What does the economic future hold for Spain?

The good news is that Spain has finally come out of a five-year recession that was triggered by the bursting of its property bubble. The bad news is that the unemployment rate remains stubbornly high at a whopping 26%, double the European Union average.

The scale of the property madness was such that in 2006 the number of housing starts (762,214) was more than that of Germany, France, and Italy combined. This sector, to borrow the title of a novel by Gabriel García Márquez, was a Chronicle of a Death Foretold. There are still an estimated more than one million new and second hand unsold homes.

The excessive concentration on the property sector, as the motor of an economy that boomed for a decade, created a lopsided economic model and fertile ground for corruption. When the sector crashed as of 2008 and house prices plummeted, 1.7 million people lost their jobs in construction out of a total of 3.7 million job losses in the last six years, households were left with mortgages they could not pay and property development companies unable to service their bank loans. This, in turn, severely weakened parts of the banking system which had to be rescued by the European Stability Mechanism with a €42 billion bailout programme. Spain exited the bail-out in January, but bad loans still account for more than 13% of total credit, up from a mere 0.7% in 2006.

Spain has emerged from recession thanks largely to an impressive export performance, achieved through an “internal devaluation” (lower unit labour costs stemming from wage cuts or a wage freeze and higher productivity). As a euro country, Spain cannot devalue. Merchandise exports rose from €160 billion in 2009 to €234 billion in 2013, an increase equivalent to more than 7% of GDP. This growth has been faster than the pace of powerhouse Germany, albeit from a smaller base. Exports of goods and services rose from 27% of GDP in 2007 to around 35% last year. The surge in exports combined with the drop in imports and a record year for tourism, with 60 million visitors, turned around the current account, which was in surplus for the first time in 27 years. In 2007, the current account recorded a deficit of 10%, the highest in relative terms among developed countries.

Unemployment is the most pressing problem. The depth of the jobs’ crisis is such that Spain, which represents 11% of the euro zone’s economy and has a population of 47 million, has almost 6 million unemployed (around one-third of the zone’s total jobless), whereas Germany (population 82 million and 30% of the GDP) has only 2.8 million jobless (15% of the zone’s total). Germany’s jobless rate is at its lowest since the country’s reunification, while Spain’s is at its highest level ever.

Young Spanish adults, particularly the better qualified, are increasingly moving abroad in search of a job, though not in the scale suggested by the Spanish media which gives the impression there is a massive exodus and brain drain. One thing is the large flow of those who go abroad, especially to Germany, and return after a couple of months; another the permanent stock of Spaniards abroad (those who stay beyond a certain amount of time), which is surprisingly small. According to research conducted by the Elcano Royal Institute, Spain’s main think tank, between January 2009 and January 2013, the worst years of Spain’s recession, the stock of Spaniards who resided abroad increased in net terms by a mere 40,000, which is less than 0.1% of Spain’s population, to 1.9 million. These figures are based on official Spanish statistics cross-checked with data in the countries where Spaniards reside. The number of Spaniards living abroad is less than one-third the size of Spain’s foreign-born population of 6.4 million (13.2% of the total population). Immigrants in Spain are returning to their country of origin, particularly Latin Americans.

Spain’s crisis has also resulted in a long overdue crackdown on corruption. There are around 800 cases under investigation, most of them involving politicians and their business associates. Spain was ranked 40th out of 177 countries in the 2013 corruption perceptions ranking by the Berlin-based Transparency International, down from 30th place in 2012. Its score of 59 was six points lower. The nearer to 100, the cleaner the country. Spain was the second-biggest loser of points, and only topped by war-torn Syria. The country is in for a long haul.
https://blog.oup.com/2014/03/spain-economic-future/

Lecciones de historia

Si España hubiera dejado de pagar su deuda soberana, algo que según algunas fuentes casi ocurrió, habría continuado una tradición bien establecida durante el reinado de Felipe II cuando el país se convirtió en el primer deudor moroso (defaulter) en serie. El rey dejó de pagar cuatro veces.

