Spanish writer remembered at his ‘local’ in Oxford

Christopher Gray, Oxford Times

It was a curious circumstance that I needed to travel to Gibraltar and its first literary festival last weekend to hear a story local to Oxfordshire, and specifically to Faringdon. Its teller was William Chislett, a Madrid-based journalist well-known for his work in Spain and Mexico. If his name sounds familiar to my readers in Oxfordshire, this is possibly because his father, also William Chislett, was an authoritative writer on Oxford’s cultural scene over many years as the Oxford Mail’s chief music critic.

The story concerned Arturo Barea, best known as author of the autobiographical trilogy translated as The Forging of a Rebel. Obliged to leave Spain after difficulties with the Communist party, he later settled in England as a BBC broadcaster and writer.

Chislett told his audience: “He lived for ten years in Middle Lodge, a house he rented from the second Lord Faringdon on the edge of Buscot Park, near Oxford. The lord was a socialist who converted his Rolls-Royce into an ambulance and joined a British field hospital in Aragon in the Civil War. He was one of the gilded youths depicted by Evelyn Waugh in Brideshead Revisited. Basque refugee children, who were shipped out of Spain in 1937 after the German bombing of Guernica, also lived on Faringdon’s estate.”

Barea died in 1957, aged 61, and has a commemorative stone in Faringdon cemetery. Next to it are the graves of the parents of his Austrian wife, Ilsa.

In August of this year, a plaque in Barea’s memory was put up outside The Volunteer pub in Faringdon, where he spent many convivial hours. This was the brainchild of Chislett and a group of admirers that included the Spanish novelists Javier Marías and Antonio Muñoz Molina.
http://www.oxfordtimes.co.uk/news/opinions/graymatter/10775573.Spanish_writer_remembered_at_his__local__in_Oxford/

George Orwell: un conservador radical

“Mirar lo que se tiene delante de los ojos requiere un constante esfuerzo”

Sesenta y tres años después de su muerte, George Orwell (pseudónimo de Eric Arthur Blair) sigue siendo una persona clave para entender el mundo, y no sólo por citas tan relevantes como la que encabeza esta columna. Si toda la clase política española hubiera hecho “un constante esfuerzo”, es más que probable que España no habría entrado en una crisis tan profunda.

La participación de Orwell en la Guerra Civil como miliciano al lado del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), entre diciembre de 1936 y junio de 1937, marcó su vida y está contada en su libro “Homenaje a Cataluña” publicado en 1938. Orwell fue testigo del control estalinista del Partido Comunista de España y las mentiras que se usaban como propaganda para la manipulación informativa. Estuvo a punto de ser asesinado en Barcelona durante la represión contra el POUM.

La lucha por el poder en la retaguardia del frente en Barcelona fue como una guerra civil dentro de la Guerra Civil. Los comunistas del PSUC, los nacionalistas de ERC y los sindicalistas de UGT, por un lado, y los anarquistas de la CNT-FAI y el POUM, por otro.

Los dos libros más célebres de Orwell, “Rebelión en la granja” (publicado en 1945) y “1984” (1949), tienen sus orígenes en las experiencias del autor en España. “La guerra de España y otros acontecimientos ocurridos en 1936-1937 cambiaron las cosas, y desde entonces supe dónde me encontraba. Cada línea en serio que he escrito desde 1936 ha sido escrita, directa o indirectamente, contra el totalitarismo y a favor del socialismo democrático como yo lo entiendo”, escribió en 1946.

Menos conocida, particularmente en España, es la influencia sobre Orwell de su propio país, Inglaterra, en particular sus tradiciones y la lucha durante los siglos para ganar más libertad, algo que está admirablemente contado en George Orwell: English Rebel (“George Orwell: un rebelde inglés”) de Robert Collis publicado esta semana por Oxford University Press.

Hijo de un oficial del departamento del opio de la administración pública de la India (parte del Imperio Británico) y educado en colegios privados selectos, incluyendo el muy elitista Eton (ganó una de los becas King’s sin la cual su padre no habría podido pagar la matricula), Orwell estaba destinado, previsiblemente, a formar parte por sus propios méritos de la clase dominante. Pero se rebeló y se adhirió a la causa del socialismo democrático.

