de hogar, ni de trabajo […] rendido de cuerpo y de espíritu». Pero bajo el brazo llevaba el manuscrito del primer libro de La forja de un rebelde. Tenía los nervios tan destrozados que, cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial en septiembre de ese mismo año, vomitaba cada vez que sonaban las sirenas antiaéreas, al recordarle los bombardeos de Madrid durante la Guerra Civil. Se fueron a vivir al pueblo de Puckeridge, en el condado de Hertfordshire. Barea se sentía a gusto, aunque en algún momento pensó en emigrar a México. Junto con el filósofo José María Ferrater Mora, ambos aparecen en una «Lista de españoles que desean emigrar a México sin recursos. Intelectuales». Sin embargo, «más de lo que esperaba y más de lo que parecería previsible en un español, me aficioné a la vida inglesa en seguida, y me enamoré de la campiña inglesa», con la excepción de «este maldito tiempo inglés», escribía Barea.
Sus suegros Valentin Pollak, un judío austriaco, y Alice von Zieglmayer se fueron a vivir con Arturo e Ilsa. Llegaron cinco días antes del comienzo de la Guerra Mundial. Los primeros años de Barea en el exilio fueron muy fructíferos. En agosto, pocos meses después de aterrizar en Inglaterra, la revista The Spectator le publicó el relato, A Spaniard in Hertfordshire (Un español en Hertfordshire), en el que comparaba su nueva vida bucólica con la de España: «Las dos personas que más me asombraron por representar el contraste más perfecto con lo que era habitual en España fueron el policía local y el párroco del pueblo. El cartel que decía Policía de Herts me convenció, pero el joven alto y de rosadas mejillas me parecía salido de un cuento: hasta que no le vi con el uniforme completo en su bicicleta (¡en su bicicleta!). Y seguía pensando en la sombría Guardia Civil sobre sus caballos negros, con sus tricornios y siempre en pareja porque cuentan con el odio sempiterno de todo el campo. Uno no puede imaginarse que se quiten el uniforme ni para dormir». Cuando las tarjetas de residencia fueron emitidas para ambos, no tuvieron que ir a recogerlas a la comisaría porque el policía se las trajo a su casa, lo cual los dejó asombrados. Con respecto al pastor protestante: «vino creyendo que éramos católicos —tengo que admitir mi educación católica y mi completo alejamiento de la Iglesia—, nos ofreció su ayuda y se fue en su bicicleta». Barea, acostumbrado al oscurantismo de la Iglesia en España, se sorprendió de «la fácil aceptación de alguien que no tenga sus creencias».
Salvo dos de sus cuentos, toda la obra escrita de Barea gira sobre España. En junio de 1941, el mismo año de ser elegido miembro del PEN Internacional, la sociedad mundial de escritores, fue publicado su Struggle for the Spanish Soul (La lucha por el alma española), un estudio sobre las raíces históricas y la realidad económica del fascismo español. El manuscrito mecanografiado y la primera prueba se perdieron cuando las bombas alemanas arrasaron la imprenta que la editorial Secker & Warburg tenía en Plymouth. En una carta, Fred Warburg, el editor, instaba a Barea a remitirles urgentemente un duplicado del libro. Por fortuna, Barea había conservado una copia. En septiembre de ese año, Barea escribió a la Editorial Séneca en la Ciudad de México, fundada por emigrantes y exiliados españoles, y dirigida por José Bergamín: «Mi interés de que el libro sea editado en nuestra lengua es absoluto, aun cuando realmente ha sido escrito para el público inglés, a quien nos interesa tanto dar a conocer España. Por ello, si entrara en sus cálculos estudiar la posibilidad de una edición española, creo que sería necesario escribir uno o dos capítulos, al principio o al final del libro, aclarando la limitación forzosa del libro». Además, Barea se refirió en esta carta a su obra The Forge (La forja), publicada en julio de ese año y traducida por sir Peter Chalmers Mitchell, el excónsul británico en Málaga y traductor de Siete domingos rojos, de Ramón J. Sender, que recibió grandes elogios de la crítica inglesa, aunque a Ilsa no le gustaba esta traducción. Puede demostrarse la brillantez de Ilsa comparando su traducción de La forja con la de Chalmers Mitchell. Como cuenta Michael Eaude en el libro Arturo Barea: triunfo en la medianoche del siglo: «En general, este, que tenía más de 70 años al traducir La forja, utilizaba argot y términos ya caducados; mientras que Ilsa a menudo dejaba sabiamente un término en castellano o evitaba términos que pueden caducar con mucha rapidez».
Lástima que Bergamín no hubiera tenido mejor olfato literario para apoyar la edición de La forja en México diez años antes de la publicación de la traducción al español del texto inglés por la editorial Losada de Buenos Aires, otra editorial fundada por exiliados, tras la que vino una edición en un solo tomo de la editorial mexicana Montjuich en 1959. El manuscrito original de los tres libros de La forja de un rebelde, escrito en español, se perdió e Ilsa y Arturo tuvieron que reescribirlo a partir de la versión en inglés. El texto está plagado de errores gramaticales y anglicismos y no fue corregido hasta la edición de Debate en el año 2000. Las ediciones de Argentina y México circularon en España de forma restringida y clandestina, pasando de mano en mano, hasta su publicación en 1977, dos años después de la muerte de Franco, en edición de Turner.
La versión de Ilsa de La forja fue publicada en 1943; después y ese mismo año le siguió The Track (La ruta), sobre la guerra colonial en el Marruecos de los años 20, y en 1946 The Clash (La llama), que se centró en la Guerra Civil. En el prefacio a la edición inglesa de La ruta, Barea explicó la razón de ser de la trilogía: «Quería descubrir cómo y por qué he llegado a ser el que soy; quería comprender las fuerzas y las emociones que están detrás de mis sentimientos y acciones actuales. Traté de encontrarlas, no por medio del análisis psicológico, sino evocando las imágenes y las sensaciones que alguna vez vi y sentí, y que más tarde fui absorbiendo y retocando inconscientemente». Los tres libros fueron publicados por Faber and Faber, en cuyo consejo estaba el poeta y escritor de origen estadounidense T.S. Eliot, a quien fue concedido el Premio Nobel de Literatura en 1948. George Orwell, que había luchado con el POUM, definió a Barea como «una de las adquisiciones literarias de más valor que Inglaterra hizo a raíz de la persecución fascista». The Times afirmaba: «Es dudoso que haya aparecido un retrato más convincente del yunque del cual se forjó un rebelde». Roland Gant en The Daily Telegraph llegó a decir que la trilogía «es tan esencial para entender la España del siglo XX como indispensable es la lectura de Tolstoi para comprender la Rusia del siglo XIX». Siendo ya bastante famoso, fue invitado a Dinamarca en 1946. A principios de los años 50 un grupo de intelectuales daneses hizo campaña a favor de conceder a Barea el Premio Nobel.
En una larga carta de cuatro páginas que Barea escribió a T.S. Eliot el 4 de abril de 1945, el español respondía al inglés sobre varios aspectos de La llama que habían despertado dudas o sugerencias en el lector. A Eliot le preocupaba que Barea hubiera utilizado nombres de personas reales, pero el autor defendió esa decisión porque según él no había nada que pudiera ser considerado difamatorio o calumnioso, dado que no había nada falso. Por ejemplo, Barea explica a Eliot que Juan Negrín era conocido en algunos ámbitos como el «jefe de los asesinos rojos», y lo tranquiliza diciendo que si algún lector de la novela atacara o criticara, él podría justificarlo sin problema en una carta a algún periódico.
En 1944, Barea publicó un estudio pionero, Lorca: the poet and his people (Lorca, el poeta y su pueblo). El libro influyó decisivamente en la pasión por el poeta de Ian Gibson, su biógrafo: «No mencionaba para nada su homosexualidad, entonces todavía asunto tabú, pero los análisis de sus imágenes —sobre todo las del Romancero gitano, surgidas de su larga infancia en la Vega de Granada— me parecían fascinantes. Es difícil estar seguro —han pasado muchos años—, pero sospecho que, si no hubiese caído entonces en mis manos aquel librito, quizás no me hubiera embarcado en la aventura de ser biógrafo del poeta». En 1945, le siguió un folleto titulado Spain in the Post-War World (España en el mundo de la posguerra), en el cual abogaba por el derrocamiento del régimen de Franco por parte de los aliados y su sustitución por una república; en 1951, publica una novela, The Broken Root (La raíz rota), que es un especie de secuela de The Forge, pues trata las consecuencias de la Guerra Civil dentro de España y el dolor del exilio; y en 1952, un pequeño estudio sobre Miguel de Unamuno. Barea, a diferencia de Antolín —el protagonista de la novela, que también tenía pasaporte británico como el autor (se le concedió en 1948)—, nunca regresó a España.
