George Orwell: un conservador radical

“Mirar lo que se tiene delante de los ojos requiere un constante esfuerzo”

Sesenta y tres años después de su muerte, George Orwell (pseudónimo de Eric Arthur Blair) sigue siendo una persona clave para entender el mundo, y no sólo por citas tan relevantes como la que encabeza esta columna. Si toda la clase política española hubiera hecho “un constante esfuerzo”, es más que probable que España no habría entrado en una crisis tan profunda.

La participación de Orwell en la Guerra Civil como miliciano al lado del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), entre diciembre de 1936 y junio de 1937, marcó su vida y está contada en su libro “Homenaje a Cataluña” publicado en 1938. Orwell fue testigo del control estalinista del Partido Comunista de España y las mentiras que se usaban como propaganda para la manipulación informativa. Estuvo a punto de ser asesinado en Barcelona durante la represión contra el POUM.

La lucha por el poder en la retaguardia del frente en Barcelona fue como una guerra civil dentro de la Guerra Civil. Los comunistas del PSUC, los nacionalistas de ERC y los sindicalistas de UGT, por un lado, y los anarquistas de la CNT-FAI y el POUM, por otro.

Los dos libros más célebres de Orwell, “Rebelión en la granja” (publicado en 1945) y “1984” (1949), tienen sus orígenes en las experiencias del autor en España. “La guerra de España y otros acontecimientos ocurridos en 1936-1937 cambiaron las cosas, y desde entonces supe dónde me encontraba. Cada línea en serio que he escrito desde 1936 ha sido escrita, directa o indirectamente, contra el totalitarismo y a favor del socialismo democrático como yo lo entiendo”, escribió en 1946.

Menos conocida, particularmente en España, es la influencia sobre Orwell de su propio país, Inglaterra, en particular sus tradiciones y la lucha durante los siglos para ganar más libertad, algo que está admirablemente contado en George Orwell: English Rebel (“George Orwell: un rebelde inglés”) de Robert Collis publicado esta semana por Oxford University Press.

Hijo de un oficial del departamento del opio de la administración pública de la India (parte del Imperio Británico) y educado en colegios privados selectos, incluyendo el muy elitista Eton (ganó una de los becas King’s sin la cual su padre no habría podido pagar la matricula), Orwell estaba destinado, previsiblemente, a formar parte por sus propios méritos de la clase dominante. Pero se rebeló y se adhirió a la causa del socialismo democrático.

La verdad es que Orwell, como bien describe Collis, está lleno de contradicciones. Era un intelectual que odiaba los intelectuales, especialmente los de izquierda; un socialista que tuvo poca fe en el estado; un escritor de izquierdas más propenso a perdonar a los escritores de derechas; un liberal en contra de los mercados libres; un protestante que no creyó en Dios aunque profesó la religión, y un disidente que ejerció la disidencia aunque sólo fuera para disfrutar del derecho a estar en desacuerdo.

Inglaterra tiene una larga tradición de disidentes, empezando con los cristianos que en el siglo XVI se separaron de la Iglesia de Inglaterra. Orwell no tuvo una voz política consistente salvo la creencia con algunas reservas en la libertad. Para Collis Orwell era más bien un conservador radical (radical Tory) que un socialista de pura cepa.

El libro termina con un fascinante capítulo sobre lo que le habría pasado a Orwell si no hubiera muerto con tan sólo 46 años y bastante desconocido. El mundo, desde su muerte, ha cambiado mucho y con ello el renombre de Orwell: el Imperio Británico, el primer y profundo odio de Orwell, ha desaparecido; se propagó el estado de bienestar por la mayoría de los países europeos; los derechos civiles han mejorado; el acceso a la educación obligatoria y gratuita se ha extendido en gran parte del mundo; el comunismo se derrumbó y ha surgido una nueva amenaza, el fundamentalismo islámico.

¿Cómo habría reaccionado Orwell a los grandes acontecimientos de los últimos 60 años, como la guerra en Corea, la invasión de Hungría o la crisis de los misiles en Cuba? La escritora americana izquierdista Mary McCarthy dijo en el apogeo de la guerra en Vietnam que casi podía “oírle argumentando airadamente que oponerse a los americanos […] es ser objetivamente totalitario”.

No se sabe. Lo que sí se sabe es que se echa de menos su voz crítica que tanto molestó a la derecha y a la izquierda.

¡Que España funcione!

Poco después de ganar las elecciones en 1982, Felipe González, preguntado sobre los objetivos de su Gobierno, contestó “que España funcione.” Treinta años después, España no funciona como tiene que ser.

Entre otras cosas, el modelo económico, basado en la construcción, ha sido incapaz de crear empleo de forma sostenida (de los 3,7 millones de puestos de trabajo que se han destruido desde 2007, 1,6 pertenecían a la construcción), el sistema educativo está en crisis (una de cada cuatro personas entre 18 y 24 años ha abandonado los estudios prematuramente), el sistema de autonomías está rompiéndose, la corrupción ha florecido, los procesos judiciales marchan a paso de tortuga antes de llegar a un juicio, si es que llegan, y la judicatura está demasiado politizada. Además, la clase política está considerada parte del problema y no parte de la solución.

¿Hasta qué punto gran parte de los problemas de hoy son la culpa de los socialistas, quienes han ganado seis de los 11 elecciones generales desde 1977 y es la fuerza política que empezó a modernizar el país?