De acuerdo con los estándares modernos, los impagos en el siglo XVI fueron moderados, resueltos amigablemente y a satisfacción de todas las partes involucradas. Y a diferencia de las obligaciones hipotecarias tituladas de alto riesgo (sub-prime mortgages), que desencadenaron la crisis financiera que aún no ha terminado, los banqueros del siglo XVI tuvieron un mecanismo de transferencia de riesgo bastante más efectivo. Los inversores compartieron las ventajas y desventajas de los préstamos al monarca de la casa de Austria, y las pérdidas en proporción a su inversión. Los bancos terminaron en posesión de la parte menos tóxica de los activos, al contrario de lo que ocurre hoy.

Si en tiempo de galeones y mensajeros a caballo existían acuerdos adecuados de distribución de riesgos, ¿por qué no es posible hoy con satélites, viajes en avión e internet?

El fascinante libro de Mauricio Drelichman y Hans-Joachim Voth, Lending to the Borrower from Hell: Debt, Taxes and Default in the Age of Philip II (Princeton University Press) — “Préstamos al prestatario del infierno: la deuda, los impuestos y los impagos en la época del Felipe II” — desmonta el mito muy extendido que el declive de España después de Felipe II se debe a una política fiscal irresponsable y a la expansión imperial excesiva (imperial overreach, un término popularizado por el historiador Paul Kennedy de la Universidad de Yale).

Según los autores, el sistema español de finanzas públicas era comparable con los de otros países europeos como Gran Bretaña, Francia y Holanda. Los gastos no aumentaron mucho más rápidamente que los ingresos y el peso de la deuda sobre el conjunto de la economía no era excesiva. Los autores lo demuestran con estadísticas.

El problema fundamental en España fue no poder centralizar la administración fiscal e integrar en un todo más amplio los territorios heterogéneos, algo que no se ha resuelto aún como demuestra la crisis constitucional con Cataluña. En lugar de la concentración de demasiado poder en manos de un monarca absoluto, “el principal defecto era la carencia de capacidad del Estado para actuar, del gobierno para afirmar un monopolio de violencia, defender sus fronteras, imponer un sistema fiscal uniformizado, administrar la justicia, y obtener los recursos para ejecutar estas tareas”. En estos días esto suena familiar.

Para los autores, esta situación era la consecuencia de un nivel inicial muy alto de heterogeneidad política y de lo que llaman “los efectos perniciosos de la plata [de las colonias en el vasto imperio]sobre la capacidad del estado.”

Fuera de Castilla, la posición del rey era aún más débil, como demuestra el famoso juramento de los nobles de Aragón con la llegada al trono de un nuevo rey, “Nos, que cada uno de nosotros somos igual que vos y todos juntos más que vos, te hacemos Rey si cumples nuestros fueros y los haces cumplir, si no, no”. Este no es el lenguaje de una monarquía absoluta.

Hasta la llegada de los reyes borbones, no hubo ningún intento exitoso de unificar representación, sistemas legales y el sistema fiscal.

La reforma del sistema fiscal se ha convertido otra vez hoy en una cuestión candente y un punto clave para poder establecer cuentas públicas sostenibles. Con una deuda pública del 96% del PIB (casi el triple de 2007) y una brecha entre gasto público e ingresos fiscales de alrededor del 5% del PIB durante la vida de un ciclo económico “normal” (que no es la situación actual) — en otras palabras un alto déficit presupuestario—, España tiene que recaudar mucho más o seguir con los recortes en el gasto público.

Con tipos impositivos similares a otros países europeos, el problema de la insuficiente recaudación no reside en una baja presión fiscal. Radica en un fraude elevado, reflejado en una economía sumergida en expansión, que ningún gobierno democrático ha querido combatir, una generosa posibilidad de evasión para muchos contribuyentes y desgravaciones excesivas.

Recomiendo a Cristóbal Montoro que lea no solo el informe de la comisión de expertos sobre la reforma del sistema tributario, sino también este libro.