A Barea se le conoce sobre todo por La forja de un rebelde (publicado en diez idiomas). Las ventas de Barea entre 1948 y 1952 lo convirtieron en el quinto autor español más traducido del mundo, después de Cervantes, Ortega y Gasset, Lorca y Blasco Ibáñez, según la Unesco. También alcanzó la fama por las 856 charlas semanales de 15 minutos que dio para la sección de América Latina del Servicio Mundial de la BBC —y que se emitieron desde 1940 hasta un día antes de su muerte en 1957—, bajo el seudónimo de Juan de Castilla, con el que quiso proteger a su familia en España. Su sueldo en la BBC constituía la fuente principal y estable de ingresos anuales. La BBC no conserva ninguna de estas grabaciones: se supone que fueron destruidas por razones de espacio. El libro Palabras recobradas (Debate, 2000), editado por Nigel Townson, contiene los textos de 61 de esas charlas, entre otros escritos inéditos. Barea no podía trabajar para la sección española de la BBC por estar considerado demasiado comprometido políticamente. Ilsa había empezado el año anterior a trabajar para el Servicio de Escucha de la BBC, donde sus compañeros eran otros exiliados, como el historiador austriaco de arte Ernst Gombrich, Isabel de Madariaga, la hija de Salvador de Madariaga, y el austriaco George Weidenfeld, cofundador de la editorial Weidenfeld y Nicolson.
Durante la Guerra Mundial, sus charlas tenían un propósito propagandístico con el fin de contrarrestar la propaganda de los nazis en América Latina. Barea daba una visión muy favorable del país, tal vez por haber sido recibido con los brazos abiertos. Algunas de las charlas de Barea se centran en La Tabernita de Frank, que no existía. Ilsa y Arturo vivieron en tres pueblos distintos entre 1940 y 1957. La Tabernita incorpora elementos de varios lugares, en particular de su pub favorito en Faringdon, The Volunteer, donde un grupo de admiradores colocó en la fachada una placa en su honor en 2013, en un acto cívico que tuve el orgullo de organizar después de haber restaurado en 2010 su lápida conmemorativa. Barea vivió los últimos diez años de su vida en Eaton Hastings, en las afueras de Faringdon, condado de South Oxfordshire, en una casa llamada Middle Lodge situada en la finca de lord Faringdon, quien se la alquiló sin electricidad (se iluminaba con lámparas de aceite) en unas condiciones muy favorables. Este excéntrico lord, miembro del Partido Laborista y partidario de la República, había convertido su Rolls-Royce en una ambulancia que, en 1937, condujo hasta el frente de Aragón para usarlo como hospital de campaña. De regreso, y en mayo de ese año, dio cobijo a un pequeño grupo de los 3826 niños vascos evacuados en el barco Habana a Inglaterra, después del bombardeo de Guernica. Es el grupo más grande de refugiados que se hayan acogido nunca de una sola vez en Inglaterra. La placa sobre el pub la diseñó mi amigo Herminio Martínez, quien había viajado en el barco a los siete años de edad.
Gran parte del material para las charlas en la BBC estaba inspirado por la gente que Barea conoció en los pubs. Como dijo Townson en su introducción a Palabras recobradas: «El hecho de hablar un inglés defectuoso y con un fuerte acento no le impedía comunicarse, ya que su nivel de comprensión era alto y su carácter sociable. Beber y hacer amistades en los pubs proporcionarían a Barea un elemento de continuidad importante con su vida en España». La experiencia en los pubs le ponía en contacto con las clases populares y le daba la oportunidad de preguntar sobre sus vidas. En sus charlas, Barea comentaba aspectos sociales, políticos y económicos de la vida inglesa. En una de ellas, titulada Cuestión patriótica, hablaba sobre su solicitud de ciudadanía británica: «El primer acto de Inglaterra para mí fue abrirme sus puertas, simplemente porque era un desgraciado sin patria por defender ideales de humanidad y fraternidad dentro de una comunidad libre que había perdido su libertad por la violencia. El segundo fue ayudarme en mi miseria. El tercero fue darme un puesto en la lucha que este mismo país entabló seis meses después de mi llegada por defender sus propias libertades contra los que, al igual que rigen hoy en mi país de origen, pretendían regir el mundo entero. Me sentí hermano entre ellos y me trataron como hermano suyo».
En otra charla Barea cuenta una historia de huevos fritos: «Cuando yo aprendí a guisar, mejor dicho, intenté guisar, era un maestro en el arte de freír un huevo. Lo había aprendido cuando era muchacho de un ventero aragonés cuyo único arte era asar cabrito y cocer pan en su horno de retamas. Aquel hombre freía los huevos y los convertía en una bola dorada y perfecta que encerraba dentro una yema perfectamente blanda, en ese punto difícil de lograr que es el principio de la coagulación. La grasa desaparecía de ellos maravillosamente y se convertían en buñuelos. Y este fue mi primer éxito con los ingleses. El ventero me enseñó el secreto de freír los huevos y mis amigos ingleses ni se hartaban ni se han hartado aún de comerlos. Solo que ahora están racionados. Yo me entusiasmaba con sus asados de carne, y ellos con mis huevos fritos».
A Barea le gustaba cocinar y tenía un fino sentido del humor. David Buckle, un sindicalista inglés conocido de Barea durante los años 50, me contó que fue invitado a comer calamares en su tinta en la primera visita a su casa. No pudo comerlos por el aspecto físico. La siguiente vez que fue invitado, Barea le puso una venda en los ojos antes de sentarse a comer. Pasados unos minutos, le preguntó si le gustaba la comida y dijo que sí, le hizo quitarse la venda y pudo ver en el plato los calamares en su tinta.
Barea escribió reseñas de libros y ensayos en publicaciones como la revista Horizon, la más prestigiosa de la época, editada por Cyril Connolly, y en el Times Literary Supplement (sobre Rafael Alberti, entre otros). Consiguió su primer éxito como crítico con el ensayo Not Spain but Hemingway (Hemingway y su España), publicado en 1941 en Horizon, sobre la novela del escritor americano acerca de la Guerra Civil, For Whom the Bell Tolls (Por quién doblan las campanas), donde contrapone, por una parte, el conocimiento del novelista de la España taurina y gitana y, por otra, su ignorancia de los habitantes de los pueblos y su forma castiza de pensar y hablar. La izquierda criticó a Barea por meterse con uno de los iconos culturales de la España republicana. En una carta a Barea del 8 de abril de 1941, Connolly dijo que «la crítica de usted es todo un logro porque aborda la novela de un modo totalmente distinto al de otros críticos; estoy de acuerdo con cada una de sus palabras». Barea escribió también una larga reseña sobre The Spanish Labyrinth (El laberinto español) —el gran libro de referencia del escritor inglés Gerald Brenan sobre los antecedentes sociales y políticos del conflicto fratricida—, donde utiliza su propia experiencia política. Al igual que la Forja, El laberinto español no fue publicado en España hasta después de la muerte de Franco. La primera edición en español, publicada por Ruedo Ibérico en París en 1962, circulaba clandestinamente, igual que la edición de la Forja publicada en Argentina en 1951. Brenan, que pasó gran parte de su vida en España, se convirtió en amigo de Barea a principios de los años cuarenta cuando se conocieron en Inglaterra.
Barea también escribió prólogos elogiosos a la primera edición en inglés en 1948 de Epitalamio del prieto Trinidad (Dark Wedding), de Ramón J. Sender (publicado primero en México en 1942 y después en España en 1966) y de La colmena (The Hive), de Camilo José Cela en 1953 (publicado en Argentina en 1951 y en España en 1963). Barea mantuvo una buena relación epistolar con Sender y con Cela. El autor de la Forja admiraba a Cela como escritor, a pesar de haber estado en el bando nacionalista durante la Guerra Civil. Los dos habían sido censores (Cela trabajó como censor durante 1943 y 1944 para el régimen franquista). Barea consideraba La colmena «la novela más importante, tanto como obra de arte como documento social, escrita hasta ahora detrás del muro invisible que aún aísla el país». En una carta a Cela del 19 de diciembre de 1955, Barea le escribe al futuro premio Nobel que Ilsa «no había tenido éxito con sus intentos de traducción y publicación del Viaje a La Alcarria, pero aún no pierde la esperanza». Cela había mandado un ejemplar de su novela La catira a Barea, quien respondió que «es absolutamente imposible tratar de traducirla o hacer una versión inglesa; y es una lástima».