La verdad es que Orwell, como bien describe Collis, está lleno de contradicciones. Era un intelectual que odiaba los intelectuales, especialmente los de izquierda; un socialista que tuvo poca fe en el estado; un escritor de izquierdas más propenso a perdonar a los escritores de derechas; un liberal en contra de los mercados libres; un protestante que no creyó en Dios aunque profesó la religión, y un disidente que ejerció la disidencia aunque sólo fuera para disfrutar del derecho a estar en desacuerdo.

Inglaterra tiene una larga tradición de disidentes, empezando con los cristianos que en el siglo XVI se separaron de la Iglesia de Inglaterra. Orwell no tuvo una voz política consistente salvo la creencia con algunas reservas en la libertad. Para Collis Orwell era más bien un conservador radical (radical Tory) que un socialista de pura cepa.

El libro termina con un fascinante capítulo sobre lo que le habría pasado a Orwell si no hubiera muerto con tan sólo 46 años y bastante desconocido. El mundo, desde su muerte, ha cambiado mucho y con ello el renombre de Orwell: el Imperio Británico, el primer y profundo odio de Orwell, ha desaparecido; se propagó el estado de bienestar por la mayoría de los países europeos; los derechos civiles han mejorado; el acceso a la educación obligatoria y gratuita se ha extendido en gran parte del mundo; el comunismo se derrumbó y ha surgido una nueva amenaza, el fundamentalismo islámico.

¿Cómo habría reaccionado Orwell a los grandes acontecimientos de los últimos 60 años, como la guerra en Corea, la invasión de Hungría o la crisis de los misiles en Cuba? La escritora americana izquierdista Mary McCarthy dijo en el apogeo de la guerra en Vietnam que casi podía “oírle argumentando airadamente que oponerse a los americanos […] es ser objetivamente totalitario”.

No se sabe. Lo que sí se sabe es que se echa de menos su voz crítica que tanto molestó a la derecha y a la izquierda.

¡Que España funcione!

Poco después de ganar las elecciones en 1982, Felipe González, preguntado sobre los objetivos de su Gobierno, contestó “que España funcione.” Treinta años después, España no funciona como tiene que ser.

Entre otras cosas, el modelo económico, basado en la construcción, ha sido incapaz de crear empleo de forma sostenida (de los 3,7 millones de puestos de trabajo que se han destruido desde 2007, 1,6 pertenecían a la construcción), el sistema educativo está en crisis (una de cada cuatro personas entre 18 y 24 años ha abandonado los estudios prematuramente), el sistema de autonomías está rompiéndose, la corrupción ha florecido, los procesos judiciales marchan a paso de tortuga antes de llegar a un juicio, si es que llegan, y la judicatura está demasiado politizada. Además, la clase política está considerada parte del problema y no parte de la solución.

¿Hasta qué punto gran parte de los problemas de hoy son la culpa de los socialistas, quienes han ganado seis de los 11 elecciones generales desde 1977 y es la fuerza política que empezó a modernizar el país?

El frase que encabeza esta columna viene del libro de Paul Kennedy, The Spanish Socialist Party and the Modernisation of Spain (“El Partido Socialista español y la modernización de España”), publicado el mes pasado por Manchester University Press. En menos de 250 páginas, el británico Kennedy, buen conocedor de España y profesor de estudios españoles y europeos en la Universidad de Bath, repasa de forma amena la historia del PSOE desde su fundación por Pablo Iglesias en 1879 hasta hoy. No es tarea del libro de Kennedy repartir responsabilidades, aunque da algunas pistas.

El libro es la historia más completa de este partido en inglés, y pone a los socialistas en el contexto de la socialdemocracia europea a partir de los años 70. Cubre los orígenes del partido, su papel en la Segunda República, el largo exilio de sus líderes, la negociación de la entrada de España en la Comunidad Europea en 1986, las políticas económicas, de seguridad y exterior de los Gobiernos de Felipe González, los socialistas en la oposición entre 1996 y 2003, las políticas de José Luis Rodríguez Zapatero y a dónde va el partido.

Otra cita interesante en el libro que merece recordarse es la de Zapatero, quien dijo en 2005, después de ganar las elecciones, que “un programa moderno de izquierda está basado en una economía bien gestionada, con las cuentas públicas en superávit, tipos moderados de impuestos y un sector público limitado.”