El frase que encabeza esta columna viene del libro de Paul Kennedy, The Spanish Socialist Party and the Modernisation of Spain (“El Partido Socialista español y la modernización de España”), publicado el mes pasado por Manchester University Press. En menos de 250 páginas, el británico Kennedy, buen conocedor de España y profesor de estudios españoles y europeos en la Universidad de Bath, repasa de forma amena la historia del PSOE desde su fundación por Pablo Iglesias en 1879 hasta hoy. No es tarea del libro de Kennedy repartir responsabilidades, aunque da algunas pistas.

El libro es la historia más completa de este partido en inglés, y pone a los socialistas en el contexto de la socialdemocracia europea a partir de los años 70. Cubre los orígenes del partido, su papel en la Segunda República, el largo exilio de sus líderes, la negociación de la entrada de España en la Comunidad Europea en 1986, las políticas económicas, de seguridad y exterior de los Gobiernos de Felipe González, los socialistas en la oposición entre 1996 y 2003, las políticas de José Luis Rodríguez Zapatero y a dónde va el partido.

Otra cita interesante en el libro que merece recordarse es la de Zapatero, quien dijo en 2005, después de ganar las elecciones, que “un programa moderno de izquierda está basado en una economía bien gestionada, con las cuentas públicas en superávit, tipos moderados de impuestos y un sector público limitado.”

Es cierto que España tuvo un superávit antes de la crisis y un bajo nivel de deuda pública, pero la economía no fue bien gestionada. Zapatero perdió una oportunidad de oro para una verdadera modernización. Otra cosa fueron sus necesarias reformas sociales.
Kennedy comenta que Zapatero, al llegar al poder en 2004 con la economía creciendo más fuertemente que el promedio europeo, tuvo aparentemente “pocos incentivos para rechazar un modelo productivo basado en el ladrillo”. Para rechazarlo no, pero sí para empezar a cambiarlo y hacer la economía más diversificada y equilibrada. Aquí, toda la clase política tiene la culpa.

La locura de la burbuja inmobiliaria, alimentada por los bajos tipos de interés (fijados por el Banco Central Europeo) y que arrancó después de la ingenua Ley de Suelo de 1998 del Partido Popular, era para mí al menos, como el título de una novela de García Márquez, La crónica de una muerte anunciada, o tal vez para ser más justo La crónica de un fracaso anunciado. La única incógnita era cuándo ocurriría. Otros países han sufrido burbujas inmobiliarias pero ninguno con consecuencias tan devastadoras como en España.

Aun en 2009, después de su segunda victoria y negando la profundidad de la crisis, Zapatero se vanaglorió de que “estamos entre los que menos padecen la crisis y seremos los primeros en salir”, palabras que volvieron a surgir para atormentarle.

Kennedy pinta a Zapatero, una vez estallada la crisis, como una víctima de las demandas de los mercado financieros internacionales y que no tenía más remedio que ceder. Esta es una visión muy simplista. ¿Acaso había otra política viable? ¿Ignorar los mercados habría resuelto los problemas?

¿A dónde van las socialistas? El Partido Popular volvió este mes a situarse por delante del PSOE en la estimación de resultado electoral después de una oleada —la del mes de septiembre— en la que los socialistas se habían situado por delante de los populares, por primera vez desde las elecciones de 2011. Si ahora hubiera elecciones, el PP lograría el 34,1% de los votos frente al 29% que obtendría el PSOE. En realidad, tanto la oleada de septiembre como la de octubre lo que muestran es un empate técnico, si se tienen en cuenta los márgenes de error de las encuestas.

Que un partido en el poder pierda votos (logró el 44,6% en noviembre 2011), y más uno como el PP que ha tomado tantas medidas impopulares, no sorprende en absoluto; lo que sí llama la atención es que el mayor partido de la oposición (28,7% de los votos en 2011) no haya sido capaz de levantar cabeza y ganar terreno.

Como concluye Kennedy, el PSOE tiene que renovarse para poder seguir jugando un papel clave en la modernización del país.

http://www.elimparcial.es//que-espana-funcione-129629.html

El Senado y el ejemplo de Irlanda

Irlanda y España tienen en común más que burbujas inmobiliarias. Ambos países tienen senados que son obsoletos. Los votantes en Irlanda acaban de rechazar, por sorpresa, en un referéndum la propuesta del Gobierno de eliminar el suyo. Sospecho que una votación similar en España tendría éxito.

El Seanad Éireann fue creado en 1922 poco después del establecimiento del Estado Libre Irlandés, y cuenta con 60 miembros designados: 11 por el jefe del Gobierno, seis por las universidades y los 43 restantes por la clase política en paneles formados por los miembros de la Cámara Baja, los senadores salientes y concejales municipales. Al ser una institución cuyos miembros no son elegidos por los votantes, tiene un carácter antidemocrático.

Como parte de una estrategia para mejorar la muy mermada credibilidad de la clase política, Enda Kenny, el taoiseach (primer ministro), propuso abolir el Senado y ahorrar unos 20 millones de euros al año de dinero público. La victoria de los votos en contra de suprimir el Senado (51,7% en contra y 48,3% a favor) es un duro revés pero Kenny no tiene que dimitir. El referéndum ha costado la misma cifra de 20 millones de euros.

El Senado español, con 266 escaños (incluyendo los 58 designados por los parlamentos autonómicos), ha estado bajo lupa durante muchos años, dada su dudosa utilidad. Según el catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Santiago, Roberto Blanco: “Si no estamos dispuestos a cambiarlo en serio, quitémoslo. Es una cámara inútil que no añade nada al proceso legislativo ni al control al Gobierno, y no le hace caso nadie, ni siquiera cuando veta los presupuestos”.

