Stefan Zweig en el fin del mundo

“Nunca hubiera creído que con 60 años cumplidos me quedaría en un pueblo de Brasil, atendido por una mujer negra descalza y a miles y miles de todo mi vida precedente, de mis libros, conciertos, amigos y conversación.” Así se pronunció el escritor judío austriaco Stefan Zweig (1881-1942) pocos meses antes de suicidarse junto con su mujer.

La vida trágica de Zweig, prolífico autor de libros maravillosos, como “El mundo de ayer” (su autobiografía, un panegírico a la cultura europea que consideraba para siempre perdida), biografías (de María Antonieta, Balzac y Erasmo), relatos y novelas cortas como “Miedo” y “Ardiente secreto”, está contada en The Impossible Exile: Stefan Zweig at the End of the World (“El exilio imposible: Stefan Zweig en el fin del mundo”), escrito por George Prochnik y publicado por Other Press. Es uno de los libros más estremecedores que he leído.

Zweig, hijo de un acaudalado fabricante textil, era uno de los autores más conocidos mundialmente, y como intelectual comprometido se enfrentó con vehemencia y valentía contra las doctrinas nacionalistas y el espíritu revanchista después de la Primera Guerra Mundial. Tras el aumento del nazismo en Austria, en particular las leyes de higiene racial que prohibían a los judíos sentarse en bancos públicos en Viena, y la quema de sus libros en Alemania junto con los de Thomas Mann (algo que Zweig consideró un “honor”), se trasladó al Reino Unido.

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939 fue declarado “extranjero enemigo”, a pesar de ser austriaco y no alemán (Alemania había invadido Austria en 1938). Con sus movimientos restringidos, tuvo que conseguir un permiso especial para viajar desde Bath a Londres, una distancia de unos 200 kms, para dar el elogio en el funeral de su amigo, el también exiliado Sigmund Freud. Del Reino Unido, Zweig y su joven mujer Lotte se fueron a los Estados Unidos en 1940 y de allí a Brasil.

El libro de Prochnik, profundamente investigado y escrito con elegancia, es mucho más que una biografía de Zweig. El autor hace referencias pertinentes a la vida de su padre judío en Viena que se salvó del Holocausto gracias al abuelo de Prochnik, un médico que recibió un soplo de un paciente nazi quien le avisó que los miembros de su familia estaban en una lista de la Gestapo e iban a ser detenidos al día siguiente. La familia se escondió y consiguió viajar a Suiza y luego a los Estados Unidos. El libro es también una meditación sobre la naturaleza del exilio.

A pesar de sus experiencias y búsqueda constante de un país donde refugiarse, Zweig no se convirtió en un sionista. Es más, estaba en contra de establecer una nación para los judíos porque creía que su “verdadera misión es la asimilación total.” El humanista Zweig era una especie de “ciudadano del mundo”.

Cuando llegó a Brasil en su primera visita para dar conferencias, casi como un apátrida, era tan famoso que recibió una acogida digna de un jefe de estado. Se mudó a Brasil en 1940 para vivir supuestamente para siempre en las afueras de Río de Janeiro, en Petrópolis, en un modesto bungaló, rodeado de plantas tropicales abundantes. El país le encantó, en particular el nivel de tolerancia y mezcla de razas. “Si el paraíso existe en algún lado del planeta, ¡no podría estar muy lejos de aquí!”, escribió en su libro sobre Brasil, “La tierra del futuro”, sin saber que en 1937 el Estado Novo del Presidente Vargas había emitido una circular secreta restringiendo los visados para personas de origen semita, salvo para gente bien conocida como Zweig.

Pero el paraíso duró poco tiempo. En menos de un año, deprimido y temeroso de que el nazismo fuera a dominar el mundo, tanto él como Lotte se suicidaron después de tomar un dosis fatal de Veronal. En una clara referencia a Europa, y en particular a Alemania, escribió: “La máxima expresión de organización no ha impedido a las naciones usar este poder solamente en interés de la bestialidad”.

En el libro, se ve a la pareja en una foto tomada por la policía en su lecho de muerte, ella con su mejilla descansando sobre el hombro de él.
http://www.elimparcial.es/noticia.asp?ref=139611

Podemos: de la nada a la atención nacional

Nadie detectó los resultados espectaculares del partido populista y antisistema Podemos en las recientes elecciones europeas, que han producido un terremoto en el panorama político español. Sin embargo, muchos quieren mostrar ahora sabiduría cuando ya no hay remedio.