Es cierto que España tuvo un superávit antes de la crisis y un bajo nivel de deuda pública, pero la economía no fue bien gestionada. Zapatero perdió una oportunidad de oro para una verdadera modernización. Otra cosa fueron sus necesarias reformas sociales.
Kennedy comenta que Zapatero, al llegar al poder en 2004 con la economía creciendo más fuertemente que el promedio europeo, tuvo aparentemente “pocos incentivos para rechazar un modelo productivo basado en el ladrillo”. Para rechazarlo no, pero sí para empezar a cambiarlo y hacer la economía más diversificada y equilibrada. Aquí, toda la clase política tiene la culpa.

La locura de la burbuja inmobiliaria, alimentada por los bajos tipos de interés (fijados por el Banco Central Europeo) y que arrancó después de la ingenua Ley de Suelo de 1998 del Partido Popular, era para mí al menos, como el título de una novela de García Márquez, La crónica de una muerte anunciada, o tal vez para ser más justo La crónica de un fracaso anunciado. La única incógnita era cuándo ocurriría. Otros países han sufrido burbujas inmobiliarias pero ninguno con consecuencias tan devastadoras como en España.

Aun en 2009, después de su segunda victoria y negando la profundidad de la crisis, Zapatero se vanaglorió de que “estamos entre los que menos padecen la crisis y seremos los primeros en salir”, palabras que volvieron a surgir para atormentarle.

Kennedy pinta a Zapatero, una vez estallada la crisis, como una víctima de las demandas de los mercado financieros internacionales y que no tenía más remedio que ceder. Esta es una visión muy simplista. ¿Acaso había otra política viable? ¿Ignorar los mercados habría resuelto los problemas?

¿A dónde van las socialistas? El Partido Popular volvió este mes a situarse por delante del PSOE en la estimación de resultado electoral después de una oleada —la del mes de septiembre— en la que los socialistas se habían situado por delante de los populares, por primera vez desde las elecciones de 2011. Si ahora hubiera elecciones, el PP lograría el 34,1% de los votos frente al 29% que obtendría el PSOE. En realidad, tanto la oleada de septiembre como la de octubre lo que muestran es un empate técnico, si se tienen en cuenta los márgenes de error de las encuestas.

Que un partido en el poder pierda votos (logró el 44,6% en noviembre 2011), y más uno como el PP que ha tomado tantas medidas impopulares, no sorprende en absoluto; lo que sí llama la atención es que el mayor partido de la oposición (28,7% de los votos en 2011) no haya sido capaz de levantar cabeza y ganar terreno.

Como concluye Kennedy, el PSOE tiene que renovarse para poder seguir jugando un papel clave en la modernización del país.

http://www.elimparcial.es//que-espana-funcione-129629.html

Staying put in Spain

Letter published in The Economist in response to a Charlemagne column about migration.

SIR – Contrary to the impression given in the Spanish press of an exodus of engineers from Spain (Charlemagne, September 21st), they, and others, are leaving in very small numbers. Between January 2009 and January 2013, the worst years of Spain’s recession, the number of native Spaniards (those born in Spain) who resided abroad increased by a mere 40,000, which is less than 0.1% of Spain’s population, to 1.9m.

These figures are based on official Spanish statistics cross-checked with data in the countries where Spaniards reside, and the differences are not significant. Moreover, Spain’s foreign-born population of 6.4m is more than three times higher than the number of Spanish citizens living abroad.

Since the death of General Franco in 1975 Spanish society has, in fact, been exceptionally immobile.
http://www.economist.com/news/letters/21588053-spain-bulgaria-david-cameron-census-art-missing-people-roundabouts-energy

EU urges reopening of stalled membership talks, despite failures

The European Commission would like the talks on Turkey’s full EU membership, frozen for the past three years, to be renewed and greater attention paid to incorporating the issue of fundamental rights into negotiations with the country.
http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_eng/Content?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/Elcano_in/Zonas_in/Commentary-Chislett-Turkey-EU-reopen-stalled-membership-talks

El Senado y el ejemplo de Irlanda

Irlanda y España tienen en común más que burbujas inmobiliarias. Ambos países tienen senados que son obsoletos. Los votantes en Irlanda acaban de rechazar, por sorpresa, en un referéndum la propuesta del Gobierno de eliminar el suyo. Sospecho que una votación similar en España tendría éxito.

