El año que cambió el mundo

¿Qué tienen en común la llegada al poder de Margaret Thatcher, la antigua primera ministra conservadora del Reino Unido, la elección del Papa Juan Pablo II, la invasión soviética de Afganistán, la revolución iraní y el comienzo de reformas estructurales orientadas al mercado en China?

Todos esos acontecimientos ocurrieron en 1979, un año que en múltiples aspectos cambió el mundo mucho más que cualquier otro año del siglo XX, salvo, tal vez, 1917 y la Revolución Rusa.

Thatcher, Juan Pablo II, el Ayatollah Jomeni y Deng Xiaoping eran extraños compañeros, o en el título del iluminador y ameno libro de Christian Caryl, publicado por Basic Books hace poco, Strange Rebels (“Rebeldes extraños”).

El año 1979 constituyó un punto de inflexión en gran parte del mundo. El reciente funeral casi de Estado de Thatcher, una figura controvertida hasta en la muerte, nos recordó el significado de su particular revolución. Según David Cameron, el primer ministro conservador del Reino Unido, “en cierto sentido todos somos thatcheristas hoy.” Entre sus herederos políticos está Tony Blair, primer ministro después de la derrota del partido conservador en 1997 que logró cambiar el nombre del Partido Laborista a Nuevo Laborismo, reflejando la eliminación de la cláusula IV de los estatutos del partido y la promoción de políticas más a favor del sector privado.

Thatcher ganó el debate, al menos en Gran Bretaña, en favor de la economía de mercado, la propiedad privada de industrias y servicios claves y las restricciones al poder de los sindicatos, y tuvo mucha influencia en las políticas de otros países, incluyendo América Latina.

Por razones y circunstancias muy distintas, esos “rebeldes” desafiaron el status quo en sus respetivos países. Entre Thatcher y el comunista Deng, por ejemplo, había una profunda separación ideológica, pero los dos hicieron más que nadie por fomentar la globalización económica en la última parte del siglo XX, con tantas consecuencias positivas y negativas, entre las cuales está la creciente desigualdad de ingresos.

Cuando Thatcher fue acusada por uno de sus enemigos políticos de ser una “reaccionaria”, contestó que “”Hay muchas cosas por las que reaccionar en contra.” Es algo que Deng podría haber dicho. En el caso de Thatcher, el Reino Unido, bajo el gobierno anterior del Partido Laborista de James Callaghan, estaba desgarrado por huelgas y una economía muy enferma (en 1976 se convirtió en el primer país desarrollado en ser rescatado por el Fondo Monetario Internacional).

En el caso de China, Deng heredó un país debilitado y dividido por la Gran Revolución Cultural Proletaria promovida por Mao Zedong y el fracaso económico del Gran Salto Adelante. El propio Deng y su esposa permanecieron en su casa de Pekín bajo arresto domiciliario, acusados de ser derechistas. Deng fue despojado de todos sus cargos en el Partido Comunista y enviado a la provincia de Jiangxi, donde trabajó en un taller de tractores. Se suele olvidar la paranoia del régimen de Mao — hasta mostrar una guía telefónica a un extranjero era suficiente para encarcelar a alguien o mandarle a un campo de trabajo.

El Ayatollah Jomeni con el establecimiento de su República Islámica, y en mucho menor grado Juan Pablo II, eran fundamentalistas, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua que define el término como “interpretación literal de los textos sagrados y aplicación estricta de sus preceptos.” No cabe duda, sin embargo, que la influencia de Juan Pablo ha sido incomparablemente más positiva que la del nefasto Jomeni, empezando por su papel fundamental en la caída de comunismo. Como dijo el historiador británico Timothy Garton Ash, “Sin el Papa, no habría habido el movimiento Solidaridad [en Polonia]; sin Solidaridad no habría habido Gorbachov; sin Gorbachov no habría habido 1989 [cuando cayó el Muro de Berlín].

Esos “rebeldes” fueron contrarrevolucionarios de distintas ideologías. 34 años después del año clave de 1979 seguimos viviendo las consecuencias de sus revoluciones, que durarán todavía mucho tiempo. Siempre es iluminador volver a visitar el pasado para construir el futuro.