Remembering this bloodbath: the Spanish Holocaust by Paul Preston

This book illuminates, among other things, one of the least-known periods of Spain’s turbulent 20th century history – the repressive aftermath of the country’s Civil War in 1936-39, after the victory of General Franco. It is not one that will appeal to the faint-hearted. Yet it is an engrossing read.

The provocative title, which raised eyebrows when the book was published in Spain in 2011, is questionable. There were plenty of horrifying incidents on both the Nationalist and Republican sides that recall Francisco de Goya’s shocking series of prints, The Disasters of War, but the criminal and vindictive actions pale in comparison with the magnitude of the Nazi Holocaust.

Nevertheless, Paul Preston, an emeritus professor at the London School of Economics and leading historian of 20th century Spain, contends that no other word aptly conveys the scale of the Spanish tragedy comprising the Civil War, its aftermath and the Franco dictatorship. This is, in part, because of the anti-Semitic discourse on Franco’s side: Republicans had to be exterminated as they were instruments of a “Jewish-Bolshevik-Masonic” conspiracy.

Professor Preston puts the number of those who were killed in battle during the three-year war at 200,000, after Nationalist military rebels rose against the democratically elected Republican government in 1936. A further 150,000 were killed by the Nationalists after various flimsy legal processes (20,000 of them after the Civil War ended in 1939) and an additional 50,000 in the Republican-held areas. Thousands more died after the war of disease and hunger in prisons and concentration camps.

Victims in the Republican zone were documented by the state investigation, known as the Causa General, set up in 1940, but the atrocities committed on the other side did not really come light until after Franco died in 1975, in a flood of books and, more recently, exhumations of mass graves around the country.

There was no Truth Commission after Franco’s death along the lines of Chile or South Africa. Post-Franco politicians of all colours tacitly agreed to avoid a reckoning, in order to smooth the transition to democracy under the so-called Pacto de Olvido (the Pact of Forgetting). In he past decade, however, various groups, often led by the relatives of Republican victims, have unearthed the past – often literally.

Professor Preston, who does not hide his loathing of the rebels and empathy with the Left, argues, with impressive detail, that the much greater repression in the Nationalist zones was largely planned and institutionalized, while that in the Republican areas was mainly spontaneous and in response to the threat from the much better armed and trained Francoist forces.

One of the worst atrocities on the Nationalist side was the massacre, soon after the war started, of more than 1,000 prisoners, mainly civilians, herded into the bull ring in Badajoz.

On the Republican side, Professor Preston deals in greater detail than anyone before on the specific role of the NKVD, the Soviet secret police, in the Civil War, particularly in the mass execution at Paracuellos of hundreds of imprisoned civilian and military supporters of Franco.

The Spanish communist leader Santiago Carrillo, councillor for public order in Madrid at the time, always claimed he personally had nothing to do with organising the killings. Professor Preston believes otherwise, citing his working relationship with Josif Grigulevich, a sinister undercover NKVD agent and later the godfather of one of Carrillo’s sons. The NKVD was also involved in the assassination of the Catalan Trotskyist leader Andreu Nin.

One of the main victims of the Civil War was the Catholic Church as a result of intense anti-clerical violence against an institution that supported the status quo. The Church blessed Franco’s uprising, calling it a crusade and reducing the conflict to a black-and-white struggle between good and evil.

Thirteen bishops and 6,832 priests, nuns, monks, and other religious personnel were murdered compared to around 900 clerics during the French Revolution. Historians have called this the largest clerical bloodletting in the history of the Christian Church.

The consequences of Spain’s fratricidal conflict still reverberate bitterly today. This book will help readers understand why.

http://www.churchtimes.co.uk/articles/2014/7-march/reviews/reading-groups/remembering-this-bloodbath

Jorge Semprún: la vida y la escritura

Cuando Jorge Semprún (1923-2011) salió del campo de concentración nazi de Buchenwald en 1945, después de dieciséis meses y con 21 años de edad, quería ser escritor pero “el recuerdo del campo era demasiado denso, demasiado despiadado”. Opta por “vivir” como miembro del Partido Comunista de España -entre 1953 y 1962 lo hace de forma clandestina-en el país que había abandonado como adolescente con su padre republicano (de la alta burguesía) y hermanos en septiembre de 1936 pocos meses después de estallar la Guerra Civil. Su madre murió antes de la guerra.