Una guía para regenerar la democracia

En parte gracias a las reformas económicas hechas por el Gobierno, España empieza a salir de una recesión de cinco años. Sin embargo, en el campo político todavía le queda mucho por hacer conjuntamente con los otros partidos políticos. El descontento ciudadano con la clase política está ampliamente demostrado en los rankings de valoración de las instituciones donde los políticos, los partidos políticos y el parlamento figuran en los últimos lugares.

También llama la atención que el PSOE, el principal partido de la oposición y, por ende, la alternativa al poder, tenga en la actualidad solo 3,3 puntos más en la intención de voto, según la última encuesta de Metroscopia, comparado con el resultado de las elecciones generales de noviembre de 2011 cuando obtuvieron el 28,7% de los votos, el peor de su historia. El Partido Popular, en cambio, ha sufrido un enorme desgaste, que es lógico dada la impopularidad de sus reformas y medidas de austeridad.

Andrés Ortega plantea una pregunta clave en su nuevo libro “Recomponer la democracia” (RBA): “la cuestión es cómo convencer a la élite, a la clase política y a los propios partidos de la necesidad de acometer profundas reformas, no meros retoques, en el sistema. Es necesario generar incentivos para que las cosas se hagan. O desincentivos, es decir castigos, si no se hacen”. Hasta ahora, los dos principales partidos han hecho muy poco en sus respectivos campos para regenerar la democracia. Parecen estar convencidos que cuando la economía vuelva a crecer con cierta fuerza van a recuperar la confianza del electorado.

España ha vivido el periodo democrático más profundo y largo de su historia, con un régimen de libertades, de crecimiento de un estado del bienestar, de vuelta a Europa, de alternancia en el poder y, al menos de momento, de falta de populismos. Pero es una democracia de baja calidad. Los españoles tienen más confianza en la Unión Europea que en sus propios instituciones.

El libro contiene datos muy interesantes y podría servir como un excelente manual de las reformas necesarias. Por ejemplo, España gasta relativamente poco en remunerar a los políticos electos. Los salarios de los diputados se encuentran en la franja inferior del estipendio percibido en las democracias europeas. Tanto en al ámbito estatal como en el autonómico, en comparación por ejemplo con Alemania, las cámaras españolas son contenidas en términos de diputados. Sin embargo la cosa cambia cuando incluimos los cargos gubernamentales, en particular el elevado número de asesores, personas de confianza y cargos en organismos públicos. En palabras de Ortega es allí donde se ha ido tejiendo la gran malla que sostiene a los partidos políticos y que permite perfilar miles de carreras políticas. Los políticos electos y asesores políticos en España suman 125.000, en comparación con los 29.000 en el Reino Unido (un país con 16 millones más de habitantes que España) estimado por la BBC en 2009.

Muchos puestos políticos los cubren, o funcionarios de carrera, o personas que han entrado en un partido y han hecho toda su carrera en él (son funcionarios de partido). Pocos proceden del sector privado: tal vez eso explica por qué la élite política no estaba en contacto con la realidad durante la década de las vacas gordas. Como dijo George Orwell, “Mirar lo que se tiene delante de los ojos requiere un constante esfuerzo.”

En el Reino Unido, el funcionario, incluyendo a miembros de la carrera judicial, que quiere entrar en política tiene que renunciar a la función pública. No hay ida y vuelta. Ortega propone un sistema así en España para poder conseguir despolitizar la función pública.

Los políticos han colonizado demasiadas instituciones. De poco servirá la nueva y tímida Ley de Transparencia si no se cambia la composición y el funcionamiento del Tribunal de Cuentas, demasiado lento y demasiado dominado por los propios partidos.

En la primera década de la Transición, cuando había que crear partidos con estructuras sólidas (el único partido con ellas era el Partido Comunista de España), tenía sentido un sistema electoral basado en listas cerradas que daba poder a las cúpulas. Este sistema ha logrado trabar mayorías de gobierno que han beneficiado la modernización de España.