Un artículo del periodista George Pendle en 1952 sobre la literatura española provocó una queja de «las autoridades culturales de Madrid» por haber dicho que Barea era un escritor español: «Esa gente me informa de que usted ya no es un escritor español, del mismo modo que Conrad no es un escritor polaco», escribió Pendle a Barea, «me dicen que usted dicta a su esposa (en una lengua que evitan precisar) y que, a continuación, ella traduce sus pensamientos al inglés. Con su permiso, me gustaría refutar esa declaración oficial».
Barea e Ilsa se sentaban a trabajar juntos en una mesa grande de roble con lámparas de aceite colgadas del techo, Barea escribiendo en español, Ilsa traduciéndolo al inglés. Barea usaba una Underwood, una voluminosa máquina de escribir con teclado inglés, y tenía que marcar a mano todos los acentos. Esa máquina ahora ocupa un lugar de honor en la casa de un conocido escritor español. Arturo e Ilsa fumaban tanto que las paredes de la habitación estaban ennegrecidas por el humo.
Ese mismo año de 1952 fue invitado por el Pennsylvania State College en Estados Unidos a dar clases de literatura española durante seis meses, todo un logro para un autodidacta que había dejado el aula con 13 años y cuya única experiencia como docente fue enseñar a escribir y leer a soldados analfabetos cuando estuvo en el Ejército. Esta universidad quería que se quedara un año más, pero no llegaron a un acuerdo sobre el dinero. Barea solicitaba 6000 dólares y le ofrecían 4000. Además, fue acusado por la American Legion y Amvets, organizaciones conservadoras de veteranos de guerra, de ser comunista. Era la época de la Guerra Fría y de la «caza de brujas» de Joseph McCarthy.
Los oyentes votaron muchas veces a Barea como el locutor más popular del servicio de América Latina. El éxito de las charlas fue tal que la BBC le envió en 1956, un año antes de su muerte, de gira durante cincuenta y seis días por Argentina, Chile y Uruguay, donde dio múltiples conferencias y entrevistas, y asistió a numerosas recepciones y firmas de libros. La exultante acogida se debió no solo a su trabajo como locutor, sino al éxito de sus libros en América Latina. La edición de la trilogía publicada por Losada en Buenos Aires de 1951 vendió 10 000 ejemplares en los primeros meses. Durante la gira, en la propaganda contra Barea publicada por los partidarios de Franco se le denominaba Míster Arthur Barea (Beria) —deformación deliberada de su apellido tomando como una referencia al jefe de seguridad de Stalin— y que apuntaba al supuesto pasado de Barea como comunista. Pero Barea nunca fue comunista. Un informe de ese mismo año del Ministerio de Asuntos Exteriores describía a Barea como una «persona ultraizquierdista de formación completamente liberal y como clásico representante de la intelectualidad de izquierda acatólica». La gira fue tan exitosa, relataba un informe de la embajada británica en Buenos Aires, que el principal problema de Barea «era evitar ser festejado, agasajado y agotado por hordas de admiradores y entusiastas. La visita de Barea fue un éxito sin precedentes desde el principio. No dudaría en afirmar que ha sido el visitante con más éxito que hemos tenido en muchos años».
Barea murió de un infarto de miocardio en su casa, el 24 de diciembre de 1957, sin haber vuelto a ver a ninguno de sus cuatro hijos (Carmen, Adolfina, Arturo y Enrique), los que tuvo de su matrimonio frustrado con Aurelia Grimaldos, ni a sus tres hermanos, salvo Concha, que lo visitó en Inglaterra. Su hermano Miguel fue detenido después de acabada la Guerra Civil, acusado de «auxilio a la rebelión», juzgado y condenado a veinte años y un día. Murió en la cárcel de Ocaña (Toledo) en octubre de 1941. El archivo personal de Barea fue donado a la Biblioteca Bodleiana en Oxford en octubre de 2017, algo que Barea probablemente habría querido, dado que Inglaterra le dio refugio y la tranquilidad para poder escribir después de ser testigo de tantos sufrimientos y horrores.
Los hijos de Barea permanecieron en Madrid tras la guerra hasta que lograron instalarse en Brasil en los años 50. Unas cartas de Barea a su hija Adolfina, que llegaron a mis manos en 2017, ahondan en el desgarro familiar: «En toda esta historia existe el desastre de vuestras vidas; pero la mayor culpa de este desastre ha sido ajena a mí. Ha sido causada por la Guerra Civil, primero, por la guerra en Europa, después, y también en gran medida por la ceguera y el rencor que impidió que al menos alguno de vosotros se reuniera conmigo», escribe el 2 de agosto de 1956. En las cartas, Barea no esconde su desdén por sus hijos varones —por su indolencia y por su ingreso en los Testigos de Jehová en Brasil— y su predilección por Adolfina, a la que, sin éxito, invita en tres ocasiones a instalarse en Inglaterra.
En su última carta a Adolfina, dos días antes de morir, Barea le cuenta que no logra «levantar cabeza del ataque de infección intestinal o flu asiático, o lo que haya sido». Su médico había decidido que «cuando pasen las fiestas, ingrese en el hospital para que me hagan un reconocimiento a fondo de las tripas, los riñones y la vejiga, lo cual significa que me esperan unos días bastante desagradables. La BBC ha puesto a mi disposición toda clase de facilidades pare que no tenga que ir a Londres y haga grabaciones de las charlas en cinta magnetofónica, y ya está todo preparado para que cuando ingrese en el hospital pueda grabar allí. Así que mientras pueda hablar, no vamos mal. A pesar de esto, claro que la gripe asiática me está costando un montón de dinero».
Cuando murió, Ilsa mandó un telegrama a Adolfina, seguido por una carta el 25 de diciembre, en la que explicaba que «la noche del 23 al 24 se le agudizaron mucho las molestias de la vejiga. Media hora después, hacia las tres, sintió una gran opresión en el pecho. No tardó diez minutos. Se murió agarrándose a mí, en mis brazos, de trombosis coronaria —que es un fin rápido, gracias a Dios, y no de sufrir prolongado». La autopsia —necesaria porque al parecer no había razón para tal ataque cardíaco— mostró que tenía un cáncer en la vejiga que se le había desarrollado en los últimos meses y con rapidez.
Barea fue incinerado y sus cenizas esparcidas en el cementerio protestante de la Iglesia de Todos los Santos en Faringdon, donde también estaban enterrados sus suegros austriacos. Ilsa no pudo abrir la urna con las cenizas debido a la artrosis en las manos, y tuvo que hacerlo su sobrina Uli. Años después de la muerte de Barea y de Ilsa en Viena en 1973, una amiga íntima del matrimonio, Olive Renier, les levantó una lápida conmemorativa en el cementerio. «Hice construir una lápida», escribió Renier, «porque no podía encontrar palabras para expresar mis sentimientos hacia ellos. Su destino fue un símbolo de las gigantescas pérdidas que sufrió su generación: el drama de España, el de los judíos, el de la socialdemocracia en Alemania, Italia, toda Europa…».
Mi discurso inaugurando la exposición sobre Arturo Barea en el Instituto Cervantes
Querido Arturo,
Antes de nada te pido disculpas por hablar con acento guiri.
Pasé los primeros seis años de mi vida y los últimos seis de tu vida viviendo (entre 1951 y 1957) en un pueblo del condado de Oxford. Nunca imaginé que me encontraba tan cerca de tu hogar en Faringdon, aunque eso lo descubrí después. Falleciste en 1957 a los 60 años, tras 18 años de exilio, casi la mitad de su vida adulta. ¡Ojalá hubieras tenido una vida más larga! Te fuiste sin ver la publicación en España en 1977, dos años después de la muerte de Franco, de La forja de un rebelde, tu trilogía
autobiográfica, más de 30 años después de su aparición en inglés, traducida por tu mujer, la austríaca Ilsa, como casi todos tus obras,
Descubrí tu existencia en la serie de Mario Camus, La forja de un rebelde, y a partir de ahí nunca nos hemos separado. He llegado a conocerte mejor a través de los homenajes que hemos organizado, restaurando tu lápida conmemorativa, colocando una placa sobre la fachada de The Volunteer, tu pub favorito, ambos en Faringdon, y hemos logrado que se le diera tu nombre a una plaza en Madrid. Espero que algún día el Ayuntamiento de Madrid instale una inscripción en tu memoria en la fachada de lo que fueron las Escuelas Pías también en Lavapiés (hoy día una magnífica biblioteca de la UNED), donde estudiaste hasta los 13 años y cuya quema en 1936 presenciaste.
Has tenido más suerte con estos gestos que tu compatriota Manuel Chaves Nogales, también exiliado en Inglaterra, que murió en 1944. Está enterrado en el cementerio de East Sheen y no hay nada que indique que allí reposan sus restos.