Como a un sinnúmero de antifascistas españoles deportados en campos de concentración por haber luchado en la resistencia, a Semprún su tierra natal no lo esperaba ni lo iba a acoger.

“Tengo que fabricar vida con tanta muerte,” cita Felipe Nieto a Semprún en su libro “La aventura comunista de Jorge Semprún: exilio, clandestinidad y ruptura” (Tusquets), ganador del último Premio Comillas. “Y la mejor forma de conseguirlo es la escritura. En eso estoy: solo puedo vivir asumiendo esta muerte mediante la escritura, pero la escritura me prohíbe literalmente vivir.” La cita viene de un libro de Semprún (publicado en España en 1995) cuando llevaba casi tres décadas como un escritor reconocido, precisamente con el título “La escritura o la vida.”

El ingreso de Semprún en el comunismo español fue la consecuencia natural del contexto histórico de la época y de sus propias circunstancias. Su actividad en la resistencia y la posición ocupada en Buchenwald (Semprún hablaba alemán gracias a su niñera alemana) se habían desarrollado bajo las siglas de la muy disciplinada organización comunista española.

Era muy estalinista (no había otra línea en el partido) y proclive a fomentar el culto a la personalidad, hasta llegar a escribir poemas en homenaje al dictador. Por ejemplo en 1953 escribió un extenso “Juramento español en la muerte de Stalin”, con los versos: “Las banderas de Stalin alzaremos / sobre el radiante provenir de España.”Ante Dolores Ibárruri, “La Pasionaria”, se muestra como un militante imperfecto: “No soy un bolchevique, intento serlo… Yo soy hijo de una clase vencida, / de un mundo derrotado.”

Durante unos 10 años Semprún se mueve por España como pez en el agua, redescubriendo su país y estableciendo contactos en el mundo de la cultura. Entraba frecuentemente en España desde Francia, su país de adopción,bajo varias identidades (la más conocida Federico Sánchez) y con pasaportes falsos, esquivando a la policía. Vivió en distintas casas seguras, incluyendo un piso en la calle Concepción Bahamonde, cerca de donde yo vivo y en donde Semprún escribió gran parte de su primer libro, “Le grand voyage” (“El largo viaje”) publicado en Francia en 1963, después de su retirada de España al finales de 1962 por orden de Santiago Carrillo, secretario general del partido. Julián Grimau, miembro del Comité Central del partido como Semprún, fue detenido ese mismo año y luego ejecutado.

Semprún estuvo en la clandestinidad casi 10 años, y sus únicos escritos eran poemas y artículos para las publicaciones del partido. Resulta que el anfitrión del piso seguro, Manuel Azaustre, era un superviviente de Mauthausen, un campo de concentración aún más brutal que el de Buchenwald (unos 4.700 españoles murieron allí). En las prolongadas sobremesas al final de la cena, Azaustre se explayaba recordando sus historias de los cuatro años de cautiverio en el campo, que Semprún estaba obligado a escuchar pasivamente, forzado como estaba por su rango y actividad clandestina a mantener en secreto su identidad. El relato, sin ahorrar en los detalles más duros, removió los recuerdos ocultos en el fondo de la memoria de Semprún y empezó a escribir.

En 1964, Semprún fue expulsado del partido, junto con Fernando Claudín, por estar en desacuerdo con la línea y la táctica del partido hacia España. Entre los cambios que proponían se consideraba la necesidad de tener una visión más objetiva del país (que por entonces había cambiado bastante), el abandono del sueño de una huelga general (fracasó en 1958), una apreciación más realista de las fuerzas disponibles para derribar el franquismo y más libertad dentro del partido para expresar opiniones.

Años más tarde, en la España democrática, bastantes dirigentes comunistas de entonces reconocieron que los expulsados del partido habían tenido razón en aquellos momentos.