Pero hoy ha llevado a una alienación y desafección entre el elector y los elegidos. El mejor resultado de las próximas elecciones, seguramente en 2015, sería un empate entre el Partido Popular y los socialistas y no habrá más remedio que formar una gran coalición (como en Alemania). Así los dos partidos estarían condenados a entenderse y acometer reformas políticas.
http://www.elimparcial.es/nacional/una-guia-para-regenerar-la-democracia-135318.html

Remembering this bloodbath: the Spanish Holocaust by Paul Preston

This book illuminates, among other things, one of the least-known periods of Spain’s turbulent 20th century history – the repressive aftermath of the country’s Civil War in 1936-39, after the victory of General Franco. It is not one that will appeal to the faint-hearted. Yet it is an engrossing read.

The provocative title, which raised eyebrows when the book was published in Spain in 2011, is questionable. There were plenty of horrifying incidents on both the Nationalist and Republican sides that recall Francisco de Goya’s shocking series of prints, The Disasters of War, but the criminal and vindictive actions pale in comparison with the magnitude of the Nazi Holocaust.

Nevertheless, Paul Preston, an emeritus professor at the London School of Economics and leading historian of 20th century Spain, contends that no other word aptly conveys the scale of the Spanish tragedy comprising the Civil War, its aftermath and the Franco dictatorship. This is, in part, because of the anti-Semitic discourse on Franco’s side: Republicans had to be exterminated as they were instruments of a “Jewish-Bolshevik-Masonic” conspiracy.

Professor Preston puts the number of those who were killed in battle during the three-year war at 200,000, after Nationalist military rebels rose against the democratically elected Republican government in 1936. A further 150,000 were killed by the Nationalists after various flimsy legal processes (20,000 of them after the Civil War ended in 1939) and an additional 50,000 in the Republican-held areas. Thousands more died after the war of disease and hunger in prisons and concentration camps.

Victims in the Republican zone were documented by the state investigation, known as the Causa General, set up in 1940, but the atrocities committed on the other side did not really come light until after Franco died in 1975, in a flood of books and, more recently, exhumations of mass graves around the country.

There was no Truth Commission after Franco’s death along the lines of Chile or South Africa. Post-Franco politicians of all colours tacitly agreed to avoid a reckoning, in order to smooth the transition to democracy under the so-called Pacto de Olvido (the Pact of Forgetting). In he past decade, however, various groups, often led by the relatives of Republican victims, have unearthed the past – often literally.

Professor Preston, who does not hide his loathing of the rebels and empathy with the Left, argues, with impressive detail, that the much greater repression in the Nationalist zones was largely planned and institutionalized, while that in the Republican areas was mainly spontaneous and in response to the threat from the much better armed and trained Francoist forces.

One of the worst atrocities on the Nationalist side was the massacre, soon after the war started, of more than 1,000 prisoners, mainly civilians, herded into the bull ring in Badajoz.

On the Republican side, Professor Preston deals in greater detail than anyone before on the specific role of the NKVD, the Soviet secret police, in the Civil War, particularly in the mass execution at Paracuellos of hundreds of imprisoned civilian and military supporters of Franco.

The Spanish communist leader Santiago Carrillo, councillor for public order in Madrid at the time, always claimed he personally had nothing to do with organising the killings. Professor Preston believes otherwise, citing his working relationship with Josif Grigulevich, a sinister undercover NKVD agent and later the godfather of one of Carrillo’s sons. The NKVD was also involved in the assassination of the Catalan Trotskyist leader Andreu Nin.

One of the main victims of the Civil War was the Catholic Church as a result of intense anti-clerical violence against an institution that supported the status quo. The Church blessed Franco’s uprising, calling it a crusade and reducing the conflict to a black-and-white struggle between good and evil.

Thirteen bishops and 6,832 priests, nuns, monks, and other religious personnel were murdered compared to around 900 clerics during the French Revolution. Historians have called this the largest clerical bloodletting in the history of the Christian Church.

