¿Es España diferente?

El eslogan turístico de los años 60 Spain is different tuvo mucho éxito en atraer extranjeros a España pero al coste de imprimir en la mente de muchas personas, dentro y fuera del país, la idea extendida de la excepcionalidad española basada en una inestabilidad política crónica, un retraso económico y tecnológico y la pérdida del Imperio (el Desastre de 1898), en otras palabras, de un sentimiento de inferioridad.

La larga dictadura de Franco (1939-75) confirmó el estigma de la excepcionalidad. Como bien escribe Nigel Townson en la entradilla al muy reciente libro que ha dirigido “¿Es España diferente? Una mirada comparativa (siglos XIX y XX)”, publicado por Taurus, “el contraste entre la Europa occidental de posguerra, con su libertad política y prosperidad económica sin precedentes, y la sombría y miserable España de Franco no podía ser mayor.”

El libro de Townson y otros cuatro distinguidos historiadores — José Álvarez Junco, María Cruz Romeo Mateo, Edward Malefakis y Pamela Radcliff — tiene la gran virtud en destacar rigurosamente, con un enfoque comparado, las diferencias y similitudes entre España y los países de su entorno en varios campos — la construcción nacional, las guerras civiles del siglo XIX (¿una ruta excepcional hacia la modernización?), anticlericalismo y secularización, la II República española (¿un régimen diferente?), la dictadura de Franco y termina con la transición española. Un largo informe de la revista The Economist sobre el país en 1999 afirmaba que España podía considerarse finalmente un país europeo bastante normal (a fairly normal European country) y por ende aburrido.

En otras palabras, España había dejado de ser “diferente” si es que realmente lo era (algo particularmente fomentado por los llamados “curiosos impertinentes” como George Borrow y Ernest Hemingway). Como dijo Alfonso Guerra, “a España no la va a conocer ni la madre que la parió”, algo que yo puedo comprobar (llegué a España por primera vez en 1974).

No hay una única ruta para modernizar un país, como tampoco hay un acuerdo común sobre en qué consiste el tipo ideal de la modernización. El desarrollo de las sociedades es un proceso enormemente complejo, producto de muchos factores, y el camino de España hacia la modernización no ha sido tan excepcional como muchos piensan, particularmente en el campo económico. Uno de los factores detrás de la llamada excepcionalidad española es que las comparaciones con otros países están muchas veces basadas en una idea errónea o en la ignorancia de estos países.

Para Álvarez Junco el país en el que parecen encontrase rasgos comparables a los españoles en el proceso de formar una nación es el Reino Unido donde también hubo una unidad política que fue producto de una previa unión de reinos y que se mantuvo, en buena medida, alrededor de un imperio, mientras la actual España de las autonomías no se distancia mucho de la Alemania de los Länder, aunque el término “federalismo” siga siendo tabú en España, y también se podrían hallar similitudes con la organización regional italiana.

El anticlericalismo, en cambio, ha sido mucho más radical en la España en el siglo XX que en otros países europeos, en parte debido a lo limitado de la secularización lograda durante el siglo anterior. Se tiende a olvidar que más que promover la tolerancia religiosa y la igualdad entre confesiones, la Constitución “liberal” de 1812 no reconocía la libertad de culto. Las Cortes de Cádiz establecieron que la única religión en España “es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera.” En mi país, Inglaterra, por ejemplo, los disidentes protestantes habían obtenido la libertad de culto en la Gloriosa Revolución de 1688-1689.

Esto explica, en parte, porqué se pusieron en marcha reformas anticlericales en la II República (1931-39) de forma mucho más urgente que en la III República de Francia (1870-1940). Otra razón fue la identificación tradicional entre catolicismo y Antiguo Régimen. La “justicia revolucionaria”, cuenta Townson, perpetró la más dura violencia anticlerical registrada en la Europa contemporánea: 6.832 miembros del clero murieron a manos de los revolucionarios (un número que significaba el 13 por ciento de los sacerdotes diocesanos y el 23 por ciento de los varones religiosos).

Para Malefakis la República, al abordar de forma simultánea casi todos los problemas importantes, “suscitó expectativas que luego no pudo satisfacer, aumentado así, de forma innecesaria, las filas de sus desafectos”. La República española fracasó, pero no fue la única —también lo hicieron trece de las catorce repúblicas establecidas en Europa entre 1910 y 1931.

Hace bien Malefakis en llamar “profundamente equivocados” quienes hoy abogan por el establecimiento de una III República porque creen ingenuamente que la II República “rozó la perfección en casi todos los aspectos, y que su caída se debió exclusivamente al levantamiento de la fuerzas militares.” Tuvo, sin embargo, muchos aspectos diferenciales positivos. Por ejemplo, de entre todas las nuevas repúblicas de Europa — a excepción de la de Weimar —, solo la española incluyó el sufragio femenino dentro de su concepción democrática.

Por último, el régimen de Franco estaba lejos de ser excepcional en el contexto de la Europa meridional, y mientras su convergencia política con Europa occidental fue considerablemente menor que la económica, social o cultural, en determinados aspectos la distancia disminuyó de forma perceptible.

Queda comprobado que España no ha sido tan diferente como se piensa, y me alegro que Sussex Academic Press va a publicar una edición ampliada en ingles del libro en 2011, y, así, contribuir, a desinflar el mito de la España “diferente.”

Hoy, sin embargo, el país tiene algunos aspectos que sí lo hace distinto al resto. No hay lugar para mencionar todos. Me quedo con dos. ¿Hay algún otro país europeo que haya generado tanta riqueza en 30 años y cuyo sistema de educación se haya deteriorado tanto, con casi uno de cada tres individuos de entre 18 y 24 años que tienen como máximo la educación obligatoria y no siguen en formación? Y España es el único país europeo que conozco donde, según las encuestas, tanto el Presidente del Gobierno y el líder del principal partido de la oposición inspiran tan poca confianza.
http://www.elimparcial.es/sociedad/es-espana-diferente-72393.html