El libro de Nieto está bien documentado pero es algo seco y denso —para una historia tan fascinante y novelesca, en particular la vida clandestina de Semprún en España—, tal vez por ser la continuación y ampliación de su tesis doctoral.

Pero me ha ayudado entender más profundamente por qué Semprún siguió el falso dios del comunismo (luego denunciado) en su primera etapa después de Buchenwald y por qué renunció a la escritura por la vida, y cómo la escritura se incorporó a su vida.
http://www.elimparcial.es//jorge-semprun-la-vida-y-la-escritura-134766.html

España persigue el modelo alemán

En términos generales, lo que la política económica del Gobierno ha pretendido es convertir España en una especie de “Alemania del Mediterráneo sur”. Y se entiende por qué. En tanto que la economía española se contrajo casi en un 7% entre 2008 y 2013, después del derrumbe de un modelo económico descompensado, excesivamente basado en el ladrillo, y de que la tasa de paro desestacionalizado se multiplicara por tres, y más, hasta alcanzar el 26% (el número de empleos en la construcción se desplomó, pasando de 2,4 millones a 1), la economía alemana creció un 3% y su tasa de paro se redujo hasta el 6,9%. ¿Hasta dónde ha avanzado España en el plan del Gobierno?

El éxito más notable se ha observado en la exportación de bienes y servicios (sobre todo los primeros), cuyo porcentaje del PIB aumentó significativamente hasta alcanzar alrededor del 35% en 2013. A España aún le queda mucho para alcanzar a la locomotora exportadora germana (50% del PIB), pero avanza en la dirección adecuada. El incremento de las exportaciones españolas, alentado por la mejora de la productividad y la competitividad, conseguida gracias a reducciones o congelaciones salariales, ha sido más rápido que el de Alemania, aunque su base sea mucho menor, y el pronóstico es que aumente de nuevo este año.

En 2012 los costes laborales unitarios relativos (CLUR) de España se situaron por debajo de los de Alemania por primera vez desde 2005 (según el indicador que en ese año fija en 100 el punto de partida común). Esos costes continuaron cayendo en 2013 y el pronóstico es que la tendencia siga este año, en tanto que los alemanes crecen. Sin embargo, la competitividad de Alemania no solo se debe a sus costes salariales, sino fundamentalmente a su elevado nivel tecnológico (el gasto alemán en I+D se sitúa en el 2,3% de PIB, frente al 1,3% de España) y a la calidad de sus productos.

Además, según las últimas cifras de la OCDE, los españoles trabajaron un promedio de 1.686 horas en 2012, 289 más que los alemanes, lo cual desmiente la extendida percepción de que Alemania “mantiene” a un país de siesta y fiesta.

No obstante, España sigue estando lejos del modelo alemán. En 2012, el peso de la industria española (incluyendo energía, pero no construcción) era del 17,4% del PIB frente al 25,8% de Alemania, y en 2011 (último dato) solo un 5,9% del total de las empresas españolas eran pymes o grandes conglomerados (el 18,2% en Alemania). Según el último informe Ease of doing business (Facilidad para hacer negocios) del Banco Mundial, en Alemania hacen falta 14 días para poner en marcha una empresa, frente a los 23 de España. El régimen fiscal también es débil: según las previsiones de la OCDE, en 2014 los ingresos públicos españoles se situarán en un 36,4% del PIB (44,8% en Alemania).

Además, a pesar de las reformas “liberales” del Gobierno, España perdió tres puestos (pasando del 46º al 49º, de una lista de 165 países) en el Índice 2014 de Libertad Económica de la Heritage Foundation, un think tank conservador estadounidense. Alemania aparece en el puesto 18º.

La diferencia más flagrante entre España y Alemania es la brecha existente entre sus índices de paro. La gravedad de la crisis de desempleo española ha llegado a tal punto que en 2013 el país, que representa alrededor del 11% del PIB de la eurozona y tiene 47 millones de habitantes, tenía el 31% del total de parados del área (5,9 millones), en tanto que Alemania (con 82 millones de habitantes y el 30% del PIB) solo tenía al 15% (2,9 millones). Esta desproporción no puede achacarse al sistema de kurzarbeit germano (según el cual las empresas se comprometen a evitar los despidos, optando más bien por reducir sus jornadas laborales, en tanto que el Gobierno compensa una parte de los ingresos que pierden los trabajadores), ni tampoco a la legislación laboral española.