Te gustaba cocinar recetas españolas, quizá porque te recordaban a tu patria. La nostalgia suele empezar por el estómago. Al contrario que un amigo tuyo, un conocido mío que murió este año, yo no hubiera rechazado los calamares en su tinta que preparaste cuando le convidaste a comer por primera vez, porque no le agradaba la pinta que tenían.
Me da pena decirte que la BBC no conserva ninguna de tus 856 charlas semanales para la sección de América Latina del Servicio Mundial, bajo el seudónimo de Juan de Castilla, con el que quisiste proteger a tu familia en España. Se supone que las grabaciones fueron destruidas por razones de espacio.
Pero sí tenemos en la exposición tu entrevista en 1956 para Radio Cordoba en Argentina, durante tu gira de dos meses por varios países de América del Sur. Es la única grabación que existe de tu voz. Me la prestó Enriqueta, la hija de tu hermana Concha, que no pude estar hoy con nosotros. Si está con nosotros Luis, el hijo de tu hermano Miguel, que fue detenido después de acabada la Guerra Civil, acusado de «auxilio a la rebelión», juzgado y condenado a veinte años y un día. Murió en la cárcel de Ocaña en octubre de 1941.
Te alegraría saber que la edición en España de La forja de un rebelde no ha sido descatalogada y que tus Cuentos Completos están en su quinta edición en bolsillo.
También tenemos en la exposición tu primer libro Valor y miedo, publicado en Barcelona después de tu partida hacia el exilio en febrero de 1938. Fue el último libro que vio la luz en la ciudad condal, antes de la entrada de las tropas nacionales.
En cambio, tu libro pionero sobre Lorca, publicado en Argentina en 1956 por Losada, una editorial fundada por exiliados, nunca ha sido publicado en España. Por fortuna, el Instituto Cervantes lo ha rescatado y será publicado el año próximo. Este librito influyó decisivamente en la pasión de mi amigo Ian Gibson por el poeta, quien me dijo que si no hubiese caído en sus manos quizás no se hubiera embarcado en la aventura de ser biógrafo del poeta.
Nunca regresaste a España y nunca viste a ninguno de tus cuatros hijos de tu primer matrimonio frustrado. Todos emigraron a Brasil. El mes pasado descubrí que tu hijo menor, Enrique, nacido en 1935, aún vive en este país. Tu exilio empezó en 1938 cuando Enrique tenía tres años. No sabe absolutamente nada de ti: le he mandado mi ensayo que está en el catálogo y unas fotos.
Lo que sí volvió a España fue tu Underwood, la voluminosa máquina de escribir con teclado inglés que forma parte de esta exposición. Cuando falleciste, Ilsa se la regaló a tu dentista, un buen amigo tuyo, y posteriormente cayó en manos de una amiga de la hija de éste, que lo trajo consigo cuando vino a vivir a España. Luego pasó a otros manos.
He visto alguno de tus originales escritos en esta máquina, en Londres, en casa de tu sobrina austriaca Uli, amiga mía que vivió contigo y con Ilsa en tus últimos años. ¡Qué tarea más laboriosa debió de ser para ti marcar a mano todos los acentos!
Me imagino que te alegraría saber que Uli ha donado tu archivo a la Biblioteca Bodleiana en Oxford, pues en Inglaterra encontraste la tranquilidad de escribir después de ser testigo de tantos sufrimientos y horrores.
Hemos hecho justicia en la exposición a Ilsa, una lingüista extraordinaria, quien te proporcionó estabilidad, inspiración, e incluso los medios gracias a los cuales pudiste escribir. Tras tu muerte, Ilsa publicó un estudio erudito sobre Viena, su ciudad natal.
Una de las pocas cosas que se llevó cuando regresó a Viena fue el manuscrito de La forja de un rebelde; pero cuando murió en 1973 lo tiraron a la basura: parece que nadie en su familia fue consciente de su importancia. ¡Menudo desastre!
Con afecto,
un ferviente admirador
Mi entrevista sobre Arturo Barea en el Instituto Cervantes en Manchester
Inside Spain (19 October-20 November)
Spain’s global presence in the UK equal to that in all Latin America.
Catalonia comes under direct rule and faces a snap election.
Second-highest life expectancy among OECD countries.
Bank of Spain warns of economic risks of Catalan crisis.
Ferrovial consortium wins €1.15 billion contract in Australia.
Arturo Barea y la forja de la intelectualidad
Entrevista en Cultura Badajoz.
http://culturabadajoz.com/william-chislett-arturo-barea-y-la-forja-de-la-intelectualidad/
The crisis in Catalonia
Spain is living through the most serious constitutional crisis since the failed coup in 1981 against the restored democracy, following the death of the dictator Franco. Unlike that crisis, however, the one in Catalonia has no easy solution.
My opinion piece in The Gibraltar Chronicle.
http://chronicle.gi/2017/11/the-crisis-in-catalonia/
The Brexit challenge for Spain and Gibraltar, and the Catalan crisis
Spain has good reasons for wanting the best possible Brexit deal as the Spain-UK relation has become increasingly significant in terms of trade, direct investment, tourism, fisheries and the number of Britons living in Spain, by far the largest group of British expats in any European country.
As a result of the magnitude of relation, Spain can be said to be in the soft and not hard camp, though this makes it sound as if Brexit is like a boiled egg, which it may well be as it is proving hard to crack. We should not forget, however, that all the EU countries have to agree to the terms of any deal. Spain cannot go out on a limb.
Except for the contentious issue of Gibraltar, the UK overseas territory long claimed by Madrid since it was ceded to Great Britain in 1713, the relationship between Spain and the UK, since Spain joined the EU in 1986, has blossomed, underscored by the state visit of King Felipe and Queen Letizia in July.
Felipe González, a former prime minister, calls Gibraltar the ‘grit in the shoe’ in the Spain-UK relationship, while British ambassadors in Madrid liken being summoned to the Spanish Foreign Ministry on Gibraltarian issues to ‘going to the dentist’.
A ‘hard’ Brexit would be particularly damaging for Spain. A report written for the Spanish government’s Brexit commission earlier this year said it could cost the economy up to €1 billion in lost exports, while the UK’s departure from the EU could result in Spain having to increase its EU budgetary contributions by €888 million and some regions in losing their European funding. This would not be welcome news for a government that only last year finally managed to meet the budget deficit target set by the European Commission for the first time since the onset of Spain’s economic crisis in 2007.
The repercussions of a hard Brexit on the 800,000 Britons which the report said were living in Spain and the 300,000 Spaniards in the UK would be significant.
I should clarify these figures: the 800,000 one is based on 300,000 Brits registered in town halls, known as empadronados, and 500,000 estimated to own properties in Spain and who spend part of the year there. The UK’s Office for National Statistics puts the number of registered Spaniards at around 130,000.
In fact, there are fewer than 300,000 Brits in Spain, as we shall see.
Close to 11,000 Spaniards are at British universities (few British undergraduates, by comparison, are at Spanish universities). EU citizens are entitled to study in other EU member states, pay domestic fees (in some cases less than a third of the international fees) and sometimes get student loans. When Britain leaves the EU a new arrangement with European countries regarding the rights of students will be needed.
I will now look at some of the Brexit aspects.
The trade relation
Two-way trade of goods between Spain and the UK rose from €12 billion in 1995 to €30 billion in 2016, and continues to grow. Spain has enjoyed a trade surplus with the UK almost every year since 2002 (close to €8 billion in 2016).
The surge in sales to the UK has helped Spain notch record exports records every year since 2009, a factor that played an important role in the economy’s recovery from a deep recession.
Spain’s exports to the UK last year accounted for 7.5% of its total exports, the third largest amount after France and Germany. The sector whose exports to the UK have increased the most is the motor industry (from €1.6 billion in 1995 to €5.4 billion in 2016). Spain is home to many of the major car producers including VW which owns Seat.
Spain’s imports from the UK were 4% of the total in 2016, making the UK the sixth largest supplier.
As the UK will, it seems, though nothing at this stage is certain, leave the EU single market and the Customs Union, another trade arrangement will have to be made. Options range from ‘doing a Norway’ and retaining membership of the European Economic Area, which would allow unfettered access to the single market but would require a large contribution to the EU budget and would not allow the UK to impose restrictions on immigration, to ‘doing a Switzerland’ and negotiating bilateral deals with the EU. But the Swiss have no agreement with the EU on free trade in services, a major area for the UK. A further option would be to go it alone as a member of the World Trade Organisation. This is the falling off the cliff option if there is no Brexit deal. The UK government wants a bespoke deal with the EU. Trade talks will hopefully begin next month when the contentious issue of how much money the UK has to pay to the EU to settle the messy divorce is agreed. The clock is ticking.
Direct investment
Spain has a higher level of direct investment in the UK than it has in any other country, while the UK is the second largest investor in Spain.