Uno de los más conocidos senadores (cobran un sueldo que ronda unos 5.000 euros al mes) en una institución que brilla por su ausencia en la vida pública era Luis Bárcenas, y uno que acaba de incorporarse el mes pasado, designado por el Parlamento de Andalucía, es José Antonio Griñán, el ex presidente de la Junta de Andalucía durante cuyo mandato ocurrió el escándalo de los ERE. En el caso de ser imputado en el escandalo de los ERE, Griñan disfrutará de la condición de estar aforado.

Entre las funciones del Senado está la de proponer al Rey el nombramiento de cuatro magistrados del Tribunal Constitucional y la designación de seis vocales del Consejo General del Poder Judicial, así como la potestad de autorizar al gobierno a intervenir las comunidades autónomas. Ambos instituciones están desacreditadas.

En su función de segunda lectura el Senado puede enmendar parcial o totalmente (veto) las leyes, pero el Congreso puede anular esa votación hasta por mayoría simple. Y si acaso tuviera la tentación de presionar al Congreso, la Constitución le impone un límite de dos meses para revisar una ley. Pasado este plazo, se entiende aprobada.

En cuanto a su función de representación territorial, en las dos cámaras se elige por circunscripción provincial y los parlamentarios se organizan en grupos partidarios, por lo que el Senado, tal como está concebido, no añade nada especial a favor de los intereses autonómicos, que ya se defienden en el Congreso.

Así que el Senado tiene un papel insignificante. Tiene las competencias legislativas de una comisión del Congreso. Llama la atención que ninguna encuesta electoral ha preguntado por el Senado, que yo sepa.

Estamos en el peor de los mundos: los partidos políticos no lo van a tocar y no lo van a suprimir, salvo Esquerra Republicana de Cataluña que quiere abolirlo por sus propios motivos.

Reformarlo y darle poderes significa que el Congreso tendría que renunciar a parte de sus poderes y los dos partidos grandes tendrían que perder una importante vía de financiación.

Convertirlo en un senado de tipo federal significa que todas las autonomías deberían ser iguales, y no lo son, y esto es imposible sin cerrar de una vez por todas el mapa territorial de España, que es la madre del cordero de la política española. Encima, una parte de la población de una autonomía, cuyo nombre prefiero no recordar, quiere separarse.
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El Siglo XX resumido

Tal vez por haberme lanzado hace poco a la aventura riesgosa de escribir un libro que cubre 1.300 años de la historia de España en unas 200 páginas (desde la invasión musulmana en 711 hasta 2013), tengo simpatía por los autores que muestran el coraje o la arrogancia por intentar algo similar.

Para empezar, ¿en qué punto debería comenzar mi libro? Fue más fácil para Woody Allen con su película de un título similar al de mi libro, “Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo pero nunca se atrevió a preguntar”.

Un amigo asesor del ministro de Asuntos Exteriores expresó su sorpresa al conocer que el libro empieza en 711 y no con los romanos. Me preguntó: “¿Por qué ignoras a los romanos y los godos? Trajano y Adriano fueron más importantes en su época que Felipe II.” Seguro que si hubiera empezado con los romanos alguien me habría preguntado por qué no empezar con el homo antecessor, una especie homínida que vivió hace unos 800.000 años en Atapuerca (Burgos). Empezar con Al-Ándalus me permitió dedicar más espacio a la España contemporánea, de más interés para los lectores, supongo.

Estos pensamientos me vienen ala mente al leer el nuevo libro de John Lukacs, A Short History of the Twentieth Century (“Un breve historia del siglo XX”), publicado por Harvard University Press, aunque Lukacs, catedrático emérito de historia en Chestnut Hill College en los Estados Unidos, lo tiene más fácil que yo porque solo cubre un siglo en 212 páginas.Mejor dicho cubre hasta 1989, casi como la obra maestra de Eric Hobsbawm, “La era de los extremos:el corto siglo XX 1914-1991” que tiene más de 600 páginas. Incluso Lukacs cree que el “siglo histórico” tal vez terminó en 1945 con la Segunda Guerra Mundial.

Para Lukacs, el siglo XX es esencialmente la historia de Europa, debido a las dos guerra mundiales (la primera de 1914-18 fue oficialmente llamado “La Guerra de Europa” por el gobierno británico) y luego la Guerra Fría, que principalmente ocurrieron en Europa y sus resultados decididos allí.

A pesar de las enormes consecuencias políticas y geográficas de las dos guerras mundiales sobre otros continentes, Europa se quedó en el centro de la historia global, debido a la Guerra Fría entre sus protagonistas, los Estados Unidos y la Unión Soviética, hasta 1989 y la caída del muro de Berlín.

Europa era el centro (¿epicentro?), pero el siglo XX fue EL siglo americano, con la diseminación del inglés, la desaparición de las colonias (Gibraltar sigue siendo la única en Europa, como Mariano Rajoy nos lo recordó en lasNaciones Unidas el mes pasado) y el impacto devastador de las dos guerras sobre Europa.

Con una gran capacidad de síntesis, Lukacs cubre mucho territorio y lo combina con sus preocupaciones intelectuales, a raíz de su propia vida: el desvanecimiento del liberalismo, el auge del populismo y nacionalismo, los logros y peligros de la tecnología y la continua democratización del mundo.

Lukacs nació en Budapest en 1924 y durante la Segunda Guerra Mundial formó parte de un batallón de trabajadores judíos. Logró evitar su deportación a un campo de concentración durante la ocupación nazi y en 1946, durante la transición a un régimen comunista, se fugó a los Estados Unidos. Fue testigo de gran parte del siglo XX.