La totalidad de las encuestas encargadas por los medios estaban tan ciegas que le daban como mucho uno o dos diputados. La media de votos que le atribuían los sondeos era del 2,8% del total, y recibió casi el 8% (1,2 millones de votos) y cinco diputados, todo con una campaña de apenas 150.000 euros.

La cara del muy listo Pablo Iglesias, el líder de Podemos, es hoy de las más reconocidas en España, casi tanto como la de Felipe González cuando ganó las elecciones en 1982 con el eslogan, “Por el cambio”. Incluso antes de las elecciones, más de un 50% de los votantes conocía a Iglesias, por sólo un 7% que afirmaba saber qué era Podemos. De ahí la decisión, a 24 horas de que se acabara el plazo para registrar la formación de manera legal, de cambiar el logo original del partido por el rostro de Iglesias, como si fuera Che Guevara, o ese lejano Felipe González.

Los dos partidos mayoritarios, llamados por algunos “PPSOE”, han perdido más de cinco millones de votos y 30 puntos en relación con las elecciones europeas de 2009, cuando lograron el 80%.

Aunque se vota en las elecciones europeas más con el corazón que con el cerebro, por no tener impacto nacional directo, y no se pueden extrapolar los resultados para las próximas elecciones generales en España, nadie duda que estamos ante un preocupante panorama con consecuencias imprevisibles.

Las élites gobernantes llevan gran parte de la responsabilidad de esta situación: son parte del problema al mirar al otro lado durante tanto tiempo y no hacer nada para mejorar la calidad, honestidad y transparencia de las instituciones emanadas de la Constitución de 1978.

Gracias a un libro de urgencia publicado por Deusto un mes después de las elecciones, “Podemos: deconstruyendo a Pablo Iglesias”, coordinado por John Müller y con contribuciones de nueve autores, se comprende mucho mejor el fenómeno de Podemos.

El germen de Podemos viene de varios profesores del departamento de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid en el campus de Somosaguas, con fama de ser el más rojo de toda la comunidad docente y cuna de un activismo muy potente desde hace dos décadas. Entre 2008 y 2009, crearon la Promotora de Pensamiento Crítico que, entre otras cosas, cuestionó la Transición. También se nutre del movimiento del 15-M de los indignados y de Izquierda Anticapitalista.

El libro explica muy bien los enlaces con la revolución bolivariana. El día en que murió Hugo Chávez, el autoritario presidente de Venezuela, Iglesias declaró en el espacio “La Tuerka” en Canal 33: “Hoy los demócratas hemos perdido a uno de los nuestros”.

Podemos articuló una campaña de matrícula de honor, lo que Fran Carrillo define como discurso boomerang que consiste en “acercarse a la calle, escuchar qué mensajes lanzaba, qué palabras de protestas y petición emitían los ciudadanos para, tiempo después, y una vez tamizado con el envoltorio formal adecuado, devolver esos mensajes a la calle transformados en nitroglicerina pura: discursos incendiarios, revolucionarios, discursos indignados. Le devolvían al pueblo lo que el pueblo les había transmitido. Simple estratega de empatía y conexión”.

Lorenzo Bernaldo de Quirós destruye con brillantez el programa económico de Podemos. Pinta un escenario con un Gobierno de Podemos en 2016. Con el paro muy elevado Iglesias expresa ante las cámaras de Televisión Española la posición del gabinete: “No hay trabajo para todos y, en consecuencia, la disminución de la jornada repartirá el existente. Se está ante un asunto de solidaridad y justicia redistributiva”. El Gobierno francés fracasó en esa medida.

Como era de esperar, la reducción del tiempo semanal de trabajo está acompañada por el mantenimiento íntegro del salario percibido, lo cual da lugar a que las empresas contratan menos y despiden más. El flamante gabinete de Iglesias tarda sólo unos meses en darse cuenta de la consecuencia de su benéfica intención.

Su ministro de Seguridad Social anuncia la reducción de la edad de jubilación a los sesenta años y otras medidas, financiadas con una subida del IRPF. La evolución demográfica de España hace insostenible el actual Estado del Bienestar español, sin hablar de uno ampliado.