Ni siquiera cuando la economía española crecía a buen ritmo antes de la crisis, dejó la tasa de desempleo de situarse de manera sostenida por encima del 8% (un punto por encima de la tasa alemana actual), lo cual sugiere que el mercado laboral es estructuralmente disfuncional. Este problema tiene que ver con el modelo económico y, a su vez, con un sistema educativo que produce índices excesivos de abandono escolar.

No es extraño que Alemania se haya convertido en el país favorito de parados jóvenes españoles, con frecuencia bien formados. La efusión hacia Alemania es copiosa, pero también el número de los que regresan sin ser capaces de encontrar un empleo adecuado (se calcula que dos de cada tres emigrados acaba volviendo). Según la Agencia Federal de Empleo de Alemania, en 2012 había allí casi 50.000 españoles con empleo, lo cual no constituye una cifra enorme y desde luego no es un éxodo.

El desafío al que se enfrenta España es el de crear un modelo económico sostenible, distinto al que se ha venido abajo, para que la gente no sienta la necesidad de emigrar.
http://elpais.com/elpais/2014/02/10/opinion/1392029153_675296.html

Review in the Times Literary Supplement of my Spain book

Rightly sensitive about national stereotypes, including the Black Legend, William Chislett has produced a concise yet nuanced account of the history of Spain for an Oxford University Press series. The Franco regime may have exhibited many of the traits that reinforced perceptions about the extent of bigotry and cruelty in Spain, but as Chislett also observes, the political term “liberal” was first coined to describe the remarkably progressive (though short-lived) Cádiz constitution of 1812.

Chislett was Financial Times correspondent in Madrid during the democratic transition of the 1970s. His account spans the arrival of the Moors to the economic crash from which Spain is still reeling. Structured around a series of leading questions – “What was the Disaster of 1898?” or “What was the economic legacy of the Civil War?” – the format has a whiff of the school textbook about it, redeemed by Chislett’s energetic style and eye for the telling anecdote.

A recurring trend, seen in various contexts from the seventeenth-century Golden Age to the property boom of 1994–2008, has been a reluctance to invest in human capital. Chislett succinctly shows how the nineteenth-century Carlist wars spawned a political culture that weakened Spain’s civil society during the decades that followed. In addressing the slide into conflict in 1936, Chislett avoids military history,chronicling instead the tragic collapse of the political centre ground

Even-handed on the atrocities of either side, he nevertheless refers only to the total figures for wartime executions cited by Paul Preston in The Spanish Holocaust (reviewed in the TLS , September 7, 2012).A broader overview of this disputed area would have been welcome.

For all the admiration Chislett bestows on Spain’s democratic transition, he notes a failure to tackle judicial reform, and the abiding challenges posed by regional nationalisms. A contemporary “black legend” about Spain is that its
desire for a united territory encapsulates a reactionary mindset. Throughout, Chislett reveals how extreme localism could be just as retrograde, whether in the 1870s or the 1930s. As the Catalonia–Spain debate becomes ever more polarized, such insights are all the more welcome.
JULIUS PURCELL

http://www.the-tls.co.uk/tls/

Mi padre y la Primer Guerra Mundial

Mi padre luchó en Francia en la Primer Guerra Mundial, cuyo centenario se conmemora este año a los cuatro vientos. Con 21 años resultó herido en la batalla del Somme en 1916, una de las más largas y sangrientas, con más de un millón de muertos o heridos en ambos bandos. Fue llevado a Inglaterra para recuperarse y volvió a otras batallas en Francia.