Two Spanish banks are part of the UK banking system. Banco Santander, the euro zone’s largest bank by market capitalisation and one of the global systemically important banks (meaning it is too big to fail), is the UK’s third-largest mortgage lender. Santander UK generates around 20% of Santander’s total profit.
The much smaller Banco Sabadell took over TSB and its network of 614 branches in 2015. Sabadell makes around a quarter of its profit in the UK.
At the moment the so-called ‘passporting’ rights for members of the Single Market allow UK-based banks to offer financial services to companies and individuals across the EU unimpeded.
As part of a global group, Santander UK has more options available to it than its peers when considering how to address the uncertainties over the UK’s exit from the EU.
Santander and two other Spanish companies in the UK, Telefónica and Iberdrola, represent a whopping one-third of the Ibex-35, the benchmark index of the Madrid stock market, so if Brexit dents their share prices in a big way when the UK’s departure from the EU kicks in the index would feel it intensely.
Infrastructure and construction companies, such as Ferrovial and FCC, also have significant interests in the UK. Ferrovial holds large stakes in four airports and has won two big contracts for the high-speed rail.
Hotel chains such as Melia and NH also operate in the UK and last, but not least, Inditex, the world’s biggest fashion retailer, whose flagship store is Zara, has more than 100 stores across the UK.
The Brexit impact on foreign direct investment will obviously depend, like so much else, on the type of agreement the UK reaches with the EU. By no longer being in the Single Market, the UK would be a less attractive export platform for multinationals as they would bear potentially large costs when exporting to the rest of the EU.
Citizens
We Brits love Spain. Close to 18 million British tourists came to Spain last year, almost one-quarter of the total. Sterling’s depreciation has so far not affected British tourism. Close to 237,000 Britons were officially registered in town halls as living in the country on January 1 of this year, the largest group of British ex-pats in Europe and the third largest number of foreigners in Spain after Rumanians and Moroccans.
Spain is the only case in the EU where there are more UK citizens living in another EU country than the other way round. But this does not necessarily give Spain a stronger hand in the negotiations.
Brits play a major role in some local economies, particularly during the low tourism season. There are, for example, 74,000 Britons who live in the province of Alicante all the year round and 50,000 in Malaga.
The flip side of the free movement coin is that young Spaniards can escape unemployment by looking for job opportunities (and the chance to improve their English) in the UK.
The legacy rights for what we call the stock of British citizens in Spain (i.e. those already in the country like myself as opposed to those who come here after Brexit) and by extension of Spanish citizens in the UK are a burning issue. Madrid is lobbying hard to reach an agreement with the UK that ensures a high degree of protection of the rights of both communities, but any deal has to be agreed by all EU countries.
Where are we now?
For both UK citizens in the EU and EU citizens in the UK, there is a very long way to go on guaranteeing rights, even though progress has been made on social security, health and pensions. The words of Michel Barnier, the EU’s chief negotiator for Brexit, that “Brexit should not alter the nature of people’s lives” has yet to be realised. EuroCitizens, which is leading the campaign for citizenship rights, describes the current panorama as sombre.
Currently, the biggest stumbling block for UK citizens in the EU is the ending of freedom of movement rights in the EU27 – according to the current EU position we will be ‘landlocked’ in one EU country with no right to move or work in another. The recognition of professional qualifications will be limited as will be the scope of economic rights. Finally, if you move away for more than two years, you will lose all your rights. Voting rights are another issue, though local voting seems to have been taken out of the equation as it varies between different EU27 countries and will be dealt with bilaterally.
At the moment, healthcare is covered by reciprocal agreements under the EU’s aegis. The current situation in these areas looks as if it will be maintained under bilateral agreements, including the S1 scheme for pensioners living outside the country where they worked plus the aggregation, export and uprating of pensions.
By limiting “further movement rights” after Brexit, Brits in Spain, and of course in all EU countries, would have their rights guaranteed in one country, but be unable to travel and work freely in the other 27 EU countries, as they can at the moment.
In the event of a bad deal for Brits already in EU countries, which Mrs May says would be worse than no deal at all, there is always the option of taking out Spanish nationality. The playing field in this area, however, is not level. Britons in Spain need to prove 10 years of residency in their application (five years for Spaniards in the UK) and have to renounce their British citizenship (Spaniards do not have to do the same in the UK). A Briton granted Spanish nationality has to sign a form declaring he has no other nationality, although this has no effect on British citizenship itself. There are no known cases of a passport being subsequently taken away, but with data sharing becoming ever more sophisticated it is harder to keep the second passports secret from the Spanish authorities.
A petition which I helped to launch asking, among other things, for the same right to be granted for long-term UK residents in Spain as a 2015 law that allowed the descendants of Jews expelled from Spain in the 15th century to claim a second Spanish passport has attracted 21,000 signatures.
The Daily Star, that most reliable of newspapers, suggested that the aftershocks from Brexit could even trigger Spain’s exit from the EU – in, what it termed ‘a desperate bid to maintain boozy Costa holidays’. This, of course, is nonsense.
Spain remains predominantly pro-EU –membership is supported across a broad political spectrum– and a Sprexit is definitely not on the cards. All the parties represented in parliament support Spain’s continued EU membership. In Spain, democracy, modernisation and the country’s
external influence are connected inextricably with the EU. The EU is widely perceived as a benefactor.
The country has all the ingredients –massive unemployment, growing inequality, an influx of immigrants and the loss of trust in established political parties– to produce a right-wing populist anti-EU presence in politics, but remarkably has not done so, unlike other countries, notably France, the UK and most recently Germany.
Among the reasons are: the prevalent and persistent pro-European sentiment, which is higher than average; Spaniards are the least inclined of any European people to support returning power from the EU to the member states; they hold favourable attitudes to globalisation compared with other EU countries; and anti-immigration sentiment is also well below the European average.
Other factors are the relative weakness of Spanish national identity, partly explained by the strong nationalist movements in regions such as Catalonia and the Basque Country, and the association of the extreme right with the Franco dictatorship.
Populism in Spain has, however, gained a foothold in the far-left Podemos, but even that party is not calling for Spain to leave the EU.
Gibraltar
Gibraltar voted 96% in favour of remaining in the EU, the highest Remain vote anywhere: 19,300 voted to stay and just 800 to leave. The UK’s exit from the EU will make the Rock’s border with Spain an external and not an internal EU frontier (which as, at present, has to be kept open under EU rules). As such, Spain could close it and a legal challenge by the UK/Gibraltar would be more difficult. Some 12,000 workers, mainly Spanish, cross the border every day.
The situation of this border post-Brexit is similar to that between Northern Ireland and the Republic of Ireland, i.e. between what will be a non-EU territory and an EU country.
The Spanish government has made it clear that the Rock’s post-Brexit relationship with the EU must have the backing of Spain. This position was included in the EU’s guidelines for the Brexit negotiations.‘Gibraltar leaves the European Union when the UK leaves, not because it is part of the UK, but because the UK is responsible for its foreign affairs’, Prime Minister Mariano Rajoy said. ‘From then on, all relations between the EU and the UK or those that affect Gibraltar must take into account Spain’s opinion and have its favourable vote’.
The Sun’s response to that was “Up Yours Senors,” recalling its famous headline in 1990 “Up yours Delors” over concerns about a common European currency.
For the Rock’s Chief Minister, Fabian Picardo, the most important voice in any dialogue between London and Madrid is Gibraltar’s.
Gibraltar and Spain have toned down the rhetoric since the departure of Margallo, the previous foreign minister. Both sides maintain their well known red lines on sovereignty but without making a big song and dance about it. There is no formal communication between the two governments but plenty of contact at the local level between Gibraltar and the Spanish area near the Rock.
The more pragmatic Alfonso Dastis, the current foreign minister, has said he will not make an agreement between the EU and the UK on Brexit conditional on recovering sovereignty over Gibraltar. Last month he said “we don’t talk about a border, we talk about a fence, and we are certainly going to keep it open.”
The key issue for Gibraltar is not the Single Market, as 90% of business is done with the UK itself, but freedom of movement. Some 7,000 Spanish workers and around 5,000 more skilled workers from other countries cross every day and without them the Gibraltarian economy, largely based on tourism, financial services and online gambling companies, would suffer and in an extreme scenario could be crippled. The Franco regime closed the border between 1969 and 1982.
There is also the question of keeping open Gibraltar’s airport, which is built on partly reclaimed land that Spain says is not covered by the Treaty of Utrecht.