El libro termina con unas observaciones interesantes sobre las limitaciones del conocimiento. No hay duda que miles de millones de personas gozaban de mejores condiciones económicas y materiales en 1989 que en 1914, pero ¿fueron más felices? Como dice Lukacs, esto no es la tarea de los historiadores y tampoco de cualquier otra persona porque es imposible saber.
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Walter Starkie: un erudito y trovador ambulante

Hay hispanistas de todo tipo. Uno de los más eruditos y exóticos fue Walter Starkie (1894-1976), quien escribió muchos libros sobre España y era una especie de trovador ambulante, dedicado al estudio del pueblo gitano. Recorría caminos y carreteras con su violín, que consideraba el equivalente al Rocinante de Don Quijote.

Su vida y obras, desgraciadamente olvidadas, han sido recuperadas en un fascinante libro, Walter Starkie: An Odyssey (“Walter Starkie: un odisea”), escrito por Jacqueline Hurtley y que será publicado el mes próximo por Four Courts Press en Dublín.

Starkie, cuya ambición era ser violinista clásico y que estudió Clásicas e Historia en el Trinity College de Dublín, fue atraído a España en los años 20 por sus gitanos (después de escribir sobre ellos en Hungría). Fue el primer catedrático de español en el Trinity y el primer representante cultural en el British Council (1940-54), en el Madrid de posguerra, una institución que contribuyó a impedir que el régimen de Franco se involucrara en la Segunda Guerra Mundial, del lado de Hitler.

Entre otras obras, Starkie escribió dos libros de viajes por España —Spanish Raggle-Taggle [Aventuras de un irlandés en España] (1934) y Don Gypsy [Don Gitano] (1936) — y Spain: A Musician’s Journey through Time and Space (1958), además de traducir El Quijote. Sus libros son prácticamente imposibles de encontrar hoy salvo en sus primeras ediciones originales en inglés, si bien la Diputación de Granada publicó en 1985 Don Gitano, con prólogo de Antonio Muñoz Molina, y Espasa publicó en 2006, Aventuras de un irlandés en España, dedicada al Duque de Alba, con prólogo de Ian Gibson. Vivió sus últimos años en Madrid (en la planta 15 de una torre en la calle Princesa) cuando yo lo conocí.

Starkie, católico y conservador, es hiper romántico: adopta numerosos disfraces en sus viajes y tiene el talento de los irlandeses para charlar (muchas de las conversaciones que aparecen en el libro son casi increíbles). Viajó por España antes de la Guerra Civil. En Aventuras, llama la atención sobre la situación de la nobleza tras la instauración de la República en 1931. “Hay casi tantos españoles como franceses en la Côte d’Argent; toda la noblesse espagnole se ha establecido ahí y observa con aire melancólico Fuenterrabía, al otro lado de la bahía”. Starkie se solidariza con el clero, sin hacer mención de los privilegios ni el poder de la Iglesia. Había pasado en una ocasión de Hendaya a Fuenterrabía en el bote de un viejo pescador vasco que le contó que los curas estaban huyendo a Francia “llevándose, ocultos en la sotana, ornamentos de la iglesia”.

La imagen que pinta Starkie del país durante la República, con frases que describen “muchos pueblos arrasados en los que antes vivían héroes orgullosos”, es invariablemente negativa. Su siguiente libro, Don Gitano, se publicó un mes antes del alzamiento de Franco, y el texto, a veces, parece profético.

Con su amplia red de contactos y su conocimiento de España y el catolicismo, Starkie era persona gratísima en los círculos franquistas y se encontraba en una posición ideal para establecer el British Institute en el Madrid de posguerra. El régimen puso como condición que el director del Instituto fuera católico, cosa complicada para un país predominantemente protestante como Gran Bretaña, y más en tiempo de guerra.

Por su excéntrica imagen pública, Starkie pudo haber sido de gran utilidad para el servicio secreto británico. En el libro de Hurtley figura una fotografía fascinante que muestra a Starkie en diciembre de 1938, en el bando de Franco, en el frente del Ebro, donde la temperatura era de 18 grados bajo cero. Junto a él están el espía británico Kim Philby y otro corresponsal de guerra. Philby, que en la foto tiene la cabeza vendada tras un accidente en el que murieron otros tres periodistas, era un doble agente. Le habían reclutado los rusos en 1930 (acabó huyendo a Moscú en 1963). En el pie de foto no se dice que Starkie sea un corresponsal de guerra como los otros dos; qué hacía exactamente en esa situación es un misterio.

Starkie creó en el British Institute de Madrid una atmósfera propicia para las relaciones hispano-británicas, con tertulias, música, conferencias, exposiciones y la promoción de libros británicos. La embajada utilizaba su piso de la calle del Prado como refugio para presos de guerra y judíos huidos.

Pío Baroja visitaba el Instituto con asiduidad, igual que el futuro Premio Nobel Camilo José Cela, quien, con motivo del décimo aniversario de la muerte de Starkie, en 1986, leyó un relato breve que había escrito para la ocasión, titulado El violín de don Walter. “Don Walter distinguía el chorizo de Burgos del chorizo de Pamplona, los vinos de dos cepas hermanas,” escribió Cela.

La banalidad del mal

Más de 16.000 libros han sido publicados sobre el holocausto, convirtiendo lo que también se conoce, siguiendo la propia terminología del Estado nazi, como Solución Final (el intento de aniquilar totalmente la población judía en Europa) en toda una industria.

El término holocausto ha sido desvalorizado y banalizado, y ha perdido su especificidad histórica. En nombre del holocausto algunos están justificando la acción militar en contra del régimen de Bashar al-Assad en Siria por su uso de armas químicas. Hasta en Israel, el estado creado en 1948 después de la Segunda Guerra Mundial, el uso del término es cada vez más superficial: unos granjeros, descontentos con los rendimientos decrecientes del tomate concentrado, llamaron al kétchup su Auschwitz. Según un chiste popular entre escolares israelíes, Hitler se suicidó después de leer su factura de gas.