No le gustaba hablar de sus experiencias. De niño (nací en 1951), cuando intentaba sacar el tema solo me hablaba de la enorme cantidad de barro (hasta un metro de profundidad) y de dos hurones (domesticados supongo) que tenía para quitar de las trincheras las ratas que comían a los muertos. Para relajarse del horror, ponía discos de gramófono en su trinchera. En mi muy activa imaginación yo le veía rodeado de bombas, gas mostaza y centenares de caballos muertos escuchando felizmente sus discos favoritos de música clásica (de 78 rpm).

A diferencia del escritor Robert Graves (nacido el mismo año de mi padre), en los últimos años de su vida él no revivía los horrores de la guerra, algo que fui testigo cuando visité a Graves en su casa en Deià, Mallorca, para entrevistarle pero no fue posible mantener una conversación con él.

Por ser el centenario de esta tragedia y el 30º aniversario de la muerte de mi padre con casi 90 años, me he interesado mucho más, no solo por esta supuesta “guerra para terminar con todas las guerras”, sino también por el entorno en Inglaterra antes del conflicto. En el verano pasado, descubrí en un pueblo en las afueras de Oxford, mi ciudad natal, un monumento conmemorativo de la Primera Guerra Mundial con los nombres de otros dos antepasados míos que murieron en Francia.

Gracias al nuevo y cautivador libro de Mark Bostridge, The Fateful Year: England 1914 (“El fatídico año: Inglaterra en 1914”), publicado por Viking, empiezo a entender mejor el mundo que mi padre dejó atrás cuando se alistó, un mundo que nunca volvería a ser igual.

El libro divide el año 1914 en tres partes: los primeros meses (enero-abril) cuando la posibilidad de una guerra civil en Irlanda entre nacionalistas y ulstermen (protestantes partidarios de quedarse como parte de Gran Bretaña), y no con Alemania, fue vista como la principal amenaza; los tres meses siguientes (mayo-agosto) cuando estalla la guerra; y los últimos meses del año con el mundo cambiado para siempre.

El autor cuenta hábilmente algunas historias y eventos de la época: la cuchillada al cuadro “Venus del espejo” de Velázquez por la sufragista Mary Richardson en la National Gallery de Londres; la colonia de poetas, incluyendo Edward Thomas y Robert Frost, establecida en un pueblecito; la celebración de la tradicional fiesta nacional el 3 de agosto (Londres declaró la guerra a Alemania al día siguiente) y la obra de Gustav Holst “Los Planetas” compuesta entre 1914 y 1916 (una de sus piezas más dramáticas, Marte, el dios de la guerra, parece prever la guerra).

Holst se quitó el von de su nombre por miedo a ser identificado como alemán en un momento cuando muchos extranjeros estaban bajo sospecha de ser espías. Un espía alemán de verdad, Carl Hans Lody, fue fusilado en la Torre de Londres, la primera persona en ser ejecutada allí desde 1747. El ambiente era tan antialemán que la obra “Don Juan” de Richard Strauss, programada en un concierto en Londres bajo la batuta de Sir Henry Wood, fue cancelada en el último momento y reemplazada por el “Capriccio Italien” de Tchaikovsky. Hasta el gran compositor Vaughan-Williams fue detenido mientras caminaba en el campo, después de ocurrírsele de forma repentina la cautivante melodía para “The Lark Ascending”. Estaba sentado escribiéndola en su cuaderno cuando un boy scout le acusó de dibujar un mapa para el enemigo. El compositor, cuya sordera durante su ancianidad fue debida a su exposición prolongada a la artillería en Francia, aceptó ser acompañado a una comisaría de policía.

Los Archivos Nacionales británicos se han sumado hace poco al centenario colgando en la Red 300.000 páginas con escalofriantes relatos de soldados que suponen solo una quinta parte del material disponible. No son cartas de los reclutas a sus familias o sus amigos. Son los diarios de la guerra en el frente occidental, en Francia y Bélgica.

He entrado en el fondo documental para ver si hay algún escrito de mi padre. El objetivo es que a final de año estén digitalizadas la totalidad de los 1,5 millones de páginas. ¡Ojalá que encuentre algo!
http://www.elimparcial.es/nacional/mi-padre-y-la-primera-guerra-mundial-133902.html