El Seanad Éireann fue creado en 1922 poco después del establecimiento del Estado Libre Irlandés, y cuenta con 60 miembros designados: 11 por el jefe del Gobierno, seis por las universidades y los 43 restantes por la clase política en paneles formados por los miembros de la Cámara Baja, los senadores salientes y concejales municipales. Al ser una institución cuyos miembros no son elegidos por los votantes, tiene un carácter antidemocrático.

Como parte de una estrategia para mejorar la muy mermada credibilidad de la clase política, Enda Kenny, el taoiseach (primer ministro), propuso abolir el Senado y ahorrar unos 20 millones de euros al año de dinero público. La victoria de los votos en contra de suprimir el Senado (51,7% en contra y 48,3% a favor) es un duro revés pero Kenny no tiene que dimitir. El referéndum ha costado la misma cifra de 20 millones de euros.

El Senado español, con 266 escaños (incluyendo los 58 designados por los parlamentos autonómicos), ha estado bajo lupa durante muchos años, dada su dudosa utilidad. Según el catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Santiago, Roberto Blanco: “Si no estamos dispuestos a cambiarlo en serio, quitémoslo. Es una cámara inútil que no añade nada al proceso legislativo ni al control al Gobierno, y no le hace caso nadie, ni siquiera cuando veta los presupuestos”.

Uno de los más conocidos senadores (cobran un sueldo que ronda unos 5.000 euros al mes) en una institución que brilla por su ausencia en la vida pública era Luis Bárcenas, y uno que acaba de incorporarse el mes pasado, designado por el Parlamento de Andalucía, es José Antonio Griñán, el ex presidente de la Junta de Andalucía durante cuyo mandato ocurrió el escándalo de los ERE. En el caso de ser imputado en el escandalo de los ERE, Griñan disfrutará de la condición de estar aforado.

Entre las funciones del Senado está la de proponer al Rey el nombramiento de cuatro magistrados del Tribunal Constitucional y la designación de seis vocales del Consejo General del Poder Judicial, así como la potestad de autorizar al gobierno a intervenir las comunidades autónomas. Ambos instituciones están desacreditadas.

En su función de segunda lectura el Senado puede enmendar parcial o totalmente (veto) las leyes, pero el Congreso puede anular esa votación hasta por mayoría simple. Y si acaso tuviera la tentación de presionar al Congreso, la Constitución le impone un límite de dos meses para revisar una ley. Pasado este plazo, se entiende aprobada.

En cuanto a su función de representación territorial, en las dos cámaras se elige por circunscripción provincial y los parlamentarios se organizan en grupos partidarios, por lo que el Senado, tal como está concebido, no añade nada especial a favor de los intereses autonómicos, que ya se defienden en el Congreso.

Así que el Senado tiene un papel insignificante. Tiene las competencias legislativas de una comisión del Congreso. Llama la atención que ninguna encuesta electoral ha preguntado por el Senado, que yo sepa.

Estamos en el peor de los mundos: los partidos políticos no lo van a tocar y no lo van a suprimir, salvo Esquerra Republicana de Cataluña que quiere abolirlo por sus propios motivos.

Reformarlo y darle poderes significa que el Congreso tendría que renunciar a parte de sus poderes y los dos partidos grandes tendrían que perder una importante vía de financiación.

Convertirlo en un senado de tipo federal significa que todas las autonomías deberían ser iguales, y no lo son, y esto es imposible sin cerrar de una vez por todas el mapa territorial de España, que es la madre del cordero de la política española. Encima, una parte de la población de una autonomía, cuyo nombre prefiero no recordar, quiere separarse.
http://www.elimparcial.es//el-senado-y-el-ejemplo-de-irlanda-129364.html

El Siglo XX resumido

Tal vez por haberme lanzado hace poco a la aventura riesgosa de escribir un libro que cubre 1.300 años de la historia de España en unas 200 páginas (desde la invasión musulmana en 711 hasta 2013), tengo simpatía por los autores que muestran el coraje o la arrogancia por intentar algo similar.