Hace poco salió en el Reino Unido un fantástico y concienzudo libro de investigación de Thomas Harding,en el que se restaura el holocausto a sus propias dimensiones. Hanns and Rudolf: The German Jew and the Hunt for the Kommandant of Auschwitz (“Hanns y Rudolf: el judío alemán y la caza del comandante de Auschwitz”),publicado por William Heinemann, cuenta la verdadera historia de Hanns Alexander (el tío abuelo de Harding) quien huyó de Berlín a Londres en 1936 con 20 años, y después de alistarse en el ejército inglés para luchar contra su propio país, formó parte del equipo británico de investigación de delitos de guerra. Ya con el rango de capitán, Hanns fue uno de los oficiales que entró en Belsen al final de la guerra, una experiencia que marcó su vida. Localizó y llevó ante la justicia a Rudolf Höss, responsable de la muerte de más de dos millones de personas en Auschwitz.

Hanns provenía de una asimilada y exitosa familia (Albert Einstein fue un invitado habitual en la mesa): su padre era un próspero médico. Rudolf, en cambio,se educó en una familia católica muy creyente. A pesar de los deseos de sus padres de que fuera sacerdote, apenas cumplidos los 15 años se alistó para combatir en la Primera Guerra Mundial en el frente turco, y recibió la Cruz de Hierro. Tras la derrota de Alemania fue miembro del Freikorps, una organización voluntaria paramilitar protofascista y ultranacionalista que se formó por todo el país, como alternativa a las organizaciones sindicales comunistas y socialistas que también florecieron.

Mayormente jóvenes, estas personas, profundamente desconectadas de la vida civil, buscaban la estabilidad de una estructura militar que les ofreciera un estatus social dentro de un cuerpo de guerreros y les asegurase un medio de vida realizando la misma tarea que habían desempeñado en los últimos años: combatir. Rudolf fue condenado a diez años de cárcel en 1923 después de su implicación en un asesinato; su cómplice Martin Bormann, luego el secretario personal de Hitler,fue castigado con un año de prisión.

Rudolf solicitó ser miembro del SS en 1933, y empezó su estelar carrera en la máquina de muerte nazi, primero en el campo de concentración de Dachau en 1934, luego en Sachsenhausen y por último en Auschwitz, ya casado y con cinco hijos. Da escalofríos su capacidad de dirigir Auschwitz (uno de sus estrategias pacificadoras era permitir la creación de una orquesta) y por la tarde regresar a su casa, en las afueras del campo, y llevar una vida en familia como si nada hubiera pasado. Parece que el único impacto de su doble vida fue que dejó de tener relaciones con su mujer.

Cuando la guerra terminó en 1945, Rudolf, disfrazado como suboficial de la Marina de Guerra alemana, se alejó hacia las costas del Báltico donde cayó en manos de los Aliados. Al no encontrarse pruebas en contra de ningún tipo, dado su nombre falso (Fritz Lang) y su calidad de agricultor profesional, obtuvo una liberación anticipada. Sus guardianes ignoraban entonces la importancia de su presa. Fue empleado como obrero agrícola en una granja cerca de Flossenburg, no lejos de la frontera con Dinamarca. Permaneció allí durante ocho meses. Entretanto la Policía Militar reinició su búsqueda. Su familia, con la cual había logrado retomar contacto, estaba estrechamente vigilada y sometida a frecuentes pesquisas, hasta que Hanns y otros oficiales llegaron a la casa de su mujer y laamenazaronde entregarla a las autoridades soviéticas para su ejecución si no decía dónde estaba su marido, y que sus hijos serían deportados a Siberia. Ella reveló la granja agrícola donde estaba escondido su marido, así como su nombre falso.

Rudolf redactó sus memorias sin remordimiento alguno de conciencia cuando estuvo en prisión. “Por voluntad del Reichsführer de las SS(Heinrich Himmler), Auschwitz se convirtió en la mayor instalación de exterminio de seres humanos de todos los tiempos. Que fuera necesario o no ese exterminio en masa de los judíos, a mí no me correspondía ponerlo en tela de juicio, quedaba fuera de mis atribuciones. Si el mismísimo Führer había ordenado la solución final del problema judío, no correspondía a un nacionalsocialista de toda la vida como yo, y mucho menos a un Führer de las SS, ponerlo en duda”.

Fue ahorcado en Auschwitz en 1947. Hanns murió en Londres en 2006.
http://www.elimparcial.es/mundo/la-banalidad-del-mal-128510.html

¿Fin de la recesión?

El Gobierno está proclamando a los cuatro vientos una serie de buenas noticias. La economía registró un decrecimiento trimestral del 0,1% en el segundo trimestre, tres décimas menos que la registrada en el primer trimestre del ejercicio (-0.4%), la balanza de pagos registró el primer superávit semestral desde 1997, gracias en gran parte al empuje de las exportaciones y el buen comportamiento de saldo de turismo, y la inflación desciende al 1,5%.

Además, los beneficios de los bancos empiezan a mejorar, ayudados generalmente por menos provisiones para morosos después de un enorme esfuerzo. Los beneficios en el primer semestre del Santander y BBVA, cuyos activos en España representan alrededor de una cuarta parte de los activos totales del país, casi superaron todo lo obtenido en 2012, aunque en el caso de BBVA esto se debe en gran parte a las plusvalías por la venta de negocios. Hasta Bankia logró beneficio.