The regional government of Andalusia has voiced its concerns over possible restrictions on crossing the border. The area known as El Campo de Gibraltar, where most Spanish workers who cross the border live, has an unemployment rate of close to 40% compared to flourishing Gibraltar which has full employment (its jobless rate is less than 1%, a mere 84 people) and the world’s fourth-highest GDP per head. Studies show that Gibraltar accounts for around 25% of the GDP and jobs of the Spanish region around the Rock.
Gibraltar is a small economy and it is very easy to reshape it. According to Picardo, “If a storm comes and you are a small cork, you might get wet, but you will not sink. A large vessel has more serious problems. Gibraltar is like a small cork.”
When King Felipe addressed the UN General Assembly last year, he called Gibraltar ‘the only colony in European territory’ – supported by UN resolution 1514 (XV) on territorial integrity – and invited the UK to ‘comply with the UN mandate and put an end to this anachronism with a solution agreed between the two countries that re-establishes Spain’s territorial integrity’.
London argues that the principle of territorial integrity does not override the principle of self-determination. Not only that, the UK Government stresses at every opportunity that it will neither change or discuss Gibraltar’s sovereignty against the wishes of the Gibraltarians (the so-called double-lock).
Madrid is offering Gibraltar co-sovereignty as a way for the Rock to continue to be part of the EU, but this has been roundly rejected. ‘We have made a very generous co-sovereignty offer, but two can’t dance if one doesn’t want to’, said Dastis. ‘And if the UK doesn’t want to negotiate and the population of Gibraltar prefers to make its own way outside the union, then that’s up to them. But if they want, in some way, to maintain a relationship with the EU, Spain will make good on its interests’.
Catalonia
Spain has its own peculiar form of Brexit in the shape of the unilaterally proclamation by the government of Catalonia last month to establish an independent country. Why do I say this? Because an independent Catalonia, should it ever happen, which I very much doubt, would mean leaving the EU and having to re-join, as that region only belongs to the EU by virtue of being part of Spain. And it would only need one EU country to veto Catalonia’s EU membership for it to fail, and no guesses as to which country that would be.
Spain is living through the most serious constitutional crisis since the failed coup in 1981 against the restored democracy, following the death of the dictator Franco. Unlike that crisis, this one has no easy solution. These are sad times: all the stereotypes that Spaniards are incapable of living together, epitomised by its Civil War between 1936 and 1939, of which Franco was the victor, are being reinforced.
I am going to try to be dispassionate in the very heated debate over Catalonia. A colleague in Madrid suggested that before talking about the crisis I should take a deep breath and stick my head in a bucket of ice.
Here goes. First, a little history. Catalonia, like Spain’s 16 other regions, has enjoyed a degree of autonomy since 1978. Together with the Basque Country and Galicia, it has a profound sense of national and cultural identity. In 1934, two years before the Civil War, Lluis Companys, the president of the Catalan government declared an independent state within the Spanish Republic but it was very shortlived. Companys was shot in 1940 after Franco won the civil war and suppressed Catalan nationalism.
There is no doubt that last month’s referendum on independence for Catalonia was illegal, and it has been as divisive as the UK referendum on Brexit. Just as Brexit has divided families in the UK, so too has the Catalan referendum held on October 1.
The referendum violated Spanish law, UN resolutions on the right to self-determination, the recommendations of the Council of Europe’s Venice Commission, an agency of reference on constitutional matters and referendums, and Catalonia’s own regional charter, the Estatut. Changes to the Estatut need the approval of two-thirds of members of the Catalan parliament. The independence referendum bill was approved in September by just over 50% of MPs. Even the Catalan parliament’s lawyers questioned the validity of the fast-track procedure for approving the bill for the referendum.
Only Spain’s national parliament and the central government have the power to call referendums.
As a result of the independence declaration by Carles Puigdemont, the president of the Catalan government, the central government in Madrid, run by the conservative Popular Party, called a snap election in Catalonia, to be held on December 21, and imposed direct rule on Catalonia as of October 27, a procedure that has been adopted in Northern Ireland when things have got out of control. Both these measures are supported by the Socialist party and the centrist Ciudadanos, but not by the far left Podemos. President Eisenhower invoked the principle in 1957 to fight racial segregation in Little Rock, Ark., and President Kennedy took a similar approach in Alabama in 1963.
The Catalan government and parliament were dissolved, the region’s ministries and local police force have been taken over by officials from Madrid and some of the separatist leaders imprisoned pending trial for rebellion. Drastic steps – the proclaiming of independence – demand drastic measures.
What happened in Catalonia was a collision between self-determination and Spanish state sovereignty, between the supremacy of Spanish law and laws passed by the Catalan parliament.
Perhaps nothing captures how far off the rails we have reached today than the divergent treatment given to two people before the referendum, Arnaldo Otegi, a condemned former member of the Basque terrorist group ETA, who continues to press for an independent Basque Country, and Joan Manuel Serrat, the Catalan singer-songwriter, an iconic figure censored by the Franco regime. While Otegi was guest of honour at the Catalan national day, Serrat was labeled a traitor and fascist for questioning the referendum.
The film director Isabel Coixet cannot leave her house in Barcelona to take her dogs for a walk without being insulted, and has moved to Madrid.
How did we get here? Very simplistically. The turning point came in 2010 when the Constitutional Court in Madrid ruled there was no legal basis to recognise Catalonia as a nation and that the Catalan language should not take precedence over Castilian Spanish, among other things. This followed a challenge by the Popular Party, then in the opposition, to the new Catalan autonomy statute which was approved in 2006 in a referendum in the region and ratified in the Congress and Senate in Madrid. The court’s ruling, in my view a big mistake, took a staggering four years and inflamed nationalists who until then were not pushing very hard for independence. Before then, it was unusual for more than 20% of Catalans to support independence. Support for secession reached a peak of 49% in 2013.
This situation was aggravated by Spain’s long and harsh recession and corruption in political parties as they fed the grievance that Catalonia was paying a disproportionate amount to the Spanish coffers and not receiving enough in return.
Other factors are the falsifying of history taught in schools in Catalonia. In the words of the distinguished historian John Elliott whose seminal book on 18th century Catalonia was published in 1963, “With their devolved powers, generations have been exposed to a falsified version of history, a manipulation with nationalist tendencies.” His book was rather prophetically callesdThe Revolt of the Catalans.
TV3, the Catalan TV channel, has also pushed the cause of independence.
Tensions came to a head in June 2011 when protesters over the economic crisis surrounded the Catalan parliament, forcing ministers to reach the building by helicopter. The cause of independence took off and led to conservative nationalists and more rabidly pro-independence parties, grouped together in Junts pel Sí (Together for Yes), to rely for their support in parliament and hence formation of the regional government, as of the 2015 regional election, on an unholy alliance with the anti-capitalist CUP. Junts pel Sí and CUP won between them 72 of the 135 seats in the Catalan parliament in 2015 (47.8% of the votes cast).
Not only was the referendum illegal, but it came after a series of claims made by separatists that are demonstrably false. For instance, it is not true – and European treaties reflect this and endless assertions by the European Commission – that an independent Catalonia would automatically stay in the EU and the euro zone. Nor it is true that voting is an exercise in democracy in all cases (dictatorships also organise referendums, as happened during the Franco regime). Nor is it true that Catalonia would be more wealthy on its own, particularly if not able to re-join the EU. This is not the same as saying that it could be economically viable as an independent state. Nor are comparisons with Scotland viable. Scotland’s referendum was an agreed process and Catalonia’s unilateralist.
More than 2,200 Catalonia-based companies and two banks, including some big names such as CaixaBank, Spain’s third largest bank, and the cava producer Codorníu have voted with their feet so to speak and moved their legal headquarters, and in some case tax domicile, because of the uncertainty. Even the lottery business in Sort, which has an uncanny record for producing winning tickets (not for nothing does Sort mean luck in Catalan), has moved its domicile and changed its name to La Suerte.
Catalonia plays a key role in the Spanish economy. The region’s population of 7.5 million (16% of the total) generates around one-fifth of Spain’s GDP, one quarter of total exports and received 18 million of the 75.3 million tourists last year. Its economy is larger than Portugal’s.
Not only companies have fled, but also the deposed president of Catalonia, Carles Puigdemont, who refuses to appear before a court in Madrid on charges of rebellion, sedition and misuse of public funds, claiming he will not get a fair trial, and sought refuge in Belgium, where he still is.
Was Madrid’s heavy-handed response to the referendum justified?
2.3 million people voted (43% of the electorate), 90% of them in favour of independence, although these figures have not been independently identified.
Human Rights Watch has condemned the excessive use of force by the police. We were all shocked by the images of riot police beating old ladies over the head with batons in order to stop them voting. The police violence was a major propaganda coup for the secessionists.