Para empezar, ¿en qué punto debería comenzar mi libro? Fue más fácil para Woody Allen con su película de un título similar al de mi libro, “Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo pero nunca se atrevió a preguntar”.

Un amigo asesor del ministro de Asuntos Exteriores expresó su sorpresa al conocer que el libro empieza en 711 y no con los romanos. Me preguntó: “¿Por qué ignoras a los romanos y los godos? Trajano y Adriano fueron más importantes en su época que Felipe II.” Seguro que si hubiera empezado con los romanos alguien me habría preguntado por qué no empezar con el homo antecessor, una especie homínida que vivió hace unos 800.000 años en Atapuerca (Burgos). Empezar con Al-Ándalus me permitió dedicar más espacio a la España contemporánea, de más interés para los lectores, supongo.

Estos pensamientos me vienen ala mente al leer el nuevo libro de John Lukacs, A Short History of the Twentieth Century (“Un breve historia del siglo XX”), publicado por Harvard University Press, aunque Lukacs, catedrático emérito de historia en Chestnut Hill College en los Estados Unidos, lo tiene más fácil que yo porque solo cubre un siglo en 212 páginas.Mejor dicho cubre hasta 1989, casi como la obra maestra de Eric Hobsbawm, “La era de los extremos:el corto siglo XX 1914-1991” que tiene más de 600 páginas. Incluso Lukacs cree que el “siglo histórico” tal vez terminó en 1945 con la Segunda Guerra Mundial.

Para Lukacs, el siglo XX es esencialmente la historia de Europa, debido a las dos guerra mundiales (la primera de 1914-18 fue oficialmente llamado “La Guerra de Europa” por el gobierno británico) y luego la Guerra Fría, que principalmente ocurrieron en Europa y sus resultados decididos allí.

A pesar de las enormes consecuencias políticas y geográficas de las dos guerras mundiales sobre otros continentes, Europa se quedó en el centro de la historia global, debido a la Guerra Fría entre sus protagonistas, los Estados Unidos y la Unión Soviética, hasta 1989 y la caída del muro de Berlín.

Europa era el centro (¿epicentro?), pero el siglo XX fue EL siglo americano, con la diseminación del inglés, la desaparición de las colonias (Gibraltar sigue siendo la única en Europa, como Mariano Rajoy nos lo recordó en lasNaciones Unidas el mes pasado) y el impacto devastador de las dos guerras sobre Europa.

Con una gran capacidad de síntesis, Lukacs cubre mucho territorio y lo combina con sus preocupaciones intelectuales, a raíz de su propia vida: el desvanecimiento del liberalismo, el auge del populismo y nacionalismo, los logros y peligros de la tecnología y la continua democratización del mundo.

Lukacs nació en Budapest en 1924 y durante la Segunda Guerra Mundial formó parte de un batallón de trabajadores judíos. Logró evitar su deportación a un campo de concentración durante la ocupación nazi y en 1946, durante la transición a un régimen comunista, se fugó a los Estados Unidos. Fue testigo de gran parte del siglo XX.

El libro termina con unas observaciones interesantes sobre las limitaciones del conocimiento. No hay duda que miles de millones de personas gozaban de mejores condiciones económicas y materiales en 1989 que en 1914, pero ¿fueron más felices? Como dice Lukacs, esto no es la tarea de los historiadores y tampoco de cualquier otra persona porque es imposible saber.
http://www.elimparcial.es//el-siglo-xx-resumido-129094.html

Walter Starkie: un erudito y trovador ambulante

Hay hispanistas de todo tipo. Uno de los más eruditos y exóticos fue Walter Starkie (1894-1976), quien escribió muchos libros sobre España y era una especie de trovador ambulante, dedicado al estudio del pueblo gitano. Recorría caminos y carreteras con su violín, que consideraba el equivalente al Rocinante de Don Quijote.

Su vida y obras, desgraciadamente olvidadas, han sido recuperadas en un fascinante libro, Walter Starkie: An Odyssey (“Walter Starkie: un odisea”), escrito por Jacqueline Hurtley y que será publicado el mes próximo por Four Courts Press en Dublín.