(El resultado consolidado de todos los bancos en 2012 fueron unas pérdidas espantosas de 55.580 millones de euros, de los cuales 45.048 millones fueron generados por los bancos nacionalizados del FROB).

La prima de riesgo, término conocido hasta por los taxistas, ha bajado y la Bolsa sube.

Estas mejoras suenan bien entre las instituciones, como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Europeo Central y la Comisión Europea — la “troika” que tiene a España bajo su tutela — pero tienen poca o ninguna resonancia en el hombre de la calle, en particular para los casi seis millones de desempleados.

Mientras tanto la deuda pública supera el 90% del PIB, y lo hace antes de lo previsto. Solo Italia, entre las grandes economías europeas, mantiene un nivel más elevado. La tasa de morosidad de los bancos — la proporción del crédito que se considera de dudosa recuperación- rompe otro récord y alcanza el 11,6%.

Hubo cierta excitación con la publicación de las cifras de empleo de la EPA para el segundo trimestre hasta que el Instituto Nacional de Estadística (INE) reveló que casi toda la creación de puestos de trabajo fue debida al “efecto verano.” Los cerca de 150.000 nuevos puestos se deben a la temporada alta de turismo y a las campañas agrícolas. Cuando la estadística se limpia de los efectos estacionales, los datos se dan la vuelta y la creación de empleo se torna en destrucción.

¿Cómo se va a crear empleo? Aunque técnicamente España salga de la recesión, no se puede ser mínimamente optimista hasta que el país empiece a crear puestos de trabajo en términos netos, algo de importancia crucial tanto para los parados como para la salud, ya deteriorada, del sistema de bienestar. Con tantos desempleados, ¿cómo se va a mantener, por ejemplo,el sistema de pensiones contributivas que se financia con las cotizaciones sociales? Los afiliados a la Seguridad Social han bajado desde 19,4 millones en 2008 a 16,3 millones en agosto.

Me parece lógico que las prestaciones de los jubilados se ajusten a las nuevas circunstancias, incluyendo la mayor esperanza de vida. Como nos recuerda el sensato informe del Comité de Expertos sobre el factor de sostenibilidad del sistema público de pensiones, “a principios del siglo XX, en España solo un 35% de cada generación alcanzaba los 65 años; hoy lo hace el 90%. En 1900 la esperanza de vida de los españoles con 65 años era de unos 10 años; hoy esperan vivir 20 años más (y hacia 2050 se prevé que vivan 25 años más). Además, en las próximas décadas llegarán a la edad de jubilación cohortes de población muy numerosas, nacidas en el baby boom entre finales de los cincuenta y la primera mitad de los años setenta del siglo XX. Todos esos fenómenos hacen que el peso de la población mayor de 65 años en la población total haya crecido en las últimas décadas hasta el 17% actual,estando previsto que alcance el 37% en 2052.”

A falta de un nuevo modelo económico para reemplazar el basado excesivamente en el ladrillo, algo que tardará años, el pacto recomendado por el FMI, según el cual los trabajadores aceptarían una rebaja del sueldo del 10% en dos años a cambio de que las empresas se comprometieran a crear empleo de forma significativa, no se puede descartar. Tanto el Gobierno como los partidos y los sindicatos han rechazado la idea, sin proponer alternativas.

Como dijo Olli Rehn, el comisario europeo de Economía, “¿no merecería la pena un intento serio, por el bien de esos millones de jóvenes parados?”
http://www.elimparcial.es//fin-de-la-recesion-127946.html

Crónica de un fracaso anunciado

Suficiente tiempo ha pasado para visitar con objetividad la crisis en España y aprender algunas lecciones, aunque tras cinco años de recesión no hay un destello de luz en el largo túnel del desempleo.

Ya empiezan a salir los primeros libros en inglés sobre la crisis.El libro de Sebastián Royo, Lessons from the Economic Crisis in Spain (“Lecciones de la crisis económica en España”), publicado por Palgrave Macmillan como parte de la serie de estudios europeos de la Universidad de Nueva York, es un modelo en la materia.

Royo, profesor de Gobierno en el Departamento de Gobierno de la Universidad de Suffolk en Boston, es una de los sabios que años antes de la crisis advirtió de que había una burbuja inmobiliaria, que el modelo de crecimiento excesivamente basado en el ladrillo era insostenible, y que era imperativo cambiarlo para preparar al país para el día en que la burbuja estallase.

Después de la reelección de Zapatero, dio una conferencia en la Universidad de Georgetown con el título Unas elecciones que hubiese merecido la pena perdery en la que trató de advertir de los riesgos que se avecinaban para la economía. Al final de la presentación vinieron algunos a recriminarle por ser “tan negativo y pesimista”, y por ser un “pájaro de mal agüero”. ¡Y lo que él expuso no fue ni remotamente tan catastrófico como lo que sucedió después!

El libro, con muchas estadísticas y firmemente anclado en el contexto de la crisis en la zona euro, está dividido en seis secciones: del auge ala debacle (1997-2007, la llamada década milagrosa, que fue ilusoria); las respuestas a la crisis; los retos de las reformas económicas; los límites de la convergencia fiscal; las consecuencias políticas y de concertación social; la crisis y el sistema financiero español.

La mayor lección, según Royo, es “la necesidad crítica de aprender otra vez las lecciones olvidadas del pasado.”Aldous Huxley dijo que “quizá la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia.”

Cuando la crisis estalló en España en 2007, muchos políticos y economistas afirmaron de nuevo que “esta vez era diferente” y que el impacto de la crisis financiera global sería limitado. Como demuestran Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff en su libro, que examina ocho siglos de impagos de deuda soberana (se remonta hasta el imperio español), afirmaciones del tipo, esta vez sí es diferente, son invariablemente equivocadas.