Ridiculous slogans saying “Franco ha vuelto” have appeared on Catalan walls, making it sound as if his dictatorship never ended. The accusations by those in favour of independence that the imprisoned leaders are political prisoners is rubbish and is an insult to opponents of Franco who were jailed and tortured. They are politicos presos, not presos politicos.
Spain is a pluralistic democracy, which ranks high on all recognised yardsticks, such as the EIU’s 2016 democracy index (17th out of 176 countries, higher than the US and Italy, for example).
Should the central government have allowed the referendum and then ignored its result? I have no clear cut answer.
By the way, of the 900 injured only four were hospitalised. Secessionists exaggerated the scale of the injured and of the injuries, which is not to belittle the violence used.
The secessionists’ communication with the foreign press, part of their attempt to internationalise the conflict, was also more successful than the hermetic central government’s attempts to explain itself until it sprang into action after the referendum.
Could the Catalan crisis add to Gibraltar’s Brexit concerns? Those in favour of independence for Catalonia support Gibraltar’s right of self-determination (a right they would like) and hence they accept British sovereignty over the Rock as this is what Gibraltarians voted for in a referendum in 2002 (99% in favour).
The Catalan crisis has reinvigorated outside of Catalonia Spanish nationalism, and this surge in patriotism could intensify Spain’s sovereignty claim over Gibraltar.
What next?
A recent poll shows that the Catalans supporting a solution of Spanish constitutional reform and more self-government is around 70%.
Clearly the problem can no longer be left to the courts. Some kind of political compromise will be required to encourage the significant proportion of the Catalan population in favour of independence to be comfortable within the Spanish state.
But the two sides are at the moment so entrenched that a dialogue is a non-starter; furthermore, there are divisions in the ranks of the secessionists.
The central government hopes the unionist parties, representing the so-called silent majority against independence, which was slow to become vociferous, will reverse the current situation and win more seats in the regional parliament next month than the parties in favour of independence. What happens if they don’t and the pro-independence claim a renewed mandate for independence? A lot is riding on next month’s election.
Mi discurso en la entrega del Premio Arturo Barea en Badajoz
Es un privilegio y un honor haber sido invitado a intervenir en este acto que conmemora la figura de Arturo Barea, nacido en Badajoz hace 120 años y muerto hace 60 en Inglaterra, mi país de origen. Algunos de ustedes probablemente se están preguntando, ¿qué hace un inglés con pinta de pirata, de vikingo, promoviendo la figura de Arturo Barea y, además, con un deplorable acento, a pesar de mis muchos años viviendo en España? Espero contestaros con este discurso.
Descubrí la existencia de Barea en la serie de televisión sobre La forja del rebelde en los años 90, y me quedé fascinado por la vida del autor. Al indagar en su vida descubrí, años después, que había vivido de niño en un pueblo en la campiña del condado de Oxford, bastante cerca del hogar de Barea en Faringdon, donde el autor vivió la mayor parte de sus 18 años en el exilio, casi la mitad de su vida adulta y tantos años como tiene el premio que lleva su nombre.
Encontrar su lápida conmemorativa se convirtió en mi obsesión cuando fui a visitar mi madre en Oxford. En 2010, finalmente encontré la lápida muy deteriorada, levantada en el anexo del cementerio de la Iglesia de Todos los Santos en Faringdon por una íntima amiga en los años 70, después de la muerte de Ilsa, la mujer austriaca de Barea. Las cenizas de Barea fueron esparcidas allí.
Decidí restaurar la lápida como un gesto cívico para honrar su memoria. Pedí presupuesto y consulté a varios amigos escritores y admiradores incluyendo Antonio Muñoz Molina, Elvira Lindo y Javier Marías: 23 euros por barba y la lápida luce mejor en el mismo lugar. Pero contiene un error: dice que Barea nació en Madrid. Como ustedes saben nació en Badajoz. Se fue a Madrid con su madre y tres hermanos cuando su padre murió poco después de su nacimiento.
En 2013, el mismo grupo colocamos una placa en la fachada de su pub favorito en el centro de Faringdon.
Me parecía absurdo que Barea fuera mejor recordado en su país de exilio que en su país de origen. Así que junto con dos amigas, en diciembre de 2015, pedimos al Ayuntamiento de Madrid un reconocimiento de Barea, y en marzo de este año Manuela Carmena, la Alcaldesa, inauguró La Plaza Arturo Barea en Lavapiés, el barrio donde se crió.
Los tres pusimos como condiciones para la Plaza, que se han cumplido, tener el apoyo de los cuatro partidos, porque consideramos que Barea es de todos y no de algunos, y que no se quitara un nombre para poner otro.
Que esta Plaza lleve el nombre de Barea, me parece algo increíble porque no tenía una denominación previa registrada en los archivos municipales, y es como si la plaza estuviera esperando para llevar su nombre algún día. Encima, a pocos metros de esta plaza están las Escuelas Pías, el colegio al que asistió Barea hasta los 13 años, y que vio como ardía en 1936.
Espero que este año el Ayuntamiento de Madrid instale una inscripción en su memoria en la fachada de lo que fueron las Escuelas Pías. Habrá, además, una exposición sobre su vida y su obra en el Instituto Cervantes de Madrid a partir del 13 diciembre y durante dos meses, de la cual soy el comisario y basada principalmente en mi archivo.
Bueno, he explicado mi interés por Barea. Ahora me toca hablar de Barea en Inglaterra, la parte menos conocida de su vida. La exposición en Madrid se llama “La ventana inglesa” y ojala pudiera venir a Badajoz.
Barea y Ilsa desembarcaron en Inglaterra en marzo de 1939, el mismo mes en que se produjo la derrota de la República. Barea estaba, según sus palabras, «desposeído de todo, con la vida truncada y sin una perspectiva futura, ni de patria, ni de hogar, ni de trabajo […] rendido de cuerpo y de espíritu». Pero bajo el brazo llevaba el manuscrito del primer libro de la trilogía, La forja de un rebelde. Tenía los nervios tan destrozados que, cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial en septiembre de ese mismo año, vomitaba cada vez que sonaban las sirenas antiaéreas, al recordarle los bombardeos de Madrid durante la Guerra Civil. Barea se sentía a gusto, aunque en algún momento pensó en emigrar a México. “Más de lo que esperaba y más de lo que parecería previsible en un español, me aficioné a la vida inglesa en seguida, y me enamoré de la campiña inglesa”, con la excepción de “este maldito tiempo inglés”, escribía.
Los primeros años de Barea en el exilio fueron muy fructíferos. En agosto, pocos meses después de aterrizar en Inglaterra, la revista inglesa The Spectator le publicó el relato, A Spaniard in Hertfordshire (Un español en Hertfordshire), en el que comparaba su nueva vida bucólica con la de España: «Las dos personas que más me asombraron por representar el contraste más perfecto con lo que era habitual en España fueron el policía local y el párroco del pueblo. El cartel que decía Policía de Herts me convenció, pero el joven alto y de rosadas mejillas me parecía salido de un cuento: hasta que no le vi con el uniforme completo en su bicicleta (¡en su bicicleta!). Y seguía pensando en la sombría Guardia Civil sobre sus caballos negros, con sus tricornios y siempre en pareja porque cuentan con el odio sempiterno de todo el campo. Uno no puede imaginarse que se quiten el uniforme ni para dormir».
En junio de 1941, fue publicado su Struggle for the Spanish Soul (La lucha por el alma española), un estudio sobre las raíces históricas y la realidad económica del fascismo español. El manuscrito mecanografiado y la primera prueba se perdieron cuando las bombas alemanas arrasaron la imprenta que la editorial tenía en Plymouth. En una carta, su editor instaba a Barea a remitirles urgentemente un duplicado del libro. Por fortuna, Barea había conservado una copia.
La forja fue publicada en inglés en 1943; y ese mismo año le siguió The Track (La ruta), sobre la guerra colonial en el Marruecos de los años 20, y en 1946 The Clash (La llama), que se centró en la Guerra Civil. Todas las obras de Barea fueron traducidas al inglés por su mujer Ilsa, quien dominaba cinco idiomas, y se editaron en inglés muchos años antes que en español. La forja de un rebelde no fue publicado en España hasta 1977, dos años después de la muerte de Franco. Las ediciones publicadas en Argentina y México en los años 50 circularon en España de forma restringida y clandestina, pasando de mano en mano.
En el prefacio a la edición inglesa de La ruta, Barea explicó la razón de ser de la trilogía: «Quería descubrir cómo y por qué he llegado a ser el que soy; quería comprender las fuerzas y las emociones que están detrás de mis sentimientos y acciones actuales. Traté de encontrarlas, no por medio del análisis psicológico, sino evocando las imágenes y las sensaciones que alguna vez vi y sentí, y que más tarde fui absorbiendo y retocando inconscientemente».