The consequences of Spain’s fratricidal conflict still reverberate bitterly today. This book will help readers understand why.

http://www.churchtimes.co.uk/articles/2014/7-march/reviews/reading-groups/remembering-this-bloodbath

Jorge Semprún: la vida y la escritura

Cuando Jorge Semprún (1923-2011) salió del campo de concentración nazi de Buchenwald en 1945, después de dieciséis meses y con 21 años de edad, quería ser escritor pero “el recuerdo del campo era demasiado denso, demasiado despiadado”. Opta por “vivir” como miembro del Partido Comunista de España -entre 1953 y 1962 lo hace de forma clandestina-en el país que había abandonado como adolescente con su padre republicano (de la alta burguesía) y hermanos en septiembre de 1936 pocos meses después de estallar la Guerra Civil. Su madre murió antes de la guerra.

Como a un sinnúmero de antifascistas españoles deportados en campos de concentración por haber luchado en la resistencia, a Semprún su tierra natal no lo esperaba ni lo iba a acoger.

“Tengo que fabricar vida con tanta muerte,” cita Felipe Nieto a Semprún en su libro “La aventura comunista de Jorge Semprún: exilio, clandestinidad y ruptura” (Tusquets), ganador del último Premio Comillas. “Y la mejor forma de conseguirlo es la escritura. En eso estoy: solo puedo vivir asumiendo esta muerte mediante la escritura, pero la escritura me prohíbe literalmente vivir.” La cita viene de un libro de Semprún (publicado en España en 1995) cuando llevaba casi tres décadas como un escritor reconocido, precisamente con el título “La escritura o la vida.”

El ingreso de Semprún en el comunismo español fue la consecuencia natural del contexto histórico de la época y de sus propias circunstancias. Su actividad en la resistencia y la posición ocupada en Buchenwald (Semprún hablaba alemán gracias a su niñera alemana) se habían desarrollado bajo las siglas de la muy disciplinada organización comunista española.

Era muy estalinista (no había otra línea en el partido) y proclive a fomentar el culto a la personalidad, hasta llegar a escribir poemas en homenaje al dictador. Por ejemplo en 1953 escribió un extenso “Juramento español en la muerte de Stalin”, con los versos: “Las banderas de Stalin alzaremos / sobre el radiante provenir de España.”Ante Dolores Ibárruri, “La Pasionaria”, se muestra como un militante imperfecto: “No soy un bolchevique, intento serlo… Yo soy hijo de una clase vencida, / de un mundo derrotado.”

Durante unos 10 años Semprún se mueve por España como pez en el agua, redescubriendo su país y estableciendo contactos en el mundo de la cultura. Entraba frecuentemente en España desde Francia, su país de adopción,bajo varias identidades (la más conocida Federico Sánchez) y con pasaportes falsos, esquivando a la policía. Vivió en distintas casas seguras, incluyendo un piso en la calle Concepción Bahamonde, cerca de donde yo vivo y en donde Semprún escribió gran parte de su primer libro, “Le grand voyage” (“El largo viaje”) publicado en Francia en 1963, después de su retirada de España al finales de 1962 por orden de Santiago Carrillo, secretario general del partido. Julián Grimau, miembro del Comité Central del partido como Semprún, fue detenido ese mismo año y luego ejecutado.

Semprún estuvo en la clandestinidad casi 10 años, y sus únicos escritos eran poemas y artículos para las publicaciones del partido. Resulta que el anfitrión del piso seguro, Manuel Azaustre, era un superviviente de Mauthausen, un campo de concentración aún más brutal que el de Buchenwald (unos 4.700 españoles murieron allí). En las prolongadas sobremesas al final de la cena, Azaustre se explayaba recordando sus historias de los cuatro años de cautiverio en el campo, que Semprún estaba obligado a escuchar pasivamente, forzado como estaba por su rango y actividad clandestina a mantener en secreto su identidad. El relato, sin ahorrar en los detalles más duros, removió los recuerdos ocultos en el fondo de la memoria de Semprún y empezó a escribir.