Por ejemplo, las similitudes entre la crisis en Europa y la crisis de deuda soberana en América Latina en los años 80 son llamativas. Tanto en Europa como en América Latina, la deuda fue emitida en monedas (el euro en el primer caso y el dólar en el segundo) sobre la cual los países prestatarios no tenían ningún control.

Royo señala las debilidades de la economía española que fueron acumulándose antes de 2007: la falta de competitividad, el enorme incremento en la deuda del sector privado (a diferencia del sector público), la debilidad del sistema fiscal (cuando la burbuja inmobiliaria estalló los ingresos fiscales cayeron en picado), un déficit en cuenta corriente de casi el 10% del PIB, etc.

La burbuja española era más pequeña que la irlandesa, a juzgar por el incremento en los precios de la vivienda (300% en España entre mediados de los años 90 y 2007 y 450% en Irlanda), pero las consecuencias han sido más devastadoras.

Una de las muchas virtudes del libro de Royo es que el autor no ignora el lado político de la crisis. Ciertamente, la crisis se debe en gran parte a una clase política miope y más interesada en perpetuar sus propios intereses que en trabajar para el bien del país. Pero no se puede culpar a los políticos de todo. Fueron votados y en algunos casos, particularmente en las elecciones autonómicas, elegidos de nuevo a pesar de ser conocidos como corruptos. La crisis ha sacado a la luz una sociedad pasiva que no fue capaz de exigir cuentas a sus políticos. Muy pocas personas querían cuestionar la “fiesta”, porque de alguna manera o otra muchas (¿la mayoría?) se beneficiaron.

Antonio Muñoz Molina dedica unas páginas brillantes a las fiestas de todo tipo y gasto público fastuoso en su ensayo Todo lo que era sólido. “Si hay algo en España de lo que no se puede disentir es del totalitarismo de la fiesta, en el que se confunden con entusiasmo idéntico la izquierda y la derecha”.

Uno de los impactos positivos de las crisis es que están cambiando las actitudes públicas hacia la corrupción (menos tolerancia). Esto es un sano proceso en la transición española, desde el estado autoritario de Franco hacia una mayor transparencia y responsabilidad democrática.

Me alegro que Royo no crea que la solución para España es salir de la zona euro. Tal drástica medida no resolverá los problemas del país. Para empezar, conducirá a una masiva devaluación de la peseta, la monedaanterior, alta inflación, una profunda crisis bancaria y ningún respiro para el desempleo.
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Franz Kafka y su mundo

El legado más llamativo del escritor judío Franz Kafka es probablemente la palabra “kafkiano”que surgió después de su muerte en 1924 para describir conceptos y situaciones que evocan sus obras, en particular burocracias abrumadoras, experiencias irreales y un sentimiento de alienación y desorientación. Pocos autores tienen un apellido convertido en adjetivo calificativo.

El relato “La metamorfosis”narra la historia de Gregor Samsa, un comerciante de telas que vive con su familia a la que él mantiene con su sueldo, y que un día amanece convertido en un enorme insecto (aparentemente un escarabajo, aunque no se identifica claramente en el texto). En la novela “El proceso”, un hombre está detenido y procesado, y nadie le dice por qué, y en otra, “El castillo”, su protagonista conocido como Joseph K. lucha para acceder a las misteriosas autoridades de un castillo que gobierna al pueblo,en elque K. llegó a trabajar como agrimensor. Invento un mundo con su propia o falta de lógica

Kafka era un visionario y precursor del existencialismo literario, adelantándose a los graves y angustiosos problemas provocados por una colectividad moderna dominada y dirigida por unos pocos.Después de su muerte su país, Checoslovaquiatuvo un régimen comunista (entre 1948 y 1989).

Fue una de las primeras personas en prever la violencia anónima del siglo XX, y tal vez por esto sus obras han tenido tanta resonancia. Este punto de vista, sin embargo, pasa por el alto el hecho que el propio Kafka fue testigo, en palabras de Reiner Stach, autor de un monumental biografía del escritor, de una violencia tecnológica y absolutamente despersonalizada”.

La primera guerra mundial empezó en agosto de 1914 y duró cuatro años y tres meses (con la pérdida de al menos 16 millones de vidas), y aunque Kafka no fue movilizado por sus problemas de salud (murió de tuberculosis y, además, sufría depresión y neurosis durante toda su atormentada vida),vio el devastador impacto sobre su país (unos 185.000 muertos) que ademásdeclarósu independencia del imperio austrohúngaro en 1918.

Kafka también conoció el mundo burocrático por su trabajo en una agencia de seguros, con sus miles de archivos, fichas e informes. Esa alianza letal de violencia y maquinaria burocráticafue trabajada a la perfección en los campos de concentración nazi solo unos 15 años después de su muerte.

The Years of Insight (“Los años de perspicacia”) de Stach, publicado por Princeton University Press, cubre con detalles minuciosos los últimos ocho años de Kafka y, a la vez, ha salido la edición de bolsillo de The Decisive Years (“Los años decisivos”) del mismo autor que trata del periodo entre 1910 y 1915. Esta monumentaly fascinante biografía de Kafka, que se lee como una novela (a veces como una de Kafka) será completada con un primer tomo sobre la infancia y juventud de Kafka y llegaráen total a unas 2.000 páginas. Hay pocas biografías comparables sobre cualquier autor y mucho menos sobre Kafka, un hombre con una vida aparentemente aburrida.