En 1944, Barea publicó un estudio pionero, Lorca: the poet and his people (Lorca, el poeta y su pueblo). En 1945, le siguió un folleto titulado Spain in the Post-War World (España en el mundo de la posguerra), en el cual abogaba por el derrocamiento del régimen de Franco por parte de los aliados y su sustitución por una república; en 1951, publica una novela, The Broken Root (La raíz rota), que es un especie de secuela de The Forge, pues trata las consecuencias de la Guerra Civil dentro de España y el dolor del exilio; y en 1952, un pequeño estudio sobre Miguel de Unamuno. Barea, a diferencia de Antolín —el protagonista de la novela, que también tenía pasaporte británico como el autor (se le concedió en 1948)—, nunca regresó a España.
A Barea se le conoce sobre todo por La forja de un rebelde (publicado en diez idiomas). Las ventas de Barea entre 1948 y 1952 lo convirtieron en el quinto autor español más traducido del mundo, después de Cervantes, Ortega y Gasset, Lorca y Blasco Ibáñez, según la Unesco. También alcanzó la fama por las 856 charlas semanales de 15 minutos que dio para la sección de América Latina del Servicio Mundial de la BBC —y que se emitieron desde 1940 hasta un día antes de su muerte en 1957—, bajo el seudónimo de Juan de Castilla, con el que quiso proteger a su familia en España. La BBC no conserva ninguna de estas grabaciones: se supone que fueron destruidas por razones de espacio.
Durante la Guerra Mundial, sus charlas tenían como propósito propagandístico contrarrestar la propaganda de los nazis en América Latina. Barea daba una visión muy favorable del país, tal vez por haber sido recibido con los brazos abiertos. Algunas de las charlas de Barea se centran en La Tabernita de Frank, que no existía. La Tabernita incorpora elementos de varios lugares, en particular de su pub favorito en Faringdon, The Volunteer, donde está la placa en su honor.
Barea vivió los últimos diez años de su vida en las afueras de Faringdon en una casa situada en la finca de lord Faringdon, quien se la alquiló sin electricidad (se iluminaba con lámparas de aceite) en unas condiciones muy favorables. Este excéntrico aristócrata, miembro del Partido Laborista y partidario de la República, había convertido su Rolls-Royce en una ambulancia que, en 1937, condujo hasta el frente de Aragón para usarlo como hospital de campaña. De regreso, y en mayo de ese año, dio cobijo a un pequeño grupo de los casi 4.000 niños vascos evacuados en el barco Habana a Inglaterra, después del bombardeo de Guernica. Es el grupo más grande de refugiados que se haya acogido nunca de una sola vez en Inglaterra. La placa colocada en el pub la diseñó mi amigo Herminio Martínez, quien había viajado en el barco a los siete años de edad.
Gran parte del material para las charlas en la BBC estaba inspirado por la gente que Barea conoció en los pubs. La experiencia en los pubs le ponía en contacto con las clases populares y le daba la oportunidad de preguntar sobre sus vidas. En sus charlas, Barea comentaba aspectos sociales, políticos y económicos de la vida inglesa. En una de ellas, titulada Cuestión patriótica, hablaba sobre su solicitud de ciudadanía británica: «El primer acto de Inglaterra para mí fue abrirme sus puertas, simplemente porque era un desgraciado sin patria por defender ideales de humanidad y fraternidad dentro de una comunidad libre que había perdido su libertad por la violencia. El segundo fue ayudarme en mi miseria. El tercero fue darme un puesto en la lucha que este mismo país entabló seis meses después de mi llegada por defender sus propias libertades contra los que, al igual que rigen hoy en mi país de origen, pretendían regir el mundo entero. Me sentí hermano entre ellos y me trataron como hermano suyo».
A Barea le gustaba cocinar y tenía un fino sentido del humor. David Buckle, un sindicalista inglés conocido de Barea durante los años 50, me contó que fue invitado a comer calamares en su tinta durante la primera visita a su casa. No pudo comerlos por el aspecto físico. La siguiente vez que fue invitado, Barea le puso una venda en los ojos antes de sentarse a comer. Pasados unos minutos, le preguntó si le gustaba la comida y dijo que sí, le hizo quitarse la venda y pudo ver en el plato los calamares en su tinta.
Un artículo del periodista británico George Pendle en 1952 sobre la literatura española provocó una queja de «las autoridades culturales de Madrid» por haber dicho que Barea era un escritor español: «Esa gente me informa de que usted ya no es un escritor español, del mismo modo que Conrad no es un escritor polaco», escribió Pendle a Barea, «me dicen que usted dicta a su esposa (en una lengua que evitan precisar) y que, a continuación, ella traduce sus pensamientos al inglés. Con su permiso, me gustaría refutar esa declaración oficial».
Barea e Ilsa se sentaban a trabajar juntos en una mesa grande de roble con lámparas de aceite colgadas del techo, Barea escribiendo en español, Ilsa traduciéndolo al inglés. Barea usaba una Underwood, una voluminosa máquina de escribir con teclado inglés, y tenía que marcar a mano todos los acentos. Arturo e Ilsa fumaban tanto que las paredes de la habitación estaban ennegrecidas por el humo.
En 1952 fue invitado por el Pennsylvania State College en Estados Unidos a dar clases de literatura española durante seis meses, todo un logro para un autodidacta que había dejado el aula con 13 años.
Los oyentes votaron muchas veces a Barea como el locutor más popular del servicio de América Latina. El éxito de las charlas fue tal que la BBC le envió en 1956, un año antes de su muerte, de gira durante cincuenta y seis días por Argentina, Chile y Uruguay, donde dio múltiples conferencias y entrevistas, y asistió a numerosas recepciones y firmas de libros. Durante la gira, en la propaganda contra Barea publicada por los partidarios de Franco se le denominaba Míster Arthur Barea (Beria) —deformación deliberada de su apellido tomando como una referencia al jefe de seguridad de Stalin— y que apuntaba al supuesto pasado de Barea como comunista. Pero Barea nunca fue comunista.
Barea murió de un infarto de miocardio en su casa, el 24 de diciembre de 1957, sin haber vuelto a ver a ninguno de sus cuatro hijos, los que tuvo de su matrimonio frustrado con Aurelia Grimaldos, su primera mujer,ni a sus tres hermanos, salvo Concha, que lo visitó en Inglaterra. Su hermano Miguel fue detenido después de acabada la Guerra Civil, acusado de «auxilio a la rebelión», juzgado y condenado a veinte años y un día. Murió en la cárcel de Ocaña (Toledo) en octubre de 1941.
El archivo personal de Barea, en manos de una sobrina, fue donado este mes a la Biblioteca Bodleian en Oxford.
Los hijos de Barea permanecieron en Madrid tras la guerra hasta que lograron instalarse en Brasil en los años 50. Unas cartas de Barea a su hija Adolfina, que llegaron a mis manos, ahondan en el desgarro familiar: «En toda esta historia existe el desastre de vuestras vidas; pero la mayor culpa de este desastre ha sido ajena a mí. Ha sido causada por la Guerra Civil, primero, por la guerra en Europa, después, y también en gran medida por la ceguera y el rencor que impidió que al menos alguno de vosotros se reuniera conmigo», escribe el 2 de agosto de 1956.
Cuando murió, Ilsa mandó un telegrama a su hija Adolfina, seguido por una carta el 25 de diciembre, en la que explicaba que «la noche del 23 al 24 se le agudizaron mucho las molestias de la vejiga. Media hora después, hacia las tres, sintió una gran opresión en el pecho. No tardó diez minutos. Se murió agarrándose a mí, en mis brazos, de trombosis coronaria —que es un fin rápido, gracias a Dios, y no de sufrir prolongado».
Años después de la muerte de Barea y de Ilsa en Viena en 1973, una amiga íntima del matrimonio, Olive Renier, les levantó una lápida conmemorativa en el cementerio. «Hice construir una lápida», escribió Renier, «porque no podía encontrar palabras para expresar mis sentimientos hacia ellos. Su destino fue un símbolo de las gigantescas pérdidas que sufrió su generación: el drama de España, el de los judíos, el de la socialdemocracia en Alemania, Italia, toda Europa…».
The potential impact of the Catalan crisis on the Spanish economy
The crisis in Catalonia, sparked by the regional government’s illegal proclamation of an independent state last month, is already exacting a toll on the Catalan economy and threatens to seriously weaken the wider Spanish economy if the situation is prolonged.
http://www.realinstitutoelcano.org/wps/wcm/connect/01e82708-49a4-463c-a65a-a632517a2e80/Commentary-Chislett-Potential-impact-Catalan-crisis-Spanish-economy.pdf?MOD=AJPERES&CACHEID=01e82708-49a4-463c-a65a-a632517a2e80