En 1964, Semprún fue expulsado del partido, junto con Fernando Claudín, por estar en desacuerdo con la línea y la táctica del partido hacia España. Entre los cambios que proponían se consideraba la necesidad de tener una visión más objetiva del país (que por entonces había cambiado bastante), el abandono del sueño de una huelga general (fracasó en 1958), una apreciación más realista de las fuerzas disponibles para derribar el franquismo y más libertad dentro del partido para expresar opiniones.

Años más tarde, en la España democrática, bastantes dirigentes comunistas de entonces reconocieron que los expulsados del partido habían tenido razón en aquellos momentos.

El libro de Nieto está bien documentado pero es algo seco y denso —para una historia tan fascinante y novelesca, en particular la vida clandestina de Semprún en España—, tal vez por ser la continuación y ampliación de su tesis doctoral.

Pero me ha ayudado entender más profundamente por qué Semprún siguió el falso dios del comunismo (luego denunciado) en su primera etapa después de Buchenwald y por qué renunció a la escritura por la vida, y cómo la escritura se incorporó a su vida.
http://www.elimparcial.es//jorge-semprun-la-vida-y-la-escritura-134766.html

España persigue el modelo alemán

En términos generales, lo que la política económica del Gobierno ha pretendido es convertir España en una especie de “Alemania del Mediterráneo sur”. Y se entiende por qué. En tanto que la economía española se contrajo casi en un 7% entre 2008 y 2013, después del derrumbe de un modelo económico descompensado, excesivamente basado en el ladrillo, y de que la tasa de paro desestacionalizado se multiplicara por tres, y más, hasta alcanzar el 26% (el número de empleos en la construcción se desplomó, pasando de 2,4 millones a 1), la economía alemana creció un 3% y su tasa de paro se redujo hasta el 6,9%. ¿Hasta dónde ha avanzado España en el plan del Gobierno?

El éxito más notable se ha observado en la exportación de bienes y servicios (sobre todo los primeros), cuyo porcentaje del PIB aumentó significativamente hasta alcanzar alrededor del 35% en 2013. A España aún le queda mucho para alcanzar a la locomotora exportadora germana (50% del PIB), pero avanza en la dirección adecuada. El incremento de las exportaciones españolas, alentado por la mejora de la productividad y la competitividad, conseguida gracias a reducciones o congelaciones salariales, ha sido más rápido que el de Alemania, aunque su base sea mucho menor, y el pronóstico es que aumente de nuevo este año.

En 2012 los costes laborales unitarios relativos (CLUR) de España se situaron por debajo de los de Alemania por primera vez desde 2005 (según el indicador que en ese año fija en 100 el punto de partida común). Esos costes continuaron cayendo en 2013 y el pronóstico es que la tendencia siga este año, en tanto que los alemanes crecen. Sin embargo, la competitividad de Alemania no solo se debe a sus costes salariales, sino fundamentalmente a su elevado nivel tecnológico (el gasto alemán en I+D se sitúa en el 2,3% de PIB, frente al 1,3% de España) y a la calidad de sus productos.

Además, según las últimas cifras de la OCDE, los españoles trabajaron un promedio de 1.686 horas en 2012, 289 más que los alemanes, lo cual desmiente la extendida percepción de que Alemania “mantiene” a un país de siesta y fiesta.

No obstante, España sigue estando lejos del modelo alemán. En 2012, el peso de la industria española (incluyendo energía, pero no construcción) era del 17,4% del PIB frente al 25,8% de Alemania, y en 2011 (último dato) solo un 5,9% del total de las empresas españolas eran pymes o grandes conglomerados (el 18,2% en Alemania). Según el último informe Ease of doing business (Facilidad para hacer negocios) del Banco Mundial, en Alemania hacen falta 14 días para poner en marcha una empresa, frente a los 23 de España. El régimen fiscal también es débil: según las previsiones de la OCDE, en 2014 los ingresos públicos españoles se situarán en un 36,4% del PIB (44,8% en Alemania).