Antes de lanzarse a la biografía, Stach preparó la edición definitiva de las obras completas de Kafka, y con brillantez entretejió la vida personal del autor con sus relatos y novelas. Cada persona en la biografía de Kafka, pavorosamente solo como los personajes de sus obras, está rotundamente tratada, en particular las cuatro mujeres de su vida íntima: Felice Bauer, JulieWohryzek, Milena Jesenská y Dora Diamante.Kafkaconcluía en unacarta a Bauer, su primera prometida: “¿Debería de pretender referirme como ‘tuyo’ al firmar? Nada sería más falso. No, soy mío, y eternamente condenado a mí, eso es lo que soy, y a ello he de intentar acomodarme”.

Dos de estas mujeres murieron en los campos de exterminio – Wohryzek en Auschwitz y Jesenská en Ravensbrück — y las tres hermanas de Kafka, Eli y Valli en Chelmo y Ottla en Auschwitz. Su tíoSiegfried se suicidó antes de ser deportado a un campo. Si uno incluye los amigos y conocidos de Kafka la lista es mucho más larga, y las personas que lograron no ser deportadas a los campos sobrevivieron gracias al exilio.

Si Kafka hubiera sobrevivido a la tuberculosis, y luego a un campo de concentración, no habría reconocido nada del mundo en elque vivió. Este mundo dejó de existir, pero sus obras no han dejado de perdurar.
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España mantiene su presencia global

La crisis no ha mermado la presencia global de España, según el último índice sobre el tema del Real Instituto Elcano (apropiadamente el Instituto lleva el nombre del navegante español Juan Sebastián Elcano, quien completó la primera vuelta al mundo).

España ocupa la undécima posición en la tercera edición del Índice Elcano de Presencia Global (IEPG), la misma que en 2011 y a poca distancia de Italia.

El índice ésta dividido en tres dimensiones: (i) presencia económica — bienes primarios, energía, productos manufacturados, servicios e inversiones-; (2) presencia militar — tropas y equipamiento militar-; y (3) presencia blanda — migraciones, turismo, deportes, cultura, información, tecnología, ciencia, educación y cooperación al desarrollo.

El IEPG no pretende medir el poder global o la influencia de un país. Más bien, trata de mostrar de forma integrada la presencia global, real y objetiva de los países fuera de sus fronteras y en una amplia variedad de ámbitos. En consecuencia, este único índice es muy útil porque se basa en datos y no en percepciones.

Otros estudios sobre la globalización tendían a medir cuestiones como el grado de apertura de las economías y apenas analizaban la posición que ocupan los distintos países en el nuevo mapa global en un sentido mucho más amplio.

La política exterior española ha sido muy activa desde el fin de la dictadura franquista en 1975 en reinsertar el país en la comunidad internacional. Esto se ve en un aumento espectacular del valor del IEPG para España en el periodo 1990-2012, que prácticamente se ha cuadriplicado — pasando de 41,8 a 162,8 —, mientras que las presencias globales de Estados Unidos y Portugal, por ejemplo, se incrementaron en un 112% y un 232%, respectivamente, durante el mismo periodo.

La presencia económica representa el 47,5% del valor de IEPG de España, la presencia militar el 2,1% y la presencia blanda el 50,4%. Dentro de la presencia económica, el renglón con más peso son los servicios (con el 24,7%), seguido por bienes primarios, y en presencia blanda turismo (30,3%) seguido por información.

Tanto a escala global como a nivel europeo, la presencia española descansa en su dimensión blanda. Esto podría ser un activo. No obstante, como bien dicen Iliana Olivié y Manuel García en un documento sobre el IEPG, “las variables que tienen un mejor desempeño son sintomáticas de un modelo productivo y de una inserción exterior de bajo valor añadido, lo que confiere vulnerabilidad a todo el país.” El colapso del débil modelo productivo español, basado excesivamente en el ladrillo, tiene mucho que ver con el súbito aumento en el desempleo — cuyo nivel es el más alto entre los países desarrollados.

En la vertiente económica, la internacionalización se lleva a cabo, sobre todo, mediante inversiones en el exterior, en lugar de exportar, aunque es cierto que a raíz de la recesión las exportaciones han aumentado significativamente desde 2008. Muchas empresas no han tenido más remedio que hacer un esfuerzo para vender más en el extranjero. De hecho, 122.987 empresas exportaron en 2012, el mayor número en la historia. Si no fuese por la mayor contribución al crecimiento del PIB que se obtiene de la demanda externa, la recesión, que está previsto que dure hasta 2014 (2015 según las últimas previsiones del Fondo Monetario Internacional), habría sido más profunda. ¿Pero cuántas de estas empresas dejarán de exportar cuando la economía doméstica vuelva a una senda de crecimiento sostenido? España necesita un sólido sector exportador — como Alemania.

En el índice conocido como el IEPE, ceñido al ámbito europeo, España ocupa la quinta posición, por arriba de Italia y habiendo escalado dos puestos en los últimos ocho años. Las “ganancias de presencia” están vinculados a la fecha de adhesión a la Unión Europea: cuanto antes acede un país, más presencia intraeuropea capta, especialmente en el caso de Alemania. Sin embargo, hay dos excepciones: España y el Reino Unido se han beneficiado de forma más que proporcional de su incorporación a la Unión, en términos de presencia europea.

La marca de un país, un activo intangible que este Gobierno tanto quiere promover para recuperar la deteriorada imagen internacional del país, se beneficia de un creciente presencia global. España ya tiene una presencia significativa, pero la presentación el mes pasado de la Marca España en la sede del Parlamento Europeo en Bruselas, con un espectáculo en vivo de flamenco, solo sirvió para reforzar los estereotipos sobre el país y el cliché de “la España de charanga y pandereta” que el mismo ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo, llamó a superar.
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