Y un largo etcétera que termina con España en peor situación que hoy.

Dicho todo esto, si Podemos logra actuar como catalizador, empujando a los dos partidos mayoritarios a ponerse de acuerdo en acometer unas profundas y sensatas reformas políticas y económicas antes de las próximas elecciones, y así dejan de seguir mirando para otro lado, bienvenido. Si no, ¡pobre España!
http://www.elimparcial.es/nacional/podemos-de-la-nada-a-la-atencion-nacional-139190.html

Si yo fuera Felipe VI …

La abdicación del Rey Juan Carlos ha abierto una caja de Pandora y resucitado el debate estéril sobre monarquía o república.

Cuando la monarquía parlamentaria como forma política del Estado fue aprobada en julio de 1978, hasta el líder del Partido Comunista de España (PCE), Santiago Carrillo, votó a favor. Para Carrillo, más importante que monarquía o república era traer la democracia (aunque no era un demócrata) y legalizar el PCE, y no había la más mínima posibilidad de hacerlo luchando por una tercera república.

“La realidad es que [el Rey] ha sido una pieza decisiva en el difícil equilibrio político establecido en este país y lo sigue siendo. (…) Abrimos un crédito de confianza a un hombre joven que da muestras de identificarse más con la España de hoy que con la del pasado,” dijo Carrillo.

La monarquía parlamentaria quedó aprobada por 196 votos a favor, 9 en contra y 115 abstenciones. La semana pasada el Congreso aprobó la ley de abdicación de don Juan Carlos con 299 votos a favor, 19 en contra y 23 abstenciones.

El gran cambio positivo en relación con el año 1978 es que los socialistas votaron a favor en vez de abstenerse, salvo tres diputados díscolos que se ausentaron o abstuvieron y que pagarán 400 euros de multa por violar la disciplina de voto.

Aunque la votación en las Cortes la semana pasada no era para debatir y decidir, como en 1978, sobre el dilema monarquía o república, algunos diputados no hicieron caso, y con papeles intercambiados, como en el caso del PSOE y el PCE.

Es cierto que la actitud de los socialistas en 1978 ante la institución monárquica era más de principios y menos oportunista que la de los comunistas. En palabras del entonces diputado Luis Gómez Llorente, la república “es la forma de Estado más acorde bajo el prisma de los principios democráticos” frente a “las magistraturas vitalicias, y más aún, las hereditarias.” Pero como dijo Carrillo en el mismo debate constitucional, “la realidad no corresponde siempre al ideal imaginado.”

“Treinta y cinco años después, los socialistas seguimos sin ocultar nuestra preferencia republicana, pero nos seguimos sintiendo compatibles con la Monarquía parlamentaria,” declaró Alfredo Rubalcaba.

Nadie en su sano juicio puede negar que España ha disfrutado en los últimos 39 años de más libertades, prosperidad (incluso tomando en cuenta el impacto de la última crisis económica) y convivencia pacífica que en los últimos 100 años, y probablemente que en cualquier época de su historia.

Desgraciadamente, el debate sobre monarquía o república va a ganar fuerza, fomentado por el problema de Catalunya (el único partido en esta autonomía que está ganando votos es Esquerra Republicana) y los resultados espectaculares de Podemos en las elecciones europeas, aunque otra cosa es si este movimiento algo bolivariano es capaz de convertirse en un partido político y una opción válida en las próximas elecciones generales.

La restauración de una república no va a resolver la crisis en el desempleo, el sistema educativa deficiente, el modelo productivo desequilibrado, la falta de democracia interna en los partidos políticos y la politización del sistema de justicia, por mencionar solo unos pocos problemas. No creo que un Felipe González o un José María Aznar en la jefatura del Estado va a representar e integrar mejor el país que un rey (o reina).

Además, una república saldría más cara para España que la monarquía (en elecciones cada cuatro años y mantenimiento de la jefatura del Estado). Según el muy sabio economista Mauro Guillen, que ha recopilado datos de 153 países entre los años 1960 y 2013, “no hay motivo alguno para alterar nuestra forma de estado, al menos desde un punto de vista estrictamente socioeconómico y en comparación a otros países”. La combinación de monarquía y democracia aporta a España un valor de unos 7.050 millones de euros al año, dice Guillen, en comparación con aquellos países que carecen de monarquía y de libertades democráticas.