Además, a pesar de las reformas “liberales” del Gobierno, España perdió tres puestos (pasando del 46º al 49º, de una lista de 165 países) en el Índice 2014 de Libertad Económica de la Heritage Foundation, un think tank conservador estadounidense. Alemania aparece en el puesto 18º.

La diferencia más flagrante entre España y Alemania es la brecha existente entre sus índices de paro. La gravedad de la crisis de desempleo española ha llegado a tal punto que en 2013 el país, que representa alrededor del 11% del PIB de la eurozona y tiene 47 millones de habitantes, tenía el 31% del total de parados del área (5,9 millones), en tanto que Alemania (con 82 millones de habitantes y el 30% del PIB) solo tenía al 15% (2,9 millones). Esta desproporción no puede achacarse al sistema de kurzarbeit germano (según el cual las empresas se comprometen a evitar los despidos, optando más bien por reducir sus jornadas laborales, en tanto que el Gobierno compensa una parte de los ingresos que pierden los trabajadores), ni tampoco a la legislación laboral española.

Ni siquiera cuando la economía española crecía a buen ritmo antes de la crisis, dejó la tasa de desempleo de situarse de manera sostenida por encima del 8% (un punto por encima de la tasa alemana actual), lo cual sugiere que el mercado laboral es estructuralmente disfuncional. Este problema tiene que ver con el modelo económico y, a su vez, con un sistema educativo que produce índices excesivos de abandono escolar.

No es extraño que Alemania se haya convertido en el país favorito de parados jóvenes españoles, con frecuencia bien formados. La efusión hacia Alemania es copiosa, pero también el número de los que regresan sin ser capaces de encontrar un empleo adecuado (se calcula que dos de cada tres emigrados acaba volviendo). Según la Agencia Federal de Empleo de Alemania, en 2012 había allí casi 50.000 españoles con empleo, lo cual no constituye una cifra enorme y desde luego no es un éxodo.

El desafío al que se enfrenta España es el de crear un modelo económico sostenible, distinto al que se ha venido abajo, para que la gente no sienta la necesidad de emigrar.
http://elpais.com/elpais/2014/02/10/opinion/1392029153_675296.html

Review in the Times Literary Supplement of my Spain book

Rightly sensitive about national stereotypes, including the Black Legend, William Chislett has produced a concise yet nuanced account of the history of Spain for an Oxford University Press series. The Franco regime may have exhibited many of the traits that reinforced perceptions about the extent of bigotry and cruelty in Spain, but as Chislett also observes, the political term “liberal” was first coined to describe the remarkably progressive (though short-lived) Cádiz constitution of 1812.

Chislett was Financial Times correspondent in Madrid during the democratic transition of the 1970s. His account spans the arrival of the Moors to the economic crash from which Spain is still reeling. Structured around a series of leading questions – “What was the Disaster of 1898?” or “What was the economic legacy of the Civil War?” – the format has a whiff of the school textbook about it, redeemed by Chislett’s energetic style and eye for the telling anecdote.

A recurring trend, seen in various contexts from the seventeenth-century Golden Age to the property boom of 1994–2008, has been a reluctance to invest in human capital. Chislett succinctly shows how the nineteenth-century Carlist wars spawned a political culture that weakened Spain’s civil society during the decades that followed. In addressing the slide into conflict in 1936, Chislett avoids military history,chronicling instead the tragic collapse of the political centre ground

Even-handed on the atrocities of either side, he nevertheless refers only to the total figures for wartime executions cited by Paul Preston in The Spanish Holocaust (reviewed in the TLS , September 7, 2012).A broader overview of this disputed area would have been welcome.

For all the admiration Chislett bestows on Spain’s democratic transition, he notes a failure to tackle judicial reform, and the abiding challenges posed by regional nationalisms. A contemporary “black legend” about Spain is that its
desire for a united territory encapsulates a reactionary mindset. Throughout, Chislett reveals how extreme localism could be just as retrograde, whether in the 1870s or the 1930s. As the Catalonia–Spain debate becomes ever more polarized, such insights are all the more welcome.
JULIUS PURCELL

http://www.the-tls.co.uk/tls/