Starkie, cuya ambición era ser violinista clásico y que estudió Clásicas e Historia en el Trinity College de Dublín, fue atraído a España en los años 20 por sus gitanos (después de escribir sobre ellos en Hungría). Fue el primer catedrático de español en el Trinity y el primer representante cultural en el British Council (1940-54), en el Madrid de posguerra, una institución que contribuyó a impedir que el régimen de Franco se involucrara en la Segunda Guerra Mundial, del lado de Hitler.

Entre otras obras, Starkie escribió dos libros de viajes por España —Spanish Raggle-Taggle [Aventuras de un irlandés en España] (1934) y Don Gypsy [Don Gitano] (1936) — y Spain: A Musician’s Journey through Time and Space (1958), además de traducir El Quijote. Sus libros son prácticamente imposibles de encontrar hoy salvo en sus primeras ediciones originales en inglés, si bien la Diputación de Granada publicó en 1985 Don Gitano, con prólogo de Antonio Muñoz Molina, y Espasa publicó en 2006, Aventuras de un irlandés en España, dedicada al Duque de Alba, con prólogo de Ian Gibson. Vivió sus últimos años en Madrid (en la planta 15 de una torre en la calle Princesa) cuando yo lo conocí.

Starkie, católico y conservador, es hiper romántico: adopta numerosos disfraces en sus viajes y tiene el talento de los irlandeses para charlar (muchas de las conversaciones que aparecen en el libro son casi increíbles). Viajó por España antes de la Guerra Civil. En Aventuras, llama la atención sobre la situación de la nobleza tras la instauración de la República en 1931. “Hay casi tantos españoles como franceses en la Côte d’Argent; toda la noblesse espagnole se ha establecido ahí y observa con aire melancólico Fuenterrabía, al otro lado de la bahía”. Starkie se solidariza con el clero, sin hacer mención de los privilegios ni el poder de la Iglesia. Había pasado en una ocasión de Hendaya a Fuenterrabía en el bote de un viejo pescador vasco que le contó que los curas estaban huyendo a Francia “llevándose, ocultos en la sotana, ornamentos de la iglesia”.

La imagen que pinta Starkie del país durante la República, con frases que describen “muchos pueblos arrasados en los que antes vivían héroes orgullosos”, es invariablemente negativa. Su siguiente libro, Don Gitano, se publicó un mes antes del alzamiento de Franco, y el texto, a veces, parece profético.

Con su amplia red de contactos y su conocimiento de España y el catolicismo, Starkie era persona gratísima en los círculos franquistas y se encontraba en una posición ideal para establecer el British Institute en el Madrid de posguerra. El régimen puso como condición que el director del Instituto fuera católico, cosa complicada para un país predominantemente protestante como Gran Bretaña, y más en tiempo de guerra.

Por su excéntrica imagen pública, Starkie pudo haber sido de gran utilidad para el servicio secreto británico. En el libro de Hurtley figura una fotografía fascinante que muestra a Starkie en diciembre de 1938, en el bando de Franco, en el frente del Ebro, donde la temperatura era de 18 grados bajo cero. Junto a él están el espía británico Kim Philby y otro corresponsal de guerra. Philby, que en la foto tiene la cabeza vendada tras un accidente en el que murieron otros tres periodistas, era un doble agente. Le habían reclutado los rusos en 1930 (acabó huyendo a Moscú en 1963). En el pie de foto no se dice que Starkie sea un corresponsal de guerra como los otros dos; qué hacía exactamente en esa situación es un misterio.

Starkie creó en el British Institute de Madrid una atmósfera propicia para las relaciones hispano-británicas, con tertulias, música, conferencias, exposiciones y la promoción de libros británicos. La embajada utilizaba su piso de la calle del Prado como refugio para presos de guerra y judíos huidos.

Pío Baroja visitaba el Instituto con asiduidad, igual que el futuro Premio Nobel Camilo José Cela, quien, con motivo del décimo aniversario de la muerte de Starkie, en 1986, leyó un relato breve que había escrito para la ocasión, titulado El violín de don Walter. “Don Walter distinguía el chorizo de Burgos del chorizo de Pamplona, los vinos de dos cepas hermanas,” escribió Cela.