Si yo fuera Felipe VI, convocaría en un momento determinado un referéndum sobre la monarquía para zanjear este tema una vez para siempre, y estoy seguro que lo ganaría. Su padre corría muchos riesgos.

Durante mi etapa de corresponsal de The Times de Londres en Madrid, tuve un encuentro con don Juan Carlos en 1977. Apreciaba, divertido, un chiste a su costa: “¿Por qué me coronaron en un submarino?” Porque en el fondo no era tan tonto.”
¡Qué gran verdad ha resultado ser! Acertó en pasar el relevo a una nueva y bien preparada generación.

La memoria de Jorge Semprún

Para Jorge Semprún, el equivalente a “la petite madeleine” de Marcel Proust fue su experiencia transcendental en el campo de concentración de Buchenwald.

El campo nazi está evocado en muchos de sus libros y este, a su vez, da lugar a otros recuerdos, en particular de su infancia, exilio, años de clandestinidad en el Partido Comunista Español (PCE) y expulsión del partido. Para Semprún (1923-2011), “la memoria es como una babuschka, una de esas muñecas rusas de madera pintada que pueden abrirse y que contienen otra muñeca idéntica de talla diminuta, y otra y otra más, hasta llegar a una última de talla diminuta, que ya no puede abrirse.”

Daniela Omlor, investigadora postdoctoral en la Universidad de Oxford y becaria de la Reina Sofía en Exeter College, indaga en la memoria de Semprún en su esclarecedor libro, Jorge Semprún: Memory’s Long Voyage (“Jorge Semprún: el largo camino de la memoria”), publicado por Peter Lang. Omlor ofrece una lectura muy detallada e inteligente de doce libros.

La memoria de Semprún, la motivación de todos sus libros, es muy anterior a su encarcelamiento en Buchenwald y se remonta a la muerte de su madre antes de que él cumpliera ocho años. Con la Guerra Civil, los siete hermanos marcharon a La Haya para reunirse con su padre, embajador de la República en los Países Bajos. El futuro escritor comenzaba así un exilio que duró toda su vida.

“Tengo más recuerdos que si tuviera mil años”, escribió en el libro sobre su infancia Adiós, luz de veranos, citando las palabras de Baudelaire. Por medio de sus recuerdos Semprún pudo reconstruir su identidad fragmentada.

Semprún no compartió el dogma de algunos teóricos (malinterpretando Primo Levi, el escritor italiano y sobreviviente del campo de exterminación Auschwitz), de que los únicos verdaderos testigos del Holocausto son los muertos. Con cada vez menos sobrevivientes, por causas naturales, Semprún creía que la única posibilidad de conservar el recuerdo de los campos “reside en que la ficción narrativa se apodere de dicha materia histórica.”

Después de la muerte de Franco en 1975, en palabras del periodista Gregorio Morán, se inició un “proceso de desmemorización colectiva. No de olvido, sino de algo más preciso y voluntario, la capacidad de volverse desmemoriado.” Era un factor clave que explica en parte el éxito de la transición. Una obra en particular de Semprún, La autobiografía de Federico Sánchez, iba aparentemente en contra de este espíritu; era una ajuste de cuentas con Santiago Carrillo, el líder del PCE, a quien Semprún llamó el “Gran Timonel desmemoriado,” y a expensas de contar episodios de forma desfavorable a si mismo.

Por ejemplo, Semprún sabía que el dirigente comunista checo Josef Frank, compañero en Buchenwald y ejecutado en 1952, era inocente de colaborar con la Gestapo, uno de los cargospresentados en el juicio-farsa orquestado desde Moscú. “No había proclamado en ninguna parte su inocencia. Me había callado, sacrificando la verdad en aras del Espíritu-Absoluto, que entre nosotros se llamaba Espíritu-de-Partido. Y esa herida del estalinismo en mi propia piel seguía quemándome.”

Más que cuestionar el llamado Pacto de Silencio, una especie de tabula rasa, Semprún quería una reevaluación de la memoria colectiva. Con respecto a la declaración de Carrillo en un libro publicado en 1976 que “si el azar hubiera hecho que la vida de Franco se prolongase unos años más hubiéramos presenciado como la presión popular, probablemente acompañada de un golpe de palacio desplazaba, más o menos cortésmente, el dictador,” Semprún comentó: “No pienso que sea fácil encontrar en los escritos de los dirigentes políticos que se proclaman marxistas, un texto tan irreal o surreal como éste, tan henchido de deseo irrealizable y de frustrada ensoñación. Cabe preguntarse si la temprana vocación política de Carrillo no ha venido a truncar una posible carrera de escritor de ciencia-ficción o de barata novela fantástica.”

Carrillo se resistió a aceptar la realidad, expresado en la siguiente forma por Morán: “Cuando un dictador muere en el poder y en su cama está demostrado que la sociedad civil lo aprueba por omisión.” Franco murió con las botas puestas.

Para Semprún: “La memoria comunista es, en realidad, una desmemoria, no consiste en recordar el pasado, sino en censurarlo. La memoria de los dirigentes comunistas funciona pragmáticamente, de acuerdo con los intereses y los objetivos políticos del momento. No es una memoria histórica, testimonial, es una memoria ideológica.”

En la actualidad, otra memoria ideológica trata de secuestrar la memoria histórica, al suprimir los logros de los últimos treinta y tantos años.
http://www.elimparcial.es/nacional/la-memoria-de-jorge-semprun-138704.html

¿Cambio de ciclo en el mercado de trabajo?

Algo nuevo está pasando en el mercado laboral. El paro registrado bajó en mayo en 111.916 desempleados, la mayor reducción de toda la serie histórica en un mes de mayo, y la afiliación a la Seguridad Social creció en 198.320 cotizantes, el mayor incremento desde julio de 2005.

¿Tiene razón Mariano Rajoy al proclamar — además en unas jornadas organizadas esta semana por el seminario británico The Economist — que “se está produciendo ya un cambio de ciclo en el mercado de trabajo?”.

Con el buen dato de mayo, ya son tres los meses que encadena la Seguridad Social con cifras positivas. Más incluso si se toman los datos desestacionalizados, que ya encadenan nueve meses de alza.

El número de parados registrados en las oficinas de empleo suma 4,5 millones en comparación con los 5,9 millones (dato de marzo), según la encuesta de la población activa (EPA) realizada cada tres meses. La diferencia de 1,4 millones entre los dos datos se debe a que no todos los desempleados tienen derecho a un subsidio y buscan un trabajo activamente, y los que llevan más de dos años en el paro dejan de recibirlo salvo en circunstancias excepcionales.

La afiliación aumentó en casi todas las ramas de actividad, y no solo en las más ligadas a la temporalidad. Sin embargo, llama la atención que 68.994 de los afiliados son del sector de la hostelería, reflejando otro buen año para el turismo con una previsión de 63 millones de visitantes internacionales, el 5% más que en 2014 y 16,3 millones más que la población del país. Sin el turismo, un sector intensivo en mano de obra, la crisis en España habría sido mucho más profunda.

En el año 2013, los ingresos per cápita del turismo en España fueron 1.297 dólares, en comparación con 441 dólares para los Estados Unidos y los 881 dólares para Francia — los dos países por arriba de España en el ranking global de los países que recibieron más turistas que España.

Pero el turismo no es capaz de reemplazar al sector de la construcción e inmobiliario en términos de creación de empleo, y estos sectores tampoco han creado puestos de trabajo de forma sostenida. El número de trabajadores en el sector de la construcción ha bajado en más de 1,5 millones desde 2008. El turismo, en particular el de “sol, mar y arena”, es una industria de temporada.

Basta ver la situación en las Canarias, que reciben más de 10 millones de turistas (cinco veces la población de las islas) y tiene una tasa de desempleo oficial de más del 30%, la segunda más alta de las comunidades autonómicas después de Andalucía.

La mejora en el empleo en mayo no debe hacernos olvidar que uno de cada cinco desempleados lleva más de tres años sin lograr trabajo, según los resultados de la EPA para el conjunto de 2013. El 62% llevaban más de un año sin lograr empleo, una proporción muy cercana al nivel récord (65%) alcanzado en 1987.

Otro estudio, publicado por el Instituto Nacional de Estadística (INE), ha comprobado que a mayor formación, mayores posibilidades de encontrar empleo. Dos tercios de los 38,6 millones de residentes en España con más de 16 años tienen una formación equivalente, como máximo, al bachillerato. De este colectivo, apenas la mitad es activo en el mercado laboral, con tasa de paro muy altas, del 33% en comparación con una tasa de solo 7%, por ejemplo, para los que tienen una carrera en matemáticas y estadística.

Varios economistas fueron preguntados en las jornadas de The Economist cuando pensaban que la tasa de paro volvería al nivel de antes de la crisis (8% en 2007). Nadie quería arriesgarse y ser muy preciso, pero todos apostaron por una década. Y un nivel de 8% para España fue considerado como de pleno empleo; en los Estados Unidos y el Reino Unido tal nivel es un desastre
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El dios inquieto del liberalismo

¿Qué se entiende por liberalismo como filosofía política, una palabra cuyo significado varía según el país donde se usa?

En los siglos XVIII y XIX, la palabra liberal (como etiqueta política acuñada en las Cortes de Cádiz en 1810) expresaba las ideas de la burguesía europea y americana a favor de diferentes libertades, como de comercio, empleo, religión y expresión, a diferencia del conservadurismo y los privilegios históricos del status quo (la nobleza terrateniente, la Iglesia, etc).

En los Estados Unidos la palabra liberal se convirtió en una expresión malsonante (dirty word) en los años 70 y 80 al estar asociada por los conservadores (generalmente del Partido Republicano), entre otras cosas, al auge de la criminalidad, el debilitamiento por los hippies de las normas tradicionales de moralidad, la amenaza comunista o la intervención del Gobierno en la economía. Llegó en ocasiones a ser usada como insulto.

Para Franco, en cambio, el liberalismo fue uno de los siete enemigos de España, junto con la democracia, el judaísmo, los masones, el capitalismo, el marxismo y el separatismo, palabras que formaron parte de su discurso al inaugurar el Valle de los Caídos en 1959.

El gran filósofo liberal Isaiah Berlin (1909-97) escribió sobre dos tipos de libertad. Uno positivo, que se refiere a la libertad de actuar para alcanzar nuestro potencial, y el otro negativo, que significa estar libre de cualquier injerencia o impedimento. Berlin hizo la observación para explicar que la misma palabra tiene dos significados bien diferentes, ya que se adhieren a valores que son completamente opuestos. Como dijo en uno de sus célebres frases, “la libertad para los lobos es la muerte para las ovejas”.

Berlin figura en el fascinante y erudito libro Liberalism: the Life of an Idea (“Liberalismo: la vida de un idea”) de Edmund Fawcett, que será publicado en junio por Princeton University Press. Como era de esperar de un antiguo y distinguido periodista de The Economist, con una larga carrera como corresponsal en Washington, París y Berlín, escribe con una claridad ejemplar. Para el autor el liberalismo es “la búsqueda de un orden de progreso humano éticamente aceptable entre ciudadanos iguales sin recurso al poder indebido”, una definición que resuelve perfectamente el dilema de las dos libertades definidas por el pensador Berlin.

¡Karl Marx en su Manifiesto Comunista (1848) confiaba en una sociedad en donde, “el desarrollo sin restricciones de cada persona es la condición para el desarrollo sin restricciones de todo el mundo” y mira como terminó el comunismo!

El liberalismo, tal como lo entendemos hoy, no tiene una fecha de nacimiento. Para el propósito del libro de Fawcett, el liberalismo, como ejercicio de la política, arranca en 1830 en Europa y Estados Unidos, con la Revolución Industrial en plena desarrollo y profundos cambios en la estructura de la sociedad. El libro termina en 1989, año de la caída del Muro de Berlin, y una breve sección analizando los “sueños liberales” en la primera parte del siglo XXI. Es un libro, dice el autor, sobre “un dios que tuvo éxito, pero un dios algo neurótico que se inquieta sobre el motivo de su éxito, si realmente lo ha logrado, y en caso afirmativo cuánto tiempo durará”.

Por las páginas del libro pasan personajes como Wilhelm von Humboldt, que sobrevivió al derrumbamiento del Estado absoluto a raíz de la Revolución Francesa y que configuró la construcción de una nueva Europa, Abraham Lincoln (su discurso de Gettysburg en 1863 reafirmó el principio fundamental de la Declaración de Independencia — “todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”), George Orwell y Albert Camus.

Fawcett considera la Unión Europea, este gran proyecto para evitar futuras guerras, al menos en Europa, un éxito a pesar de sus problemas actuales, y aboga para que sea mucho más democrática y así convertirse en una institución liberal ejemplar para un mundo postnacional.

El liberalismo sigue avanzando en el mundo, a distintas velocidades y conceptos, y no tiene fecha de caducidad.

http://www.elimparcial.es/contenido/137925.html

Una calle trágica en Alemania

Dos villas en la misma calle en Wannsee, a las afueras de Berlín, con bellas vistas a un lago y abiertas al público, simbolizan la tragedia de Alemania y los esfuerzos de no olvidar jamás el pasado.

En el número 42 de Am Grossen Wannsee está la casa de verano del pintor judeo-alemán Max Liebermann, construida en 1909, donde realizó abundantes autorretratos, retratos de su nieta y de intelectuales de la época como Albert Einstein, y vistas del jardín de su casa, en cuadros de pincelada vibrante y luminoso colorido. Su atracción por la pintura impresionista francesa le movió, además, a atesorar una amplia colección de obras de Manet, Degas, Monet y Cézanne.

Entre 1920 y 1932 Liebermann fue presidente de la Academia de Artes de Prusia y en 1927 fue nombrado ciudadano honorario de Berlín. En 1933 dimitió de la Academia cuando su Dirección General de Bellas Artes dejó de exponer las obras de pintores judíos. Pasó aislado los últimos años su vida, antes de fallecer en 1935 a la edad de 87 en su Berlín natal. El régimen nazi confiscó su obra y la incluyó en sus listas negras.

Su viuda Martha tuvo que vender la casa y en 1943, a la edad de 84 años, recibió una orden de deportación al campo de Theresienstadt, en la entonces Checoslovaquia. Le dieron dos horas para hacer su maleta, y antes de que regresaran las SS para llevarla se quitó la vida con unas pastillas para dormir. Tardó cinco días en morir.

En el número 56 de la misma calle está la Casa de la Conferencia de Wannsee en donde el 20 de enero de 1942 quince altos representantes de las SS, del NSDP (el partido de Hitler) y de diferentes ministerios se reunieron para debatir la instrumentación de la deportación y los asesinatos sistemáticos de los judíos europeos. Los representantes de las SS informaron a los secretarios de Estado presentes de las acciones homicidas que los Einsatzgruppen venían llevando a cabo en la Unión Soviética.

La reunión fue presidida por Reinhard Heydrich, jefe de la Oficina Central de Seguridad del Reich. El encargado de organizar las deportaciones, Adolf Eichmann, redactó las actas –el protocolo de la primera discusión sobre la Solución Final–, que más tarde en 1947 fueron encontradas entre los documentos del Ministerio de Asuntos Exteriores. El protocolo, expuesto en las salas de la señorial casa como parte de la exposición permanente sobre el genocidio de los judíos europeos, documenta con pavorosa claridad el plan para el asesinato de todos los judíos europeos.

Al regresar a Berlín por tren bajé en Grünewald, la primera estación. Desde allí, en el andén 17 (Gleis 17), salieron unos 50.000 judíos de Berlín a los campos de concentración entre octubre de 1941 y marzo de 1945.

Un monumento recuerda su salida. Se trata de una pared de concreto en la que una serie de siluetas en fila va entrando, a medida que la recorremos, con mayor profundidad en el hormigón. En el borde del andén 17 hay unas placas de hierro oxidado, situadas de forma que sería el lugar donde el pie haría el último contacto con el andén si fuéramos a subirnos a alguno de aquellos trenes. En el borde mismo de dichas placas se encuentran referencias a las deportaciones, con la fecha, la cantidad de personas y el lugar de destino del tren. Se extienden a ambos lados de las vías por decenas de metros, y cuanto más avanza la fecha de las deportaciones, más disminuye el número de personas deportadas al irse eliminado la población judía de Berlín.

Mientras tanto, en España sigue este monumento vergonzante al franquismo que es el Valle de los Caídos, sin el más mínimo cambio desde que murió el dictador. ¿Hasta cuándo? A diferencia de Alemania, España aún no se ha reconciliado con su pasado, tal vez por tener uno bien diferente: Hitler no murió, como Franco, con las botas